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Sábado 04 de octubre 2008

40 AÑOS DESPUÉS DEL GOLPE DE VELASCO

Era una mañana primaveral cuando, niños entonces, nuestros maestros nos pidieron quedarnos en el patio de recreo. El director tenía algo importante que decir, antes de anunciar unos días de asueto...
Sábado 04 de octubre 2008
40 AÑOS DESPUÉS DEL GOLPE DE VELASCO
Era las 8 de la mañana de un día como hoy hace exactamente cuarenta años. Hacia poco menos de una hora, mi madre me había despertado para enviarme como siempre a la escuela. Cursaba entonces el primer año de primaria. Se aproximaba el final de aquel año de estudios, se avizoraba ya la Navidad y, también, aunque con menos conciencia entonces, las vacaciones de fin de año… El Director, hombre regordete, de mediana estatura y de mirada penetrante y escrutadora, estaba frente a nosotros.   “Tomen distancia”, decía, elevando para esto el tono. “Extiendan el brazo derecho y tomen distancia, todos en fila recta”, repetía con un timbre de voz que traducía algo de nerviosismo. Obedeciendo la orden, el grupo, que se nutría a medida que los alumnos ingresaban al patio central, permitía que el silencio llenase el espacio, creando las condiciones para que el Director, ahora acompañado de algunos profesores que algo murmuraban, se dirigiese solemnemente a su audiencia.   “Van a regresar a sus casas, se suspenden las clases por el día de hoy y durante tres días”, dijo lacónicamente. “Niños, están sucediendo en el país acontecimientos que muchos de ustedes aun no pueden comprender, pero que un día entenderán”, añadió con aire de preocupación. “Solo quiero que sepan que no es la primera vez que esto sucede, espero que esto no se repita en el futuro… ustedes, que ahora son niños y que mañana más tarde serán padres de familia, se encargarán de esto”, fueron sus palabras a título de despedida.   Ni bien acabo de pronunciar su última palabra, todos volteamos la mirada hacia el portón que daba a la calle. No era más de las 8 y 30 de la mañana, teníamos el día, varios días, por delante. Juegos y más juegos, casi nada de deberes, nos esperaban. Raudo deje la escuela, pateando una piedra pequeña que hacia de balón de fútbol, llevando a cuestas mi pesada maleta llena de libros y cuadernos que no había tenido tiempo de abrir aquella primaveral mañana de octubre.   “Han derrocado a Belaúnde”, recuerdo que mi madre decía en voz baja a mi padre, como quien no quiere que alguien escuche lo que otros dicen. “No se que va a pasar, cuánto va a durar esto, es la misma cantaleta de nunca acabar carajo”, expresó, con el entrecejo fruncido, ya enojado mi padre. “Juan no salgas a la calle, no te asomes a la calle, ahora es peligroso”, recuerdo que este me dijo. “Al menos durante unos días, hasta que yo te diga, no salgas”, repitió varias veces… añadiendo para si mismo un “cuánto durará”.   Duro casi 12, doce largos años, hasta el 28 de julio de 1980. Hasta cuando el hombre, que fue depuesto por los militares liderados por Juan Velasco Alvarado aquel 3 de octubre de 1968, asumió nuevamente las riendas del poder en el Perú, al haber sido elegido democráticamente en las elecciones que se llevaron a cabo poco más de dos meses antes. Hasta cuando el hombre de 48 años que ahora soy, venía de cumplir 20 y soñaba, cansado para entonces del imperio de la fuerza, con algo diferente.   Para cuando Fernando Belaúnde, a quien no apoyé con mi voto en las elecciones generales de 1980, asumió por segunda vez la Presidencia de la República, muchas cosas habían sucedido para bien o para mal en el Perú. Juan Velasco Alvarado y todos aquellos, militares y, también, civiles, que lo acompañaron, habían implementado en un régimen dictatorial reformas que transformaron la sociedad peruana. Una sociedad que, desde mi punto de vista, a muchos les costó, como el paso del tiempo mostraría, sudor y lágrimas, entender.     Con toda honestidad, debo de confesar que, poco más de 28 años después de mi primera primavera democrática, yo casi nada tampoco comprendía… Solo quiero decir que aquel 28 de julio de 1980, encontrándome de viaje en Huancayo en compañía de algunos amigos de la universidad, recordé, tal como ahora hago, aquel 3 de octubre, y tomé conciencia al fin que lo más preciado que ese día nuestro país había perdido era la vida en libertad… y que esta forma de vida solo es viable bajo un régimen democrático.   Comprendí en medio de la algarabía ininterrumpida de los días que duró aquella corta estadía en la ciudad natal de mi madre, que si bien se podía, en nombre de la necesidad que algunos llaman histórica, entender, hasta cierto punto, la aplicabilidad de algunas, o incluso muchas, de las medidas, ninguna podía encontrar justificación en el hecho de privar al ser humano de lo más preciado que este posee, la vida en libertad. Ninguna, lo digo sin medias tintas, merecía justificación. Y que si esto así se hacía: dictadura era su nombre.    Juré aquel día que nunca apoyaría -vengan de donde vengan, de la izquierda o la derecha, por más necesarias que parezcan ser- medidas que impliquen la negación de la libertad. De acuerdo estoy en que se transformen las formas de acceder a la propiedad, la manera de educar a nuestros hijos, los modos de participar de los réditos del incremento de la productividad y el crecimiento… en fin que se transforme si se quiere el todo económico y social. Pero nunca como se hizo entonces y, luego algunos lustros después, al precio de nuestra libertad: lo diferente que para mi y mi patria el 28 de julio de 1980 deseaba.    (Lima, 3 de octubre de 2008) 
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