
De pronto, mis hijos saltaron del mueble donde luchaban contra unos mostros verdes; siguieron el ladrido chillón de Chiquita, el rebote en dos patas frente a la ventana, su hocico enredado en las cortinas. Es que de la calle entraba, transportado por brumas y reverberaciones veraniegas, un sonido que me era familiar, pero que no podía aún identificar con certeza. ¿Oyes algo?, Concho despegó los ojos de su Messenger. Yo pospuse la respuesta al comentario que un amigo me puso en mi Facebook, me levanté y me uní al grupo de curiosos: ¿Qué suena, papá?, una voz de flores y miel se impuso a la bullanguera perrita shitzu. Yo no lo sabía, mi hijita linda; escruté las sombras de la calle, nada. El sonido empezó, poco a poco, a convertirse en música: un cajón, una quijada, un par de bongós, y el anuncio: ¡humitas calientitas humiiiiitas! ¿Qué cosa? No podía ser, los recuerdos desbordaron el presente, volé en el tiempo y me vi, igual que mis hijos, abriendo la puerta a toda prisa, lanzándome a la calle, brincando, casi bailando con los vendedores, con la boca ávida de probar aunque sea una humita, mamá, no seas así.
La penumbra fosforescente de la calle arrojó tres sombras coloridas, una canastota, un andar cansino, sonrisas, voces reilonas. Se detuvieron frente a nuestro edificio. No tardaron en verse rodeados de chuiquillos fisgones, señores incrédulos, amas de casa escépticas. El guachimán trataba de controlar a Black que desconocía mayormente a los humiteros; ladraba, mostraba sus colmillos con peligro. Nunca había visto así al perro guardián. Ese chusco no reaccionaba ante nada, así sean ladrones de verdad; pero esa noche, se vio amenazado por el grupo de siluetas pintadas de mil colores, los trajes sacados de una fiesta carnavalera. No era para menos.
En mi recuerdo, los humiteros eran morenos quimbosos, alegres, bailarines y bromistas. Fácil podían ser futbolistas de Alianza en sus ratos libres; o barristas del tranquilo, todavía, Comando Sur. Su llegada a cada barrio era un espectáculo esperado con ansias los viernes o sábados; aunque a veces se salían de su rutina y caían, como quien no quiere la cosa, un lunes o miércoles. Mi mamá siempre nos compraba humitas; y trataba de guardar un par para mi papá, sin éxito la mayoría de las veces.
Los humiteros que alborotaron esa noche la tranquilidad de Chiquita y Black y sacaron de su modorra de video juegos y chats a los apacibles vecinos de mi urbanización, eran muy distintos a los que vivían en los recodos escondidos de mi memoria. Estos han sufrido una transformación curiosa, por decir lo menos. Ya no bailan el ritmo negro del cajón con la elegancia de los chinchanos de mi época, levantando nubecillas de polvo, quebrando la cintura, causando sonrisas los ojos. Tampoco usan los clásicos pantalones remangados a la rodilla, las amplias camisas blancas, el pañuelo rojo al cuello; ni andan descalzos. Los casi extinguidos nuevos humiteros de nuestra actual ciudad están emparentados con los cómicos ambulantes de la Plaza San Martín, los chistosos de los microbuses y los mendigos de los semáforos. Tampoco son morenos de Chincha o Cañete.
¿Por qué se ha vestido de mujer?, mi hijo señaló al que movía el cu-cu en la cara de su compañero de sketch, al tiempo que sostenía los globos del pecho con ambas manos y se agachaba haciendo un mohín. Están jugando, escuché mi voz sin convicción. Mientras tanto, una vocecita cantarina me jalaba la camisa: ¿Qué son uvitas, papá? Humitas, mi princesita, humitas. Eso, ¿qué son humitas, papá? Acaricié la seda de su cabecita, le dí un beso en la frente, suspiré: Son un recuerdo, mi princesita, un recuerdo.