
DESESPERANZA
Estaba sentado sobre el piso de concreto sin pulir, de esos falsos pisos que era el pasadizo que llevaba, que lleva aun, no hay otra salida, desde el patio, en el que jugábamos de niños, a la calle, a la vereda del Paseo Libertad en Pueblo Libre. Su espalda estaba recostada sobre una de las paredes pintadas de amarillo al temple, de esas que cuando se rozan parten impregnadas en los vestidos y hasta en la piel de uno. Era la del lado derecha en dirección a la puerta de salida, pues en la de la izquierda una pila de cajas con botellas de soda ocupada el lugar. Si mal no recuerdo eran cajones de 24 o más de botellas chicas de Fanta o Coca Cola, yo qué se, qué más da. Sus antebrazos estaban sobre sus rodillas, sus manos flácidas casi pendían y sus dedos apenas los cruzaba. No había fuerza en el gesto. Su mirada, ¡ah, su mirada, esa que aun me duele!, fija pero a la vez perdida.
Roberto Narro, el moreno, el amigo de mis hermanos Elva y Víctor, de Gotardo. Sí, Roberto, nuestro hermano, no de sangre sino de alma. De esas almas que en más de una ocasión, habiendo hecho comunión primero con la de mi madre, se hermanaban casi por decreto familiar con las nuestras. El había entrado esa mañana de febrero del sesenta, casi al mediodía, orgulloso a la casa. “Los invito a la playa, vamos hacia el sur, a Pucusana, es como una taza de te, ya verán”, recuerdo que dijo contento. “Hay sitio para todos, ya busquen sus ropas de baño”, añadió, no sin antes decir que “no había tiempo que perder, pues el camino es largo”.
Joaquín, que apareció de no se de dónde en aquellos momentos, irrumpe y no sabe como contener su alegría. Tenía entre sus manos un polo, esos de algodón a rayas, uno de los que parecía ser por la talla más de Víctor, nuestro hermano mayor, que la de él, y colocándoselo me dijo que haga lo mismo. “Anda no te demores, coge tu pantalón corto y ponte un polo como yo”, me ordenó con el rostro radiante de felicidad. La alegre e insistente invitación de Roberto había movilizado como a él a toda la familia. Mi padre y mi madre también, si mal no recuerdo, se apresuraban y decían a unos y a otros que se apuren. “Hay que aprovechar el Sol y la buena voluntad de Roberto”, repitió más de una vez mi padre.
“Las ollas al fondo, no se preocupen es arroz, arroz con pollo, no se derramará”, nos dijo Roberto. A Kiko, quien es un año y algunos meses mayor que yo y que tenía siete por aquel entonces, le dijeron “siéntate junto a la olla, no dejes que Pulga, esa perrita chusca que teníamos , acerque su hocico, ni que se vaya a orinar. No olvides es una perra traviesa y engreída”. “Tu Fidelita -mi hermana menor, la última- junto a mi”, gritó Elva, antes de añadir, “no vaya a hacer que te quemes”. “Todos a la camioneta”, se escuchó. La Volkswagen, el orgullo de Roberto, que esa tarde también era el nuestro estaba presta para partir en cualquier instante, era cosa de que Roberto arranque, ahora si el vehículo lleno de cosas y personas.
“Joaquín, Joaquín, mi hermano falta. Mamá, papá, Joaquín no está, llámenlo”, dije, no sin antes que Kiko se uniese a mi pedido diciendo “no hay que dejarlo, está listo como nosotros”. “El se queda, tiene que cuidar la casa, no hay nadie quien haga esto, es el hombre, tiene que cumplir con su responsabilidad”, dijo mi padre. “Pero papá, no seas malo, ah ... no ves que está llorando, mira está sentado al fondo, solo. A la casa no le va a pasar nada, los vecinos del frente nos conocen, la española y don Víctor también, tú mismos dicen que son tus amigos, también. Papá, papáa, papáaa”, le repetí, pero él ya no quería escuchar. “Roberto, vamos ya, se va a hacer tarde”, dijo mi madre. La camioneta partió, la fachada de la casa de un solo piso quedó atrás.
Así también quedó Joaquín, cabizbajo ya y ahora si pétreo; con la distancia del tiempo, podría decir, hasta humillado y sin duda alguna vacío, sin esperanza. Nadie movió un dedo, nadie intento siquiera un gesto, ni siquiera fingió hacerlo, la mente estaba ya en Pucusana, a donde finalmente no llegaríamos, sino más bien a Naplo, una playa vecina. El trayecto fue largo, diría hasta eterno y silencioso, tan igual me imagino ahora al silencio que embargaba la soledad de Joaquín, a quien nunca debieron dejarlo postrado frente a su incomprensible desesperanza. Nunca...