
El Panteón de los Poetas
Desnos, no era necesario tu poema de amor
con el que yo quería llorar sin conseguirlo
ni el infierno bordado de Rimbaud
ni la gloria en carros de fuego que trajo a Baudelaire
con el olor de la carne y el aire. (Bien vale un verso)
Y el interior de la rosa de Rilke es pura vanidad
así como la juventud de Dylan Thomas
o el grito de acero de Allen Guinsberg
o la selva en flor y el perfume del grito de Whitman
o las oscuras calles de Poe. (El cuento de terror)
No era necesario pagar la vida de Villon
ni templar el infierno de Quevedo, ya que con él se sonreía,
o bajar a las graves y dulces campanas de John Donne a veces las terribles
llamas del otoño, ni sentarse sobriamente junto a Eliot
o resistir la noche con Novalis o aventurarla en el amor
como San Juan de la Cruz, inútil empresa
como quemarse en un fuego de doradas brasas pintadas por Fra Angélico.
Inútil el recuerdo para Artaud, que habló de la muerte
como de una cabeza que siempre se inclinaba sobre él
o el fervor para Borges que todavía
no ha probado su gloria en la ceniza.
Era fuego fatuo la pureza de Verlaine,
eran cifra estéril el secreto de Mallarmé y Valery
y la reclusión de Emily, vestida de blanco, con rosas rojas en el cuello,
o la sombría mano de Lautréamont en la aurora
o la exactitud de Auden bajo música de Brahms
o el vestido violado de Matisse para Breton
o Renoir pintando el rostro de las amigas de Apollinaire
o el homenaje a Reverdy en los cofres de plata
o los mares de Perse con máscaras caídas y la amapola
sembrada en el agua que recogieron los chinos, o el duro placer
de contemplar a la amada en la Amada de Aragón.
Y el entristecido país de la infancia de Milosz
o las todavía entreabiertas colinas de Juan
en nada disminuyen la región del misterio, ni la abarcan.
Eran fantasía el heredado mapa de las líneas de Holderlin y su tempestad
y la puerta por donde corría el brumoso vuelo de los pájaros de Ungaretti
y la placidez de lo tocado y escrito por Ronsard y su amada de pronto envejecida bajo una cofia de Vermeer.
Y viento petrificado fue la ciudad de monedas y hermanas de caridad de Lowell
o la multitud y la unidad en las palabras quebradas de Vallejo
o los viejos días que atormentaron a Daumal
y Pavese, que sorprendido por la quietud
con que los días se apagaban
consideró su propia sangre con una sed de alivio,
o la luz con que la gloria y la desdicha corroían
el rebasado cerebro de Ezra Pound y su forma, implacable de luz,
y la sombra que navegaba por los espacios de Dante,
o Manrique, que hermosamente
guardó memorias y prolongó
cuatro veces la eternidad de su padre, o la gracia
con que sabían del amor Cummings y Garcilaso y Hernández y Pessoa.
No había que empezar el camino de Keats cuyos oídos
se cruzaban con la música en la tarde
y hacían de la música la muerte o el amor
y las imágenes sostenidas por piedras preciosas y paseadas por el corazón de Góngora
con la fruición de un oleaje que se lega.
No era necesario crecer hasta llegar a la inocencia
ni oscuramente inclinarse sobre una tierra de pesadas palabras
ni hilar en una región de blancura la piedad
ni soldar los nombres fundamentales de la vida
ni que esos dos únicos nombres fueran la sola mención
o el único nombre del misterio.
Por eso nada les concede el olvido. Como ramos
de serpientes, el recuerdo todavía los muerde.