Su condición de ex obispo católico despertó gran expectativa cuando Fernando Lugo anunció su candidatura a la presidencia de Paraguay. Su triunfo en las urnas significó el fin de un régimen catalogado por los propios paraguayos como corrupto, y que alcanzó su punto más funesto con la dictadura de Alfredo Stroessner. No obstante, se trata de un mandatario de tendencia izquierdista, que para algunos está más inclinado hacia el socialismo recalcitrante y populista de Venezuela y sus aliados. Tras un mes en el poder, Lugo aún parece no definir su papel en la región, indecisión que afecta a la política económica que asumirá para Paraguay, y a las relaciones que tendrá con sus vecinos.
LA IZQUIERDA DE LUGO
Estados Unidos no mostró preocupación por la tendencia del nuevo presidente sudamericano. Incluso, el subsecretario adjunto del Departamento de Estado para América Latina, Craig Kelly, aseguró que el tema de una “ola de izquierdismo” en la región no le preocupa a su país. Sin embargo, Lugo inició su gobierno recibiendo el ofrecimiento de Hugo Chávez para donarle “todo el petróleo que sea necesario”, aparentemente, un modo de asegurar la participación de Paraguay en los planes energéticos e integracionistas que Venezuela tiene para la región. Asimismo, éste fue el primer país con el que Lugo suscribió acuerdos de cooperación en materia tecnológica, agrícola y social, prácticamente al día siguiente de asumir el mando el 15 de agosto.
Pero este acercamiento aún no puede dar señales claras de la tendencia de Lugo. Durante su campaña, el ex obispo expresó admiración por el socialismo moderado de Chile, mientras que su canciller, Alejandro Hamed, dijo sentir simpatía por Hugo Chávez. Pese a su presunta relación con movimientos radicales durante su sacerdocio en defensa de las tierras indígenas, Lugo prometió que atraerá capitales privados para invertir en compañías estatales. Un discurso ambiguo.
REPRESA PENDIENTE
En 1979 se firmó un tratado binacional que estipula que Paraguay es propietario de la mitad de la electricidad generada por la represa de Itaipú, en el río Paraná, pero que el excedente energético sería vendido exclusivamente a Brasil en tarifas predeterminadas por el lapso de 50 años. Pero en los años recientes, muchas voces se alzaron en Paraguay exigiendo la renegociación del tratado, bajo el argumento de que el precio que paga Brasil es muy poco para la cantidad de energía que consume, equivalente al 80 por ciento de toda la producción hidroeléctrica.
Antes de iniciar su mandato, Fernando Lugo abrió la posibilidad de iniciar conversaciones con el gobierno brasileño para debatir un “precio justo” para la energía que su país le vende a Brasil. Pero la primera respuesta que recibió desde Brasilia fue un rotundo no por parte de su homólogo Luiz Inácio Lula da Silva, quien aclaró que los términos del Tratado de Itaipú no cambiarán. Las divergencias se acrecentaron cuando el viernes último, el canciller brasileño Celso Amorim reiteró a su colega paraguayo, Alejandro Hamed, que no se modificará el mencionado acuerdo. Lugo tiene previsto viajar a Brasil el 17 de setiembre para trata con Lula una posible renegociación. Ya en campaña sostuvo que agotará todos los medios bilaterales para no llevar el caso a un tribunal internacional.
El tema reviste suma importancia para Paraguay ya que su potencial hidroenergético, extraído de la fuerza del río Paraná, es su principal fuente de energía. El país es el primer exportador de electricidad en el mundo, y la represa de Itaipú es una de las más grandes, capaz de generar 12,600 megawatts. Otro proyecto hidroeléctrico, el Yacyretá, está en marcha, esta vez junto a Argentina, país que busca fuentes de energía alternativas ante la escasez del gas natural.
ACERCAMIENTO A CHINA
Pese a que antes de asumir su mandato, Lugo aseguró que las históricas relaciones de su país con Taiwán continuarán durante su gobierno, el mandatario retiró el apoyo al país asiático ante las Naciones Unidas en su demanda de ser reconocida república independiente de China. Históricamente, Paraguay se mantuvo alejado de países con regímenes comunistas, tradición que el nuevo presidente busca eliminar en pos de un acercamiento con naciones afines a su ideología.
El respaldo paraguayo a la inclusión de Taiwán en la lista de países soberanos fue siempre retribuido con donaciones millonarias para la construcción de viviendas, asistencia técnica a la agricultura e intercambio estudiantil. El moderno Palacio Legislativo de Asunción fue construido con un aporte de 20 millones de dólares donados por Taiwán, y el Senado tiene en su poder dos proyectos de ley para la aceptación de dos donativos más. Sin embargo, Lugo señaló que la política exterior de Paraguay será independiente, y que no aceptará condicionamientos.
PERCEPCIONES EN CASA
En cuestiones domésticas, los fantasmas de un posible golpe de Estado rondaron el país sudamericano durante la primera quincena de setiembre. Lugo acusó al líder opositor, Lino Oviedo, y a su antecesor, Nicanor Duarte, de fraguar una conspiración para derrocarlo. Ante estos rumores, muchas voces se alzaron en América Latina, pero la que más se dejó sentir fue la de Hugo Chávez, quien al día siguiente de las acusaciones de Lugo, advirtió a la oposición paraguaya de que Paraguay no estaba solo. Se trató del mismo discurso usado por el presidente venezolano cuando se trata de defender a sus aliados en América Latina.
Por otro lado, el Senado paraguayo, de mayoría oficialista, retiró a Nicanor Duarte su condición de senador activo, ganado por voto popular en las últimas elecciones. El ex presidente, quien por naturaleza recibe el cargo de senador vitalicio, renunció a su cargo de jefe de Estado para participar en los comicios generales, con miras a liderar una oposición contra Lugo. Sin embargo, su renuncia no fue aceptada por el Congreso, y su juramentación como senador fue desestimada.
Finalmente, Lugo advirtió a fines de agosto que la posibilidad de llamar a "consulta popular para decidir qué hacer con el Congreso", declaraciones que causó cierta incomodidad en la oposición, y provocó una fuerte reacción por parte de Lino Oviedo. El ex militar acusó al presidente de pretender gobernar a base de decretos, sin contar con el Parlamento, y dijo que dicha actitud se asemeja a la adoptada por los mandatarios de Venezuela, Ecuador o Bolivia.