
Veo con profunda simpatía al nuevo Premier. Nos conocemos hace lustros. Siempre he aplaudido su radicalismo apostólico. Por eso, durante mi efímero premierato democratizador planteé se le indultara. Lo visité varias veces en prisión, pero todo eso fracasó, como mi posición para restaurar la Carta de 1979, impedir la reelección e iniciar una política de amnistía e indultos para todos los casos político-sociales o comunes perseguidos con intencionalidad política. Por allí debería comenzar Yehude. Hay que pacificar al Perú y acabar con la obra siniestra de fiscales y jueces trogloditas, de la laya de los que lo condenaron a él sin pruebas y enmascarados.
Necesitábamos de una fisonomía izquierdista con autoridad moral. Nada mejor que un condenado a veinte años. Los demás zurdistas, niños de puños de encaje y caviar, solo son verbalistas. Veo a Yehude, manteniendo distancias, como nuestro Nelson Mandela, que de la cárcel saltó a la jefatura de Estado de Sudáfrica, en 1990. Y había sido condenado a perpetuidad por sabotaje, guerrilla, terrorismo, traición en 1963. Aquí se ha dicho también que no puede ser Presidente del Gobierno un perdonado. Ignoran que Manuel Ulloa fue un indultado por el Gobierno de Morales Bermúdez, en diciembre de 1977, pese ha haber sido condenado -injustamente– por el caso de la desaparición de la página once de un contrato. FBT lo hizo ministro de Economía y Premier. Más tarde fue Presidente del Senado. Pero, claro, como Ulloa era de derecha y rico, tiene para los termocéfalos un estatus privilegiado. Los parlamentarios enclaustrados dentro de una torre de marfil vivimos al margen de la realidad nacional. No captamos que se nos vislumbra como una casta. E ignoran cómo en nuestra patria se está produciendo una revolución social más allá de las izquierdas y más allá de las derechas, la que se expresa en una hartazón por el decrépito Estado peruano y sus instituciones falsificadas. Como lo anunciara Matos Mar en su genial libro de 1982 sobre la crisis del Estado y el desborde de las masas, el Perú informal (de espera del Inkarri, de adoración a los santones no canonizados, del trueque) devorará al Perú formal (de los partidos políticos, de la bancocracia, de las iglesias, etc.).Eso es trascendental porque se ha arquitecturado una Constitución, una hoja de papel, como diría Lassalle, al margen de los factores reales del poder. Que en el Perú de hoy no son ni el ejército ni los partidos, sino las masas iracundas que desfilaron en Arequipa, en Moquegua, en Tacna, en Tarapoto, en Ayacucho, en Cayaltí. Por eso el Perú, ante la hecatombe del imperialismo, debe recurrir a un hombre de la fisonomía de Simon. Ojalá que siga siendo izquierdista y que no caiga en el aburguesamiento “realista”. Para eso no lo queremos. Nos sobran reaccionarios.
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