
Machu Picchu, en serio peligro
Desde que nuestra querida ciudadela de Machu Picchu, (montaña vieja), en el departamento del Cuzco fue revestida con la ilustre condecoración de nueva Maravilla del Mundo en julio del 2007, la afluencia del turismo en esa ciudad como alternativa de desarrollo social, político y económico ha dado un vuelco tremendo de trescientos sesenta grados en la región. Según algunos informes estadísticos el primer recurso gerencial del departamento ha experimentado un incremento del 50 por ciento en sus ingresos monetarios anuales, a pesar de la cruenta crisis internacional que está azotando a todas las economías del mundo, especialmente a los países más desarrollados del globo.
Si bien es cierto que esta crisis está sacando a nuestro favor las mejores tendencias en alternativas para acabar de una vez por todas con la profunda recesión que nos agobia, es notable destacar que esta no afectará más que un cinco por ciento al más grande departamento turístico y cultural del país. Esto lo afirman expertos como el Director Gerente de Cable Andina de Comercio Aníbal Clavijo, quien agregó que la capacidad turística en el año 2008 había llegado a un astronómico porcentaje de setenta por ciento en contraposición al 2007 que había generado solo un treinta y cinco por ciento más de ingresos nacionales.
Paradójicamente la ciudadela nacional de Machu Picchu declarada Patrimonio Cultural de la Nación e incluida en la Lista del Patrimonio cultural de la Humanidad por la UNESCO, estuvo de igual forma incluida en la lista de las 100 maravillas naturales con mayor riesgo de desaparecer hasta el año pasado, por causa del mismo turismo que ahora nos genera tanta inversión, trabajo y desarrollo para los peruanos.
La decisión política más importante aquí concierne al hecho de si este enigmático monumento arquitectónico de gran belleza, orgullo de nuestra idiosincrasia peruana, puede ser correctamente administrado sin que sea amenazado en forma alguna por un desborde empresarial (parafraseando al antropólogo Dr. José Matos Mar) que haga que en poco tiempo asistamos al fenecimiento paulatino de uno de nuestros más grandes tesoros nacionales. De índole no solo arquitectónico, sino también de medio ambiente y parte de nuestra identidad cultural y tradicional que nos da un estatus honorífico fuera de nuestra frontera.
Hay por lo tanto una profunda discrepancia entre los que abogan por un cambio moderno en la economía peruana, con miras a una explotación sostenida para generar más inversión privada y estatal que genere bienestar para la población, y aquellos protectores del patrimonio cultural que creen que se está haciendo de todo para generar riqueza sin tomarse en cuenta la destrucción de la magna ciudadela de piedra y la capital del Cuzco.
El principio de este conflicto ético y social parte desde su descubrimiento el 24 de julio de 1911 por el explorador y profesor universitario estadounidense Hiram Bingham que gradualmente soslayó en sus publicaciones y exposiciones el apoyo del gobierno central del Perú a la Expedición Peruana de la Universidad de Yale que él encabezaba. Ya desde ese entonces nacía un intervencionismo de Estado con miras a explorar la enorme potencialidad que tenía un descubrimiento de tanta magnitud y por el que seriamos reconocidos años más tarde como una Nación rica, heredera de un milenario pasado cultural.
Esta acción no estaría tan mal si no fuera por las innumerables voces que en nuestro país aun reclaman que sigamos siendo considerados dentro de esta lista negra de los cien monumentos arqueológicos más grandes en peligro de extinción debido a que la amenaza no ha cesado para nada en estos últimos años. Prueba de esta inquietante verdad es el compromiso que el Estado Peruano ha hecho con todos los organismo internacionales que vigilan estos temas, incluido la UNESCO, a fin de salvaguardar la unicidad y la integridad física del importante complejo arqueológico.
Por último, aquellas medidas que se vayan a tomar desde nuestro gobierno deben ser bien pensadas en un proceso de identificación y sensibilización con nuestro pasado, pues no se puede edificar una sociedad más humana, más justa y más moderna desde los escombros olvidados y vulnerados de nuestra rica memoria ancestral. No olvidemos que no hay futuro que nos sonría sin recordar nuestro pasado, lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos como peruanos y como habitantes de un mundo que valora y honra a sus ancestros.