
El desconcierto de buena parte de los políticos de la escena nacional sobre la mayoría de los asuntos que les competen, refleja, con absoluta crudeza, lo que subyace en el fondo: la impotencia para renovar los partidos, anclados como están en maneras viejas de hacer política y de construir poder, pues no hay que olvidar que los partidos existen con ese objetivo final: diseñar ante la ciudadanía programas y planes que le resulten lo suficientemente atractivos como para que, por medio del voto, los conviertan en alternativa de gobierno (nacional, regional o municipal).Pero los debates en el Congreso en torno a leyes importantes –uno de los termómetros más frecuentes para medir la solidez de los grupos parlamentarios– muestran falencias y debilidades. En la práctica es la amplia nube de desertores y tránsfugas la que decide a la hora del voto, sujeta a la capacidad de negociación u obstrucción del oficialismo, tal como ocurrió en la reciente no elección de una nuevo magistrado para el TC. Los opositores, desilusionados ante la capacidad de gestión de sus bloques, suelen referirse a la capacidad corruptora del poder, sin advertir que la mala opinión de la ciudadanía los abarca.Lo preocupante de la situación es que no se vislumbra una posibilidad de relevos o cambios en lo inmediato. El JNE acaba de dar cuenta de la existencia de 25 partidos de proyección nacional, 16 partidos regionales y dos alianzas políticas, los cuales se encuentran aptos para participar en las próximas elecciones. Pero este es un caso en el que la abundancia no significa fecundidad sino únicamente proliferación. ¿Cuántas de estas organizaciones se han formado para perdurar? Siempre se podrá hacer mención de unas cuantas, pero existe la impresión de que en su mayor parte se trata de maquinarias coyunturales o clubes electorales, concebidos con el objetivo único, inmediato y puntual de ganar una votación.Queda por estudiar la relación entre esta atomización de la política y la prédica antipartidaria que fue predominante durante el decenio autoritario del fujimorismo –que sigue estrenando “partidos” para cada elección– pero tampoco, al parecer, les ha ido mejor a los movimientos sociales ajenos a la política partidaria surgidos estos años, de los cuales llegó a hablarse como de nuevos actores en la sociedad.Es posible que este panorama se haya visto agudizado por la crisis que afectó a ideologías y paradigmas en los años 90, pero lo que puede decirse es que sus manifestaciones individualistas y pragmáticas no han mejorado la política ni han logrado su renovación. La esperanza que queda es que si, como parece, estamos en el fondo del pozo, es dable esperar que la sociedad encuentre fuerzas propias y liderazgos renovados que apuesten por las posibilidades de cambio.Fuente: La República