
Huascarán en vaso
Sobre la delgada tablita forrada de fórmica, una montaña nevada con pinceladas de oro y rubí despedía nubecillas heladas anunciando que la frescura era posible en medio del infierno húmedo de la ciudad. Estiré la mano y cogí el polo norte, o el sur, no importaba. El alma gélida de la raspadilla trepó por mis dedos, enfrió la palma de mi mano, mi muñeca y brazo; heló mi hombro: congeló el tiempo.
A unos centímetros de mi sed, la máquina de picar hielo descansaba fresca e imponente como un lobo marino. Siempre me quedaba un rato mirando al raspadillero accionarla. Me fascinaba la rueda metálica con manubrio, el gigantesco cubo de hielo que empequeñecía con cada giro sobre las cuchillas de destellos plateados y me preguntaba cómo podían decir que en Lima no nevaba si lo estaba viendo ahí delante de mis ojos. Esas máquinas ya no se usan, ahora los raspadilleros llevan la nieve lista en cajas de tecnopor, los más modestos; en coolers Rubermaid, los más pitucos. Inclusive hay quienes tienen las raspadillas en estado fantasma (sin jarabe), listas para saborizarlas con más colores que los que me hubiera podido imaginar cuando niño: maracuyá, lúcuma, limón, papaya, uva, y muchas más. La raspadilla es ahora medio rastafarian.
De Marte a mi boca
Deme uno de chicha, por favor. Las cortinas floreadas engulleron la redondez de la señora, la trastienda era su comedor; la sala, la bodeguita. En la inmensa refrigeradora Moraveco, aguardaban con la frialdad de quien sabe lo que valen, las sabrosas barras de colores hechas con frutas terrícolas, pero importadas del planeta rojo por verdes alienígenas.
Los lugares de aterrizaje de estos helados caseros abundaban en el verano. Nacían de repente en las ventanas de casas particulares, en las puertas de pasajes larguísimos, en las vitrinas de bodegas de barrio. Sus colores replicaban los de las naves de sus creadores, los extraterrestres que no llaman a casa, sino que llegan a casa con la frescura que adormece las lenguas y los dedos, mancha los polos y blusas, dan ganas de otro más, por favor señora, pero de maracuyá.
Con el tiempo, la fábrica casera tuvo que salir a buscar a Mahoma: la competencia obligaba. Entonces, ya los podíamos consumir entre pichangas en el malecón Grau, porque había más de un muchacho con su caja de tecnopor a cuestas. El padre de un amigo gustaba de comprar tres o cuatro, los escurría de la bolsita a un vaso y los rociaba de Coca Cola: Raspadilla de Marte con toques gringos. Debió patentarla.
Una compañía de helados sacó unas imitaciones que llamó chups; pero el marciano de fruta es único. Gran fracaso gastronómico: primero, no eran de fruta natural sino sintética, y segundo, ¿quién le compra un marciano a un heladero? No se pasen.
Curich significa cremolada
No estoy seguro si empezó en Barranco o Miraflores. Lo que sí sé a ciencia cierta es que las cremoladas del Curich fueron, son y serán las mejores armas para enfriar el mediodía (o cualquier hora, en verdad).
Una mañana ardiente de febrero me entraron ganas de perder el tiempo con una cremolada mita-mita: maracuyá con naranja, mi preferida; pero como el diablo no trabaja solo, me llevé a Henry, un colocho que trabajaba conmigo, a que probaras las más ricas cremoladas del Perú, compadre. ¿Un raspado?, hizo una mueca desdeñosa. Entendí al toque, pero, estratégicamente, no me mostré ofendido (él se refería a la raspadilla, raspado en su país), y más bien lo conminé en silencio a venir conmigo. Henry se tomó tres y cada vez que podía, se escapaba con o sin mi anuencia a disfrutar de los sabores exóticos que sólo en el Perú nacen: aguaje, kiwi, tumbo.
Siempre me preguntaba cómo era que lograban esa textura de hielo a punto de endurecerse, de nieve pero con sabor y color; de oasis para sedientos afiebrados por el sol. Sé que hay una máquina para remover el jugo constantemente, así no se hace un gran cubo de hielo, pero, ¿quién inventó esa máquina? Debe ser algo así como la máquina de pollo a la brasa. Alguien debería investigar.