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Sábado 23 de enero 2010

El Panteón de los Poetas

Coincidencia o alguna cosa diferente nos devuelve objetos hace tiempo perdidos. La alegría que sentimos en esos momentos es, tal vez, desproporcionada con la ofrenda, sobrepasa cualquier agradecimiento cotidianoEs que algo o alguien nos ha devuelto un fragmento de lo que fuimos en el pasado, hay una muerte menos en nuestro corazón (Cómo tener un buen corazón).
NO ME ATREVO A DECIR UNA SOLA PALABRA DE MAS ANTE ESTE HERMOSO ARTICULO DE MORA TORRES





Y esto, precisamente esto, me ocurrió cuando una vieja amiga (Breve ensayo sobre el afecto, amor y amistad) me devolvió un todavía más viejo cuaderno: allí estaba el poema de mis 18 años, que con soberbia y candidez escribí; el largo poema que enumera a ?todos? los poetas (Adolescencia: ¿Quo vadis?).

Es muy útil, en realidad, como una especie de guía ?telefónica?, como catálogo, como mapa? (Mapa conceptual y mental).

Y también porque el recuerdo de las noches que pasé en vela escribiéndolo no se borra (El mundo de las letras).
Sábado 23 de enero 2010
El Panteón de los Poetas

El Panteón de los Poetas

Desnos, no era necesario tu poema de amor

con el que yo quería llorar sin conseguirlo

ni el infierno bordado de Rimbaud

ni la gloria en carros de fuego que trajo a Baudelaire

con el olor de la carne y el aire. (Bien vale un verso)

 

Y el interior de la rosa de Rilke es pura vanidad

así como la juventud de Dylan Thomas

o el grito de acero de Allen Guinsberg

o la selva en flor y el perfume del grito de Whitman

o las oscuras calles de Poe. (El cuento de terror)

No era necesario pagar la vida de Villon

ni templar el infierno de Quevedo, ya que con él se sonreía,

o bajar a las graves y dulces campanas de John Donne a veces las terribles

llamas del otoño, ni sentarse sobriamente junto a Eliot

o resistir la noche con Novalis o aventurarla en el amor

como San Juan de la Cruz, inútil empresa

como quemarse en un fuego de doradas brasas pintadas por Fra Angélico.

Inútil el recuerdo para Artaud, que habló de la muerte

como de una cabeza que siempre se inclinaba sobre él

o el fervor para Borges que todavía

no ha probado su gloria en la ceniza.

Era fuego fatuo la pureza de Verlaine,

eran cifra estéril el secreto de Mallarmé y Valery

y la reclusión de Emily, vestida de blanco, con rosas rojas en el cuello,

o la sombría mano de Lautréamont en la aurora

o la exactitud de Auden bajo música de Brahms

o el vestido violado de Matisse para Breton

o Renoir pintando el rostro de las amigas de Apollinaire

o el homenaje a Reverdy en los cofres de plata

o los mares de Perse con máscaras caídas y la amapola

sembrada en el agua que recogieron los chinos, o el duro placer

de contemplar a la amada en la Amada de Aragón.

Y el entristecido país de la infancia de Milosz

o las todavía entreabiertas colinas de Juan

en nada disminuyen la región del misterio, ni la abarcan.

Eran fantasía el heredado mapa de las líneas de Holderlin y su tempestad

y la puerta por donde corría el brumoso vuelo de los pájaros de Ungaretti

y la placidez de lo tocado y escrito por Ronsard y su amada de pronto envejecida bajo una cofia de Vermeer.

Y viento petrificado fue la ciudad de monedas y hermanas de caridad de Lowell

o la multitud y la unidad en las palabras quebradas de Vallejo

o los viejos días que atormentaron a Daumal

y Pavese, que sorprendido por la quietud

con que los días se apagaban

consideró su propia sangre con una sed de alivio,

o la luz con que la gloria y la desdicha corroían

el rebasado cerebro de Ezra Pound y su forma, implacable de luz,

y la sombra que navegaba por los espacios de Dante,

o Manrique, que hermosamente

guardó memorias y prolongó

cuatro veces la eternidad de su padre, o la gracia

con que sabían del amor Cummings y Garcilaso y Hernández y Pessoa.

No había que empezar el camino de Keats cuyos oídos

se cruzaban con la música en la tarde

y hacían de la música la muerte o el amor

y las imágenes sostenidas por piedras preciosas y paseadas por el corazón de Góngora

con la fruición de un oleaje que se lega.

No era necesario crecer hasta llegar a la inocencia

ni oscuramente inclinarse sobre una tierra de pesadas palabras

ni hilar en una región de blancura la piedad

ni soldar los nombres fundamentales de la vida

ni que esos dos únicos nombres fueran la sola mención

o el único nombre del misterio.

Por eso nada les concede el olvido. Como ramos

de serpientes, el recuerdo todavía los muerde.

 

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