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Jueves 16 de abril 2009

THE ENGLISH LESSON

El día que el Perro le enseñó una lección a Pancho.
Jueves 16 de abril 2009
THE ENGLISH LESSON

¿Así que quería pasarse de vivo, no? El profesor Puertas enseñaba inglés y era conocido como el Perro por sus danzarines cachetes de bulldog y su voz que no tenía nada que envidiarle al ladrido de un can. Había cruzado los brazos sobre su inflada panza chelera y los había descruzado para señalar a Pancho en la cara con el índice recto, todo en un segundo. Y Pancho no sabía qué decir, su intención no había sido pasarse de la raya; al contrario, lo que él pretendía era ampliar su repertorio de verbos irregulares, los veinticinco que el profesor exigía para el examen oral eran muy pocos, pues profe. Él se había aprendido tres más. Pero eso no le había gustado al Perro: ¿A mí me quieres impresionar? ¿A mí? Sus cachetes saltaban casi impidiéndole pronunciar las palabras correctamente.

El aula era un cementerio de noche, sólo el viento silbaba su nerviosismo al pasar por sobre las cabezas inmóviles. ¿Qué haría al Perro ahora? ¡A ver! Por fin ladró el profesor, que le dijera las formas del pa-sa-do-par-ti-ci-pi-o de los verbos fly, drink and beat, please. Puertas era ahora The Dog. Please no era un verbo ¿no, profe? Very funny, que contestara él, a ver. Me miró con rabia, un rabillo de espuma salía por las comisuras del hocico, perdón, boca. Yo no sabía ni siquiera qué significaba beat. Fly, para mí, estaba entre nadar, correr y matar. Drink era fácil, chupar, ¿no, profe? Le iba a dar un ataque. Sí, era to-mar. Fly era volar y beat era, entre otras cosas, ganar, así como cuando la selección beat a los chilenos. Ah, bueno, así sí se entiende.

Pancho, solapa, se había sentado y no decía ni pío. El Perro Puertas se dirigió a su pupitre temblando de cólera, abrió su maletita de cuero negro y sacó su libro. Literalmente era su libro: él era el autor. Era un compendio mimeografiado por una sola cara de tamaño oficio y papel periódico, cubierta de cartón celeste: English Course en letras de molde negras. Lo había hecho a imagen y semejanza del que usaban en el Instituto Peruano Norteamericano y lo había vendido él mismo la primera semana de clase. El que no tenía su libro, que mejor se dedique a otra cosa. Era la biblia, el Corán, el non plus ultra del inglés. Cinco solcitos y quedabas bien con el can. Curiosamente el verbo can no estaba en su libro ¿sería por su apodo? La cosa es que a Lucho se le había ocurrido hacer que el autor le autografiara su edición a lo que el profesor había accedido de muy buena gana, hasta se diría que lo estaba esperando. Después de Lucho, todo el salón pasó por el escritorio del Perro y se llevó su edición limitada y autografiada. Todo para perder clases.

Entonces, el profesor Puertas abrió su libro y dijo con voz clara y fuerte: Open your books to page ninety. Ajá, ninety es noventa, ¿no Lucho? Él creía que sí. The verb list, anunció el Can, has twenty five verbs only. Pancho se revolvió en su asiento. No quieran impresionarme, el Perro fulminó a Pancho. Los iba a tomar la próxima clase porque ya veía que nadie se los sabía. Pancho levantó la mano. Él sí se los sabía, profe. Y tres extra se había aprendido además. Puertas no lo mordió pero estuvo cerca. Sus ojos, recién nos dimos cuenta, eran húmedos y brillantes, oscuros, legañosos. No importaba cuántos verbos extras se aprendieran, los de la page ninety eran obligatorios.

Entonces el Perro ladró: ¡Pancho! Que pasara a la pizarra. El silencio se convirtió en bullicio: Pancho era hombre muerto. Lo iba a cagar. Para qué abrió la boca. El profesor le dio un pedacito minúsculo de tiza, tan pequeño que no podía agarrarlo bien y se le caía a cada rato. El Perro le dictó diez verbos. Pancho los escribió y a su lado anotó las formas del pasado y pasado participio con una sonrisa tan canchera adornando su cara que el Perro se molestó más y le lanzó diez verbos más. Pancho los respondió toditos. Yo me sentaba en la primera carpeta con Lucho y podíamos escuchar que el profesor gruñía, sólo faltaba que alguien le gritara ¡ataca! para que le saltara a Pancho y le arrancara la yugular. Al ver que respondía correctamente, le dictó los últimos cinco de la lista de su libro. Pancho los respondió al toque y se dio la vuelta para recibir los vítores del salón. Se sentó en olor a multitud. Pero Pancho era Pancho y no podía con su genio. No llegó a sentarse del todo cuando se levantó y fue a la pizarra. ¿Qué hacía, Pancho? Aulló el Perro Puertas. Su mano tenía el pedacito de tiza entre los dedos. Empezó a escribir: fly –flew –flown; drink –drank –drunk; beat –beat –beaten. Se había olvidado de poner esos, ¿estaba bien, profesor? El Perro no dijo nada. Se sentó en su escritorio y sacó el registro de notas. Pancho, el profesor lo miró a los ojos, tiene ce-ro-cin-co. ¿Por qué le ponía esa nota, profesor? Gesticuló indignado, Pancho. Por cachoso y por querer impresionarlo. Que siente tranquilo no más si no quería una suspensión.

Pancho calló sabiendo que el profesor podía cumplir su amenaza. Todos los compañeros nos solidarizamos con él durante el recreo. Habría que recuperar nota en el escrito no más, caballero.

¿Así que quería pasarse de vivo, no? El profesor Puertas enseñaba inglés y era conocido como el Perro por sus danzarines cachetes de bulldog y su voz que no tenía nada que envidiarle al ladrido de un can. Había cruzado los brazos sobre su inflada panza chelera y los había descruzado para señalar a Pancho en la cara con el índice recto, todo en un segundo. Y Pancho no sabía qué decir, su intención no había sido pasarse de la raya; al contrario, lo que él pretendía era ampliar su repertorio de verbos irregulares, los veinticinco que el profesor exigía para el examen oral eran muy pocos, pues profe. Él se había aprendido tres más. Pero eso no le había gustado al Perro: ¿A mí me quieres impresionar? ¿A mí? Sus cachetes saltaban casi impidiéndole pronunciar las palabras correctamente.

El aula era un cementerio de noche, sólo el viento silbaba su nerviosismo al pasar por sobre las cabezas inmóviles. ¿Qué haría al Perro ahora? ¡A ver! Por fin ladró el profesor, que le dijera las formas del pa-sa-do-par-ti-ci-pi-o de los verbos fly, drink and beat, please. Puertas era ahora The Dog. Please no era un verbo ¿no, profe? Very funny, que contestara él, a ver. Me miró con rabia, un rabillo de espuma salía por las comisuras del hocico, perdón, boca. Yo no sabía ni siquiera qué significaba beat. Fly, para mí, estaba entre nadar, correr y matar. Drink era fácil, chupar, ¿no, profe? Le iba a dar un ataque. Sí, era to-mar. Fly era volar y beat era, entre otras cosas, ganar, así como cuando la selección beat a los chilenos. Ah, bueno, así sí se entiende.

Pancho, solapa, se había sentado y no decía ni pío. El Perro Puertas se dirigió a su pupitre temblando de cólera, abrió su maletita de cuero negro y sacó su libro. Literalmente era su libro: él era el autor. Era un compendio mimeografiado por una sola cara de tamaño oficio y papel periódico, cubierta de cartón celeste: English Course en letras de molde negras. Lo había hecho a imagen y semejanza del que usaban en el Instituto Peruano Norteamericano y lo había vendido él mismo la primera semana de clase. El que no tenía su libro, que mejor se dedique a otra cosa. Era la biblia, el Corán, el non plus ultra del inglés. Cinco solcitos y quedabas bien con el can. Curiosamente el verbo can no estaba en su libro ¿sería por su apodo? La cosa es que a Lucho se le había ocurrido hacer que el autor le autografiara su edición a lo que el profesor había accedido de muy buena gana, hasta se diría que lo estaba esperando. Después de Lucho, todo el salón pasó por el escritorio del Perro y se llevó su edición limitada y autografiada. Todo para perder clases.

Entonces, el profesor Puertas abrió su libro y dijo con voz clara y fuerte: Open your books to page ninety. Ajá, ninety es noventa, ¿no Lucho? Él creía que sí. The verb list, anunció el Can, has twenty five verbs only. Pancho se revolvió en su asiento. No quieran impresionarme, el Perro fulminó a Pancho. Los iba a tomar la próxima clase porque ya veía que nadie se los sabía. Pancho levantó la mano. Él sí se los sabía, profe. Y tres extra se había aprendido además. Puertas no lo mordió pero estuvo cerca. Sus ojos, recién nos dimos cuenta, eran húmedos y brillantes, oscuros, legañosos. No importaba cuántos verbos extras se aprendieran, los de la page ninety eran obligatorios.

Entonces el Perro ladró: ¡Pancho! Que pasara a la pizarra. El silencio se convirtió en bullicio: Pancho era hombre muerto. Lo iba a cagar. Para qué abrió la boca. El profesor le dio un pedacito minúsculo de tiza, tan pequeño que no podía agarrarlo bien y se le caía a cada rato. El Perro le dictó diez verbos. Pancho los escribió y a su lado anotó las formas del pasado y pasado participio con una sonrisa tan canchera adornando su cara que el Perro se molestó más y le lanzó diez verbos más. Pancho los respondió toditos. Yo me sentaba en la primera carpeta con Lucho y podíamos escuchar que el profesor gruñía, sólo faltaba que alguien le gritara ¡ataca! para que le saltara a Pancho y le arrancara la yugular. Al ver que respondía correctamente, le dictó los últimos cinco de la lista de su libro. Pancho los respondió al toque y se dio la vuelta para recibir los vítores del salón. Se sentó en olor a multitud. Pero Pancho era Pancho y no podía con su genio. No llegó a sentarse del todo cuando se levantó y fue a la pizarra. ¿Qué hacía, Pancho? Aulló el Perro Puertas. Su mano tenía el pedacito de tiza entre los dedos. Empezó a escribir: fly –flew –flown; drink –drank –drunk; beat –beat –beaten. Se había olvidado de poner esos, ¿estaba bien, profesor? El Perro no dijo nada. Se sentó en su escritorio y sacó el registro de notas. Pancho, el profesor lo miró a los ojos, tiene ce-ro-cin-co. ¿Por qué le ponía esa nota, profesor? Gesticuló indignado, Pancho. Por cachoso y por querer impresionarlo. Que siente tranquilo no más si no quería una suspensión.

Pancho calló sabiendo que el profesor podía cumplir su amenaza. Todos los compañeros nos solidarizamos con él durante el recreo. Habría que recuperar nota en el escrito no más, caballero.

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