El premier que Yehude Simon pudo ser y no fue.
Recién en los días finales de sus ocho meses en el gobierno, Yehude Simon empezó a asomarse como el premier que pudo ser y no fue porque no tuvo la audacia de arriesgarse a ser él mismo y se amoldó al papel que Alan García le asignó: jefe de gabinete descartable para superar el trance de los petroaudios.
Hasta en su última actuación estelar como premier, García le robó el protagonismo pues cuando Simon iba rumbo a San Ramón, para negociar con los Apus, soltó a un ministro a anunciar que el Ejecutivo -o sea, él- ya había decidido la derogatoria de las leyes que ocasionaron la protesta selvática, el descalabro del gobierno y el cambio de gabinete.
Sin embargo, en los últimos días, Simon empezó a mostrarse con capacidad de negociación y enganche que lo diferencia de la actitud arrogante de varios ministros y, por supuesto, del presidente. Es cierto que esto ocurrió cuando el gobierno ya firmaba su capitulación en la selva, pero el cambio de actitud de los interlocutores selváticos fue evidente.
"Es la primera vez que escucho a un funcionario del gobierno, como el primer ministro, que nos llama hermanos porque todo el tiempo nos han visto diferentes, como si fuésemos la última rueda del coche", dijo Lidia Rengifo Lázaro, jefa de los amazónicos en la negociación final.
Hace tres meses, cuando la protesta empezaba, le pregunté a Alberto Pizango, en RPP, qué era lo que, en el fondo, demandaban al gobierno. Su respuesta fue simple y contundente: "Respeto". Pues respeto fue, precisamente, lo que le acabaron imponiendo al presidente García, luego de varios insultos, improperios y spots absurdos, quizá más orientados a la tribuna de los empresarios que llaman "sarnoso" al revoltoso.
Las últimas reacciones del gobierno ya parecen 'tirada de toalla': mandar a alguien con tanto prestigio como el congresista Álvaro Gutiérrez a denunciar un complot contra la democracia peruana, o a Agustín Mantilla a marchar por la Av. Alfonso Ugarte en un desfile "por la democracia y por la paz".
Como vampiro insaciable del poder, el presidente García les chupa la sangre a sus jefes de gabinete hasta exprimirlos, como hizo con Jorge del Castillo y ahora con Yehude Simon, quien se sometió a una subordinación políticamente suicida.
En lugar de poner agenda, se acopló a la comparsa presidencial; en lugar de mostrar su estilo dialogante, se subió al coche bomba de Palacio, y pareció alguien con imagen desdibujada y aferrado al cargo, impidiendo que se beneficiaran políticamente él y, por supuesto, el gobierno aprista. Solo al final empezó a cambiar pero cuando ya era muy tarde. Simon -y no García- es el responsable de todo eso.
Por Augusto Álvarez Rodrich
Fuente: La República