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Jueves 04 de junio 2009

EL CAJERO AUTOMATICO

Una noche de sábado sacando plata de un cajero automático.
Jueves 04 de junio 2009
EL CAJERO AUTOMATICO

Cesar nunca había escuchado de un caso así: que un cajero automático de más dinero que el solicitado era, por decir lo menos, poco común. Contó los billetes de nuevo, no vaya a ser que se hubiese equivocado él; las máquinas eran infalibles. Pero no. El dinero era el doble del que pidió. Sonrió, tomó aire profundamente y se volvió para comentar el incidente con algún otro cliente pero estaba solo frente su silueta reflejada en el vidrio azulado. Levantó la mirada hacia la cámara de vigilancia, agitó la mano libre como saludando a un viejo amigo mientras escondía tras la espalda la que llevaba el inesperado botín regalado. En la calle no había nadie tampoco, se sintió como un pez cautivo en una pecera, o como concursante del Gran Hermano. Así lo ponían esas cabinas de cajero con puerta. Un sonido electrónico le hizo voltear: el recibo salía de la ranura. Lo cogió con la mano libre y lo revisó. ¡Eso sí que era equivocarse! Su saldo era correcto. Entonces, ese dinerito era un obsequio de veras. ¿Cometería la máquina el mismo error dos veces seguidas? Pulsó "SÍ" a la pregunta "¿Quiere realizar otra operación?" y ordenó otro retiro, mayor esta vez. Miró la cámara por sobre el hombro y decidió no prestarle atención.

 

Fue entonces que repiqueteó en el aire un sonido veloz y breve, tan agudo y penetrante que lo obligó a soltar el fajo de billetes y llevarse las manos a las orejas. La pantalla del cajero murió, la máquina misma susumbió como si le hubiesen cortado la electricidad de repente. ¡Y eso tenía que pasarle a él, justamente a él! ¿Se había malogrado el cajero automático? Lo golpeó con la palma de la mano sabiendo que no resolvería nada. Maldijo entre dientes primero y en voz alta después, hablando para sí mismo, y mirando a la cámara después. Señaló el aparato, ¿habrá alguien allí? Miró su reloj: las ocho de la noche. No podría recuperar la tarjeta hasta el lunes y todo el fastidio de tener que ir al banco a presentar la queja y luego esperar a que le den otra nueva, ¿y si se daban cuenta del error del dinero? Bueno, eso no era su culpa, ¿qué querían que hiciera? ¿Que devolviera el dinero por la ranura? Se los devolvía, pues, qué más daba: lo que fácil viene, fácil se va. Pero el lunes. Gritó una maldición que rebotó levemente en las paredes de vidrio y se desvaneció en el vacío. Tendría que ser así, entonces: hasta el lunes. Menos mal que el dinero en efectivo de la equivocación lo iba a mantener esa noche y el domingo. Se iría al cine y a unos tragos a Larco Mar con Concho y el domingo al estadio con su papá, lo invitaba y todo, ¡qué bacán!

 

Se volvió hacia la puerta y, apenas tocó el picaporte plateado, la máquina revivió. Se dio la vuelta y vio como la pantalla se iluminaba y mostraba la pregunta "¿Quiere realizar otra operación?". Pulsó "no", era mejor dejar las cosas como estaban. No debía tentar al destino, Cesar, prudencia era lo que se necesitaba. El cajero no respondió. Parecía estar congelado: Ya se colgó, máquina de mierda. Pulsó "no" otra vez pero nada se movió: Me voy, ya vendré el lunes. Se detuvo con los dedos rascándose la barbilla suavemente, ¿y si se descolgaba cuando él ya no estaba? El siguiente cliente podría vaciar su cuenta como si nada. No podía irse hasta resolver el asunto. Hizo señas a la cámara. Saltó para llamar la atención pero sentía que estaba haciendo el payaso: ¡seguro no hay nadie mirando! Uno se podía morir allí y la seguridad del banco bien gracias ¿Habría un policía por ahí? ¿Y qué le iba a resolver un policía, tontonazo? A ver, piensa piensa piensa, Cesar, piensa.

 

Escuchó entonces que el surtidor de billetes del cajero funcionaba, caramba caramba, ¿más dinero gratis? Vio salir un billete volando por los aires. Qué raro estaba eso. Los cajeros automáticos no lanzan los billetes. Se agachó y lo recogió y fue entonces que la lluvia empezó.

 

 

Cientos, miles de billetes nuevos salían de la máquina y flotaban a su alrededor. Salían con violencia, velocidad, furia. No paraban de salir. Eran millones de soles regados en el piso. La gente que pasaba por la calle parecía no darse cuenta del milagro que se estaba operando en la cabina frente a sus narices. Cesar se paró al lado del chorro de billetes sin saber qué hacer, ¿y si se los llevaba? Iba a necesitar una carretilla. La máquina no dejaba de escupir dinero, tanto que ya habían cubierto el piso por completo y se había acumulado tal cantidad que le llagaba a los tobillos. Decidió guardarse unos cuantos billetitos, ¿qué mal podía hacer? La plata estaba botada y él la necesitaba. Se llenó los bolsillos. Metió varios billetes en su ropa interior. Se abrió la camisa y metió más dinero dentro. Al cabo de un rato se le veía como un muñeco de año nuevo, un Ño Carnavalón, pero millonario. Mientras tanto, la máquina seguía con su locura. Los billetes ya le llegaban a la rodilla. Ya estaba bueno, lo mejor sería irse y que otro se aproveche de la situación. A duras penas movió los pies y llegó a la puerta pero no pudo abrirla: el picaporte no giraba. ¡Y ahora! Y los billetes ya alcanzaban su cintura. Miró a su alrededor, como hacen todos los que tienen un problema entre manos y no tienen la menor idea de lo que van a hacer para solucionarlo. Es como si quisiéramos encontrar la solución mágicamente en el aire, en la cara de alguien o en la pared. ¡En la pared! Estas cabinas tienen un línea de contacto con el banco y para eso ponían el teléfono ese en la pared. Se acercó con el dinero haciéndole cosquillas en la panza y las axilas; levantó el fono. La voz de la señorita lo tranquilizó: ¡había alguien atendiendo el sábado a la ocho de la noche! Qué bueno que está Ud. allí, señorita. ¿Y en qué lo podía ayudar, señor? Resulta que el cajero se ha vuelto loco. Silencio. Señorita, ¿estaba allí todavía? Sí, sí estaba, señor. Quédese en línea que lo transfiero con el departamento técnico. ¡Pero si él no quería hablar con un técnico! La señorita había puesto el jingle del reclame de televisión del banco para que no se aburriera. Cesar suspiró y se dedicó a esperar. Los billetes estaban por su pecho. Otra voz en el teléfono, masculina esta vez, le preguntó en qué podía ayudarlo. Ya con los billetes a la altura del cuello, Cesar explicó una vez más el problema. El joven técnico le pidió que esperara en línea y le puso el jingle del banco. Los billetes ya estaban por su nariz.

 

Cesar intentó colgar pero no veía dónde estaba el aparato. Dejó el fono flotando en billetes y nadó hasta el vidrio que daba a la calle. Alguien tenía que haberse dado cuenta del problema, ¿no? Los billetes le llegaban ya a la frente. Braceó a través del dinero. Pegó la cara al vidrio y vio pasar a la gente sin que nadie hiciera nada. Ni siquiera había curiosos mirando. Todos caminaban pensando en sus propios problemas, mirando al piso, hablando por celular, escuchando música en sus MP3. La presión de los billetes en su espalda se hizo mayor, aplastó su cara contra el vidrio, sintió que la respiración era cada vez más difícil. Levantó un brazo, hizo un puño y golpeó el vidrio con todas sus fuerzas, o mejor dicho, con la fuerza que los billetes le permitían, pero no atrajo la atención de nadie.

 

Mientras tanto, la máquina no paraba de parir billetes.

 

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