Los protagonistas del film son aristócratas que dejan su holgadas existencias para viajar a exóticos lugares y encontrar tesoros escondidos por milenios. Para llegar primero al hallazgo no dudan en eliminar a colegas y saquear tumbas violando cultos, creencias y patrimonios culturales. Gracias al ansiado descubrimiento, los arqueólogos logran el reconocimiento social y académico.
La trayectoria de Hiram Bingham y Max Uhle confirman esa impresión. Vinieron al Perú y se llevaron cientos de objetos precolombinos a las universidades de Yale, Berkeley y el Museo de Berlín. Esas instituciones se niegan a devolver los vestigios encargados a pesar de que han transcurrido más de 80 años.
La arrogancia de los arqueólogos obedece a que llegaron primero al descubrimiento. A diferencia de los científicos de otras disciplinas que para inventar un procedimiento o encontrar un nuevo elemento patógeno deben basarse en trabajos previos y están obligados a citar a los investigadores que los antecedieron, resultando al final un hallazgo compartido. Los arqueólogos ni siquiera tienen la delicadeza de reconocer que sus datos los obtuvieron de huaqueros que prefieren quedar anónimos para evitar ser capturados por la policía.
Todo esto viene al caso porque hace unos días la arqueóloga sanmarquina de origen checo y 62 años de edad, Ruth Shady denunció a una empresa cervecera de nombrar "Caral " a uno de sus productos sin consultarle.
¿Quien le dio derechos de propiedad sobre Caral a la señora Shady? Parece que no ha sido suficiente el reconocimiento público a su labor de descubrir la ciudadela. Shady desea hacer de Caral una renta que le reditúe de por vida.
Así no es. Los restos arqueológicos le pertenecen a todos los peruanos.
El Instituto Nacional de Cultura debe sancionar ejemplarmente a la doctora Shady. Lo correcto es retirarla de Caral y trasladarla a otra dependencia o encomendarle la investigación de un nuevo sitio arqueológico.