
Nelson Mandela, símbolo humano de la Sudáfrica que organiza el Mundial de Fútbol
Cuando en la década del sesenta nos paseábamos por París con la imagen de Nelson Mandela en nuestra solapa y firmábamos infinitos petitorios por su libertad, lejos estábamos de imaginar que ese mismo Mandela presidiría su país y sería, en estos días, el símbolo humano de la Sudáfrica que organiza el Mundial de Fútbol. Y nadie mejor que él para llevarnos a sentir que esta competencia –distorsionada por el delirio económico y consumista que la rodea– es, a pesar de eso, uno de los espacios imprescindibles de juego que el animal humano ha desarrollado como rasgo positivo de su especie. Este rasgo, que desaparece en los otros animales adultos, a menos que sean domesticados, se despliega en el mundo humano bajo características diversas. Caillois, sociólogo francés, dividió los juegos en cuatro dimensiones: 'agón’ (competencia), 'alea’ (azar), 'mimicry’ (disfraces, máscaras) e 'ilinx’ (vértigo). Agón es una competencia en la que los que participan son protagonistas, y agonía significa, además de pena, lucha y contienda. Alea es la suerte. Cuando Julio César, después de cruzar el Rubicón, dice “alea jacta est”, anuncia que “la suerte está echada”. Mimicry se refiere a disfraces, máscaras, etcétera, e ilinx significa vértigo y está vinculado a las actividades deportivas riesgosas. El mismo Caillois afirma que para que una actividad sea juego debe ser libre, es decir, elegida por uno; separada: circunscripta en tiempo y espacio; incierta, porque su desenlace no debe conocerse; improductiva, porque no debe producir bienes ni riqueza –lo cual no es norma en el fútbol profesional–, y reglamentada, es decir, sometida a reglas distintas a las leyes ordinarias. En el mundo antiguo fueron célebres los juegos de Olimpia en Grecia, el circo romano y los juegos bizantinos. La civilización actual ha multiplicado esas actividades y en torno a ellas giran miles de millones de euros. El juego suele crear un estado interior distinto en los seres humanos, y hay quienes, intoxicados por ese estado, terminan construyendo una dependencia. Para que el juego sea tal, no debería tener relación con el mundo real exterior al mismo. En el fútbol eso no ocurre y esa actividad, aparentemente separada y sometida a reglas propias, puede terminar –como ya ocurrió– en un principio de guerra entre dos países o en cruentos enfrentamientos entre los partidarios de los equipos participantes. Para que el juego cumpla su cometido, debe ser imprevisible, lo cual, a su vez, puede crear dudas sobre la capacidad técnica de los jugadores. Sé que poco importan estas reflexiones en vísperas de un campeonato mundial de fútbol. Y no importan porque ese campeonato ha logrado crear –no solo entre los jugadores sino también entre los espectadores– un mundo interior distinto. Un mundo que durará poco más de un mes y en el que todos aquellos que trabajamos duramente para sobrevivir estaremos pendientes de las hazañas que realizan 22 millonarios a los que el futuro, al menos económicamente, los tiene sin cuidado.Fuente: Peru21