
Era una pared de ladrillos, no de los rojos, sino más bien de esos pequeños y delicados adoquines hechos a partir de una mezcla de cemento y cal, ligeramente ploma. De ese color grisáceo que al contacto de la garúa fina que a todo invadía aquella noche que se aproximaba en julio de hace más de treinta años adquiría su más grave tonalidad. No era muy alta recuerdo, estaba a medio acabar al igual que los otros tres muros que delimitaban lo que con el pasar de algunos meses llegaría a ser un cuarto, ese que ahora es un restaurante. Tras mío, a medida que avanzaba hacia esta suerte de cubo rectangular que era este cuarto, quedaba el pampón cubierto de tierra muerta, que era en lo que se había convertido, por llamarlo de alguna manera, uno de los parques de la urbanización cercana a mi casa, la de San Miguelito.
Mi madre me había ordenado un poco más temprano, a media tarde de ese segundo miércoles de julio del setentiocho, diciéndome "lleva este paquete, junto con el recibo, y entrégaselo al inquilino de la casa del jirón Libertad, hace más de dos semanas que nos debe el pago del alquiler". Yo solicito había cumplido con su encargo, a pie me había dirigido a lo que llamábamos en lenguaje muy de mi familia "la otra casa" y a pie también regresaba, ya con cierto desgano y con cara de protesta, quizá harto de ser el hijo de todo hacer de la familia. Avanzaba pues, aunque lentamente, levantando el polvo ante mi, decidido de llegar en silencio y pasar desapercibido cuanto antes a casa y poder así descansar.
"Aaahhggg, aaaehhgg, aaeehhhggg", escuché de pronto. Sorprendido y sobresaltado me pregunté de dónde provienen esos lamentos. No, no eran gemidos de placer, como en otra ocasión había podido oír por ese mismo lugar. No, esta vez estos eran de otro genero, no eran de los que delataban caricias subrepticias, estos traducían más bien dolor. Eran, como pronto me percataría, de desesperada angustia, de aquellos que solo pueden emanar de seres al borde de su abismo. Ralenticé entonces mi paso, casi me detuve ahora si asustado, pues los gemidos no cesaban e incluso aumentaban con dramática frecuencia. Ya, casi al umbral de lo que sería en el futuro la puerta, pude ver su figura. Era Kiko, el hermano de Julio, el gordo, el que dos años después me recomendaría siendo Gerente de Producción en Rayobac para trabajar como obrero en esta fabrica.
Era el hijo de Francisca, de "La Paca" como le decíamos a su madre, una cajamarquina, profesora de no se qué grado en un colegio nacional del centro de Lima. El era un poco mayor que yo, dos años o algo más, quién sabe. Bonachón, de gestos siempre amicales con los demás. No era un buscapleitos, ni muchos menos uno de aquellos que buscaban imponer su liderazgo a golpes por donde iban, no, Kilo estaba hecho de otra materia. Sus hermanos, Julio sobre todo, lo mimaban sin reparos, era el último de los hermanos. Era el engreído de la familia. Una moto por Navidad, dinero por esto y también por lo otro, era la forma, me dijo Julio hace cosa de tres años, de paliar la pena que, según ellos embargaba a Kilo debido a la ausencia, desde muy temprano, de su padre.
"¿Qué te pasa Kiko, qué te pasa?", le pregunté, observando la tez de su rostro rosado que, cubierto de sudor y quizás en ciertas partes de lágrimas, servía de trasfondo a una mirada vidriosa y, sin duda alguna, perdida. Estaba parado dándome ligeramente la espalda, casi de costado podría decir y sospecho que me miró en algún momento de reojo. Llevaba puesto un polo manga corta y un pantalón de lona, un Levis como decían con orgullo aquellos que los portaban. De pronto volteó con poco aplomo y de sus labios secos, ligeramente entumecidos y, creo recordar, cuarteados, emitió un "Ah Pancho, Panchito por favor ayúdame", como quien imploraba, sosteniendo con su temblorosa mano derecha me di cuenta una jeringa.
Era un líquido rojizo el que se encontraba en el recipiente cilíndrico del inyectable, con algunas manchas de rojo intenso, una mezcla, pude percatarme ya más cerca, compuesta de un poco de su sangre con un sedante que le servía como droga, ese conocido como Sosegón. "Agárrala por favor Panchito, quiero ajustar esta cagada de liga, no es la primera vez que me pasa". "Ya esta bien, cálmate Kiko", le dije, observando sorprendido la insólita escena. "Dame una manito, no puedo dar con la vena, estos callos de mierda no me dejan, en los brazos ya no tengo venas Panchito", añadió acercándose más aun para que vea lo que normalmente debería ser una vena.
Solo habían manchas, manchas oscuras y duras, como la de los callos viejos. Las tenía en las venas a la altura de los codos de ambos brazos, en el de ambas muñecas. En los talones,..., en fin, en casi en todo lugar del cuerpo donde uno pudiera imaginar que se pudiese inyectar algo. "Siéntate y cálmate Kiko, nada vas conseguir si no te tranquilizas, de lo contrario podrías hacerte incluso daño", le dije siendo conciente de lo irrelevante de mis consejos en esos instantes de dependiente angustia en la cual estaba él sumido. "Cállate", me gritó, dándome la espalda y avanzando varios pasos alejándose de mi, como quien busca un mejor recaudo y alguien más útil que yo para este propósito.
De pronto su fisonomía dio un giro de ciento ochenta grados, se volvió hacia mi y mirándome fijamente a los ojos afirmó, "ya se, aquí, en este lugar se puede", señalando con su índice izquierdo alguna parte sobre su labio superior. "Aquí hay una vena, pero yo no podré hacerlo, hazlo tú por mi Pancho, por favor". "Puta madre, no seas huevón, no me pidas eso, no lo haré, no, no". "Concha tu madre Pancho, no ves acaso que me estoy cagando de angustia, ayúdame, no me jodas, no me digas que no puedes, no seas cagón".
Había escuchado decir un par de veces no hacia mucho tiempo atrás a Hugo, al que le decíamos Caballón, que cuando tenía angustia del Sosegón se resfriaba y que le dolía el cuerpo y que sentía un enorme vacío en su alma, al igual que la sensación de estar en medio de una espiral descendente e irrefrenable, como cuando se cae a un precipicio. "Un amigo mío se mató angustiado", me contó un día Hugo. Yo en ese momento, recordando esto, no quería esto para Kiko, "si hay vida, aunque sea de mierda como la suya pensé, hay esperanza", y ante su mirada sin dirección alguna y ahora si sorprendida, tome el inyectable con la mano derecha, apunte la jeringa hacia el lugar sugerido y se la incrusté sin pensarlo dos veces. "Qué vena ni que mierda, ni qué ocho cuartos", pensé, y ya decidido presione inoculando el deseado sedante.
Debí dar por azar del destino con una vena, ¿pequeña, grande?, yo qué se, vena al fin y al cabo, pues a los pocos instantes, Kiko, el pecoso, "Daniel El Travieso" como también le decíamos, retrocedió unos pasos como quien se alejaba de mi. Cerro los ojos para luego abrirlos extasiado, para mirar a ninguna parte e iniciar su retirada de ahí; claro, no sin antes quitarme su inyectable y guardar en su bolsillo la que había sido hasta ese momento una inservible liga color mostaza. No me dirigió palabra alguna, ignorándome dio media vuelta y dando pasos al parecer seguros, moviendo ligeramente los hombros como quien se da impulso y coraje, se alejó de mi, para siempre.