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Miércoles 08 de julio 2009

EL INVENCIBLE

La historia de un trompo
Miércoles 08 de julio 2009
EL INVENCIBLE

Cuando vi a Beto, Pedro y Jaime, de inmediato supe que me iban a cocinar. Pero ya no había vuelta atrás, sé valiente, sé valiente, me animaba en solitario y apretaba la mano en el bolsillo del pantalón hasta casi dejar de sentir lo que empuñaba con tanta añoranza adelantada.

 

Lo quise desde el momento que su color crudo, ausente de arcos iris inútiles, me embelesó desde el puesto de juguetes del mercado. Mi mamá me jaló de la manga para que le siguiera llevando la canasta rebosante de verduras, pollo, pescado, papas, frutas, pero yo era un zombi hipnotizado por el cono de madera con púa de acero que me vigilaba, prudente pero seguro de su destino. Mi mamá sabía de mi ilusión. Me había escuchado nombrarlo, solapadamente, mezclado con otros comentarios, a la hora de comer, en el carro, en cuanto lugar pudiera. Llevaba a cabo mi plan de propaganda subliminal: si lo escuchan mentar lo suficiente, de repente se les ocurría regalármelo. Suspiró reconociendo la señal, se detuvo a mi lado con las manos cruzadas sosteniendo el monedero. Entre sueños de giros zumbantes y cosquilleos en la palma de la mano escuché su diálogo con el vendedor, el regateo, las risas diseñadas para convencer, los simulacros de no comprar. El vendedor preguntó si necesitaba huaraca, ella me vio soñando con el trompo espejado en los ojos, dijo que sí. Desperté cuando sentí mi mano vibrar electrificada en su energía de huracán enclaustrado.

 

Ahora, Beto sacaba chispas de la vereda frotando la púa de su trompo rojo, el invencible,  para ponerlo "sedita": pa´ carretón con Pedro basta, reía vertiendo estrellas en el dorso de su mano. Pedro sonreía tranquilamente, limpiaba el suyo, azul-amarillo-negro,  con una franela verde. Le rociaba el vaho de su boca y lo brillaba como si fuera una manzana a punto de morder. Jaime era el más tranquilo, menos amenazante, relajado. Apoyado sobre la pared de adobe leproso revoleaba la huaraca enredándola y desenredándola en su dedo, lanzaba su trompo y lo agarraba en el aire; se lo había enviado desde Iquitos su hermano mayor: hecho especialmente, con madera de la zona, duraza,  pa´ partirlo van a tener que usar taladro, se burlaba y miraba los movimientos de todos con desdén, con desgano de mentira.

 

Los tres trompos duplicaban en tamaño al mío pero no me lamentaba, había probado con grandes y no me convencía el peso de la panza exageradamente redonda; la exigencia de esos mastodontes por lanzar con fuerza en lugar de hacerlo con elegancia no me seducía en nada. La vez que mi primo Pepelucho me prestó el suyo, tan rechoncho como los de mis amigos, casi le rompo la canilla cuando el tiro me salió largo y sin gracia, el trompo se revolcó sobre sí mismo con la púa señalando al cielo, rehusándose a bailar. Decidí entonces que el mío sería más pequeño, con menos peso para el juego pero con mayor maniobrabilidad, con mejor adaptación a mi estilo suave, dócil, majestuoso y sin aspavientos improductivos. Supe que me costaría empujar a las moles de mis amigos hasta la cocina pero lo acepté como un reto.

 

Jaime se despegó de la pared llevando pedazos de pintura seca aferrados a su espalda, los manoteó distraído: ya ¿empezamos?, y los otros dos, sí sí sí empezamos empezamos, y Beto ¿a qué jugamos?, y Pedro: ya no te pongas sobrado que después lloras, me lanzó una mirada socarrona, se echó a reír y me habló como si estuviéramos solos: que no me preocupara, flaco, en realidad lo que quería Pedro era partir el trompo rojo de Beto. ¿Al invencible?, que ni lo pensara, Beto lo alzó a contraluz de un cielo a punto de llorar sus habituales lágrimas menudas, para cocinarlo teníamos que nacer de nuevo; y Jaime, ya hay que empezar antes que llueva, como dicen Uds. los li-me-ñi-tos.

 

(Él era de la selva, la garúa de la costa le causaba risa: hacen cosquillas, esta agüita, repetía cada vez que garuaba y añoraba su lluvia tomentosa y sonora, el cielo pintado de nubes cargadas, el verde envolviéndolo todo, los aleteos fugitivos de las aves multicolores, los charcos donde jugar, el río lleno de murmullos ancestrales?)

 

Había que sortear al que se chantaba. Nos miramos confiando en nuestra habilidad, sudando ligeramente, aguantando la respiración. Beto lanzó un escupitajo en la tierra seca y cantó ¡primer!, y Jaime ¡ségun!, y Pedro ¡térce!, yo quedé cuarto sin pelear, tranquilo ( ya llegó la hora? ahora a empezar a sufrir? pero no me vas a dejar mal? ¿no... no me vas a defraudar? tanto te he deseado? no te voy a perder así tan fácil?).

 

Beto se preparó, enroscó su pita ennegrecida por las batallas alrededor de su invencible, acomodó  entre los dedos la chapa de Pilsen aplanada a pedradas y perforada con clavo donde se anudaba el extremo de la huaraca, alzó el brazo amenazador, lo revoleó con sorna, mirándonos con un orgullo desdeñoso bocetado en sus facciones bronceadas.

 

Apuntó con un guiño, tanteando la distancia, tragó aire profundamente y estiró el brazo largo y recto, la mano se abrió, soltó el bólido como si hiciera un pase de mago y la huaraca empezó a desenrollarse con velocidad jubilosa, el zumbido cosquilleando la humedad suspendida en el aire. Podíamos ver como en cámara lenta cada cuadro de la escena, cada centímetro que la pita liberaba desencadenando su energía. (y Beto pensaba?te tengo que salvar? no te irás como el otro? hecho leña? mostrando tus entrañas astilladas? tus lágrimas de aserrín? y la burla de estos apitucados? las risas pegadas a mis orejas rojas de rabia? no los voy a dejar invencible? lo prometo). El invencible se clavó a escasos centímetros del escupitajo, ¡mierda! escuchamos y Beto, pateando el piso y levantando una nube de polvo muerto, dio un par de pasos para recoger su trompo, la decepción enmascarando su rostro y los labios endurecidos apenas moviéndose sin revelar el mensaje, como si la dijera al oído de una enamorada.

 

Jaime, cantando como hablan en la selva, inició el circo de burlas: no era tan invencible ese trompito, ¿no? Pedro: hoy lo partimos en dos, ya verás, se frotaba las manos. Siguieron Jaime y Pedro. Lograron clavarse más cerca de la saliva que Beto y empezaron a burlarse del colero, pero Beto los calló señalándome: falta él, que esperaran un poco. Entonces me preparé, las sonrisas aparecieron, ¿con eso piensas ganar? Beto tenía que defenderse de Pedro pero aprovechaba lo mínimo para bajonear a quien se le pusiera en frente.

 

(Era su estrategia, su forma de poner en práctica el dicho futbolero de la mejor defensa es el ataque, sólo que Beto a veces exageraba y nosotros al ver la cólera gratuita trepar hasta sus cachetes para enrojecerlos, sus puños cerrados pegados a los muslos, lo picábamos más, como en los toros, desde lo alto de nuestro caballo y la lanza de burlas hincando su lomo. Nos inventábamos casi cualquier puya con tal de verle la cara transfigurarse en la mueca graciosa pero triste, la máscara del que no quiere aceptar que la vida lo dio menos de lo él quería, o esperaba).

 

Entonces le desencajé el secreto conocido, sin pensarlo: que ya vería, mejor que no hablara mucho, si no lo acusaba con Francis, y el coro ¡uyuyuyuyuyuyyyyy! eso duele, y Beto, ya tira no más, huevón. Y Jaime, ese cabrito debe ser bravo, ¿no, Beto?, y Pedro, mira las tabas que le ha regalado; y Beto, con fuego en la voz, un bramido ronco: ¡ya cállense!

 

Aprovechando el súbito silencio, lancé con la suavidad que el tamaño de mi trompo solicitaba. El sonido de la huaraca nueva, con una chapa de Coca Cola en el extremo, venció a las risas y aplausos de chacota. Sentí un tirón impaciente, vi el dibujo de un tenso rayo de algodón emerger de mi mano, extendiendo mis dedos (ya vas? ya llegas? más cerca? allí? ni más ni menos? clávalos por incrédulos?), prolongando mi voluntad hasta llevar, cortando el aire, al destellante espolón de acero justo al medio del salivazo, salpicando espuma en señal de triunfo. ¡Así se hace! les enrostré el puño victorioso: ahora el que quedaba chantado era el invencible de Beto, ¿no, no, no?

 

Sísísísí, Pedro aplaudía y Jaime saltaba, ahora veremos su carnecita, Pedro cantaba y bailoteaba como Cantinflas, quitándose el imaginario sombrero, acariciando la gabardina, y Jaime, bailaba y brincaba como Bora sin lanza ni plumas ni pinturas coloridas ni nada pero con la huaraca sobre la cabeza tensa entre las dos manos, rebotando, y Beto, eso está por verse. Agarró su trompo y su huaraca: ¡Al invencible no lo tocan! y se dejó tragar por la puerta de su casa.

 

Nos quedamos con la fiesta en solo las ganas. Nos miramos y Pedro propuso jugar entre nosotros no más pero Jaime ya no estaba de humor: somos muy pocos; y yo suspiré aliviado porque mi trompo viviría otro día, o más. Jaime metió la mano en el bolsillo de la casaca, la sacudió mirándonos con falso aire distraído, la boca abierta a medias y la lengua saboreando el labio superior, luego el inferior, las comisuras, colgándose de los dientes. El cascabeleo de las canicas nos sacó de la desilusión del juego de trompo: ¡tres ñocos! Sí tres ñocos, ¿llamamos a Beto? Nos miramos: ya saldrá solo. ¡Primer! Jaime se me adelantó.
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