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Miércoles 17 de septiembre 2008

Fano no es Cachito

Recuerdos de los goles que nos hicieron felices.
Miércoles 17 de septiembre 2008
Fano no es Cachito
En estos días que el gol de Johan Fano a los argentinos en el último minuto de la angustia alegra a todos, se me vienen a la mente los goles que penan en mi corazón desde hace tiempo buscando compañía inútilmente. Los que recuerdo ahora se hicieron en situaciones cuasi-heroicas, monumentales, épicas, lacrimosas. Viejas. Estos goles al final de cuentas nos llevaron a algo, no como el del ex - jugador de la U que sólo sirve para el orgullo mediocre de decir “pero, no nos ganaron”. No nos engañemos, es cierto que hubo mejoría, ahora hay esfuerzo y garra, pero falta calidad para ganar. Ahí sí que hay que trabajar mucho.   El primero, cronológicamente, es el par de goles de Cachito contra Argentina. Mi papá siempre me dice que ando viviendo del pasado, pero yo sí creo en el pasado, al menos como ejemplo, como lección de la que hay que aprender, lo malo es que los peruanos nunca aprendemos. La primera vez que viajé a Buenos Aires con mi esposa, fuimos, a instancias mías, a visitar la Bombonera. Me sorprendió ver que no es un estadio aislado de la ciudad por grandes jardines, explanadas, o estacionamientos que hagan el control de las barras bravas boquenses más fácil. El estadio está frente a casas, separado de ellas solamente por una calle angosta de dos carriles. La pared esta hecha con bloques de concreto ligero y entre cada bloque hay rendijas suficientemente grandes como para meter un ojo y ver un pedacito de la cancha. Eso sí, por dentro se respira un aire de asombro y respeto inigualables que vive impregnado en sus paredes.   En esa época Solano era figura en Boca, tanto que cuando en la puerta nos pidieron documentos y mostramos nuestros pasaportes, el encargado se deshizo en amabilidad diciendo “Cheeee, Uds son compatriotas del maestriiiito”, ingresamos en medio de los imaginarios aplausos de la número 12. Logramos encontrar el camino a la tribuna opuesta a los palcos (los que dan a la calle de la pared con rendija) y allí me quedé petrificado viendo, a unos 20 metros, el arco en el que Cachito metió los dos golazos que nos ocupan (claro que no son los mismos arcos, pero ahí mismo estaban en el 69 ¿no?). El recuerdo en blanco y negro se tiñó por primera vez de verde, blanco y rojo, albiceleste. La voz de Ferrando con su famoso No nos ganan, salió de un rincón añejo del estadio, resonante, invencible. Mi esposa me pregunto qué me pasaba y no pude responder inmediatamente, tenía que tomar aire, esperar que escampara el inicio de lluvia de los ojos, que se calmara el corazón. Entonces le revelé el motivo de mi petrificación: En ese arco Cachito metió los dos goles que nos llevaron al mundial del 70. Ah, dijo, y se fue tribuna arriba. ¡Las mujeres no entienden!   El segundo recuerdo es el del gol más emocionante de mi vida. Lo hizo el jugador uruguayo Techera –el mismo que cantó la canción Y dale U– cuando metió el gol del triunfo al Peñarol. Era el partido de la clasificación a la segunda fase de la Libertadores del 72. El entrenador Roberto Scarone había hecho entrar a un chiquillo, un tal Jotajota Oré, para que salvara la situación: La U iba perdiendo 2 -1 en el nacional. La barra de Oriente –no había Trinchera – lideraba a los 40 mil que enronquecían alentando al equipo.   Yo veía el partido por la tele y esperaba, comiéndome las uñas, los dedos, las mangas de la camisa, que al final MM dijera ¡Noche merengue en el Nacional! Y es que ni el empate servía porque el otro peruano en la serie –Unión Huaral con Pedrito Ruiz, nada menos– había perdido todos los puntos. Faltaba poco, ya se había empatado. Entonces, un centro al área chica uruguaya atraviesa la maraña de camisetas amarillas y negras, da un bote en el piso y se va a media altura con destino de saque de meta para los uruguayos pero de pronto aparece Cachito –otra vez –y con la cabeza y mucha valentía plancha el rechazo del defensa charrúa, de metro noventa y chimpún 46, que había reaccionado al ver al peruano por ahí. Casi lo decapita, pero Ramírez le ganó por un milímetro y logró sacar el balón hacia el centro donde justamente estaba Techera y este reventó las redes. El estadio –y mi sala – explotó como nunca. En el círculo central de la cancha se formó una montaña crema que por poco ahoga a Techera. Y MM anunció al final ¡Noche merengue en el Nacional! Ya no hay noches merengues ni blanquiazules ni blanquirojas ni de ningún color.   Hay también otros goles que han marcado a mi generación: los de Cubillas a Escocia –especialmente el de tiro libre, jugada que no le he visto hacer ni a Ronaldinho, Messi, Riquelme, Beckham, Zidane, ni a nadie: tres dedos por fuera de la barrera y al ángulo –, el de Cassaretto a Brasil en Belo Horizonte –con el famoso saltito de celebración incluido –, otro de Cubillas a Bulgaria en el 70 con el que se volteó el partido de ir perdiendo 2 – 0 al día siguiente del terremoto de Huaraz; el de un fugitivo Sotil a Colombia el 75 que nos dio la Copa América; y cuántos otros más.   Lo triste es que los goles de hoy son escasos para guardar en la memoria. Los jugadores peruanos nos hacen llorar ya no de alegría sino de tristeza. El hincha ya no espera el gol del triunfo sino el del honor. Todo gracias a que nuestros dirigentes no hacen lo que desde años se viene diciendo que hay que hacer. Lo que todos saben pero no aplican. ¿Aprenderemos alguna vez?   Mientras tanto, los dirigentes siguen desaprobando los exámenes de la hinchada –literalmente hinchada de fracasos – y nosotros seguimos cerrando los ojos para proyectar en los párpados las imágenes que nos hicieron felices y que mantienen la esperanza viva y el corazón futbolero latiendo, pero la verdad es que Fano no es Cachito, ni mucho menos.
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