
La situación en Honduras continúa en desarrollo, pero lo ya sucedido nos permite hacer un breve balance.
Parece claro que la situación en Tegucigalpa no se planteó en blanco y negro. Tenemos a un presidente constitucional, Manuel Zelaya, que intentó ampliar su espacio de maniobra político más allá de lo que la Constitución y las leyes le permitían. Aparentemente trató de meter de contrabando una consulta que podría ser presentada como un cuasi plebiscito para modificar la Constitución o al menos dejar abierta la puerta para iniciar un proceso destinado a ello. Otros órganos Constitucionales, conspicuamente el Congreso y la Corte Suprema, rechazaron el intento y avalaron su destitución manu militarii.Curiosamente la Constitución no consideraba mecanismos para una destitución institucional del Presidente.
Anteriormente Zelaya había venido desarrollando una creciente cercanía con los Presidentes Bolivarianos de Venezuela, Ecuador, Nicaragua y Cuba. También se decía que habían ingresado al país armas y agitadores, desde Nicaragua, lo que no contribuía a serenar los ánimos ni establecer confianzas. Solo esto podría explicar la falta de realismo político de los que sacaron a Zelaya.
La expulsión de Zelaya, en estos casos siempre poco estética, puso en marcha una serie de reacciones de las cuales las más interesantes parecen ser las siguientes:
1.- Una reunión urgente del Alba. Esta reacción fue definitoria para que Hugo tomara el control inicial de la situación y le permitiera fijar los parámetros en que la crisis se desenvolvería de ahí en más. Instaló dos conceptos básicos: Que se trataba de un cuartelazo militar sin sustento jurídico y que no era aceptable nada que no fuera la reinstalación inmediata e incondicional de Zelaya, dejando fuera toda opción de negociación política. El grupo que incluía la presencia de Raúl Castro y del mismo Hugo no era políticamente capaz de expandirse más allá de ellos mismos, asi es que la antorcha pasó a la Secretaría General de la OEA y Chávez hizo mutis por el foro, limitándose a monitorear desde lejos, proveer apoyo político y logístico al presidente destituido y mover sus hilos con discreción.
2.- La destitución militar de un gobierno constitucional constituye, con razón, el epítome de lo abominable para los gobiernos democráticos de la región, por lo que la reacción no podía sino ser de alarma y rechazo. El Consejo de la OEA adoptó la línea maximalista establecida por los miembros de Alba e instantáneamente liquidó toda opción de negociación. Dado que la OEA no tiene capacidad, institucional ni material, para derrocar a un gobierno que cuenta con el apoyo de las instituciones fundamentales del estado, la misión encomendada a su Secretario General nació muerta.
3.- A esta alturas ya estaban surgiendo voces que llamaba a la cordura, entre ellas la de Canadá y principalmente de la Iglesia Católica de Hunduras. Ambos decían que el problema era más complejo y que la solución pasaba por una negociación que permitiera dejar a Zelaya afuera del gobierno o al menos con fecha precisa y cercana de término de su período. La alternativa era una crisis violenta y eventualmente con sangre.
4.- Luego vino una sucesión de ejercicios mediáticos tendientes a reforzar las posiciones de los diferentes actores. La más notoria, el sobrevuelo del aeropuerto de Tegucigalpa por parte de Zelaya y las manifestaciones que se desarrollaban en los alrededores del mismo. Los Presidentes acompañantes discretamente regresaron a sus casas. Esta fase terminó con el insólito pedido a EE UU, efectuado por Zelaya desde el mismísimo Telesur bolivariano, para que interviniera militarmente en la crisis que sacudía a su país. La argumentación es notable y contradice frontalmente el discurso que se supone motiva a los miembros de Alba: primero, "porque teniendo una fuerza tan grande ... debe tomar acciones". Segundo, "si los EEUU van a convivir con golpistas, se termina la democracia en América". Es decir, ¡EEUU debe intervenir militarmente cuando se atenta contra la democracia en América!.
5.- Los ausentes. Cabe preguntarse , ¿qué pasó con Brasil?. Se suponía que ese país estaba tomando el liderazgo político regional. Parece ser que Lula quedó atrapado en la primera movida de Chávez y su Alba. Se quedó sin espacio político para maniobrar. Obviamente que no se iba a plegar a la movida bolivariana reforzando la iniciativa chavista destinada al fracaso. Tardíamente levantó la voz para destacar la necesidad de reponer a Zelaya. Cristina Fernández en declinación política, representando a una Argentina que hace ya rato abandonó toda pretensión de presencia coherente en la arena internacional se plegó al equipo de Chávez. Uribe no tiene espacio político para jugar papel alguno. México, elecciones de por medio, no tuvo voluntad ni ganas de meterse en un enredo que conoce bien y que sabe que no es nada breve ni simple y que para colmo tenía el liderazgo ya copado y un rumbo pre determinado.
6.- La situación de hoy, pese a que no gusta a nadie y averguenza a casi todos, es la tradicional en América Latina. Los problemas se arreglan en Washington, y no en el edificio de la OEA sino en la Casa Blanca. Ambos bandos pugnan por ganarse el favor de Hillary Clinton y "salir en la foto" con ella. Barack Obama sigue trabajando en los asuntos que le importan y esta crisis lo obliga a ejercer el poder que tiene, que siempre ha tenido y que sabe que sigue teniendo, para poner en orden los asuntos en la región. El prematuro cierre de las opciones de negociación llevó el problema hasta su oficina. Sin duda una solución negociada en la OEA hubiera sido mucho más funcional para la política que está tratando de poner en marcha en la región. EEUU está siendo obligado a intervenir y posiblemente esta vez lo haga con la sutileza y sensibilidad que Bush nunca tuvo y sobre todo, creando una apariencia de democracia internacional que nadie se había preocupado de cultivar. No es real, pero se ve bien.
Se perdió una oportunidad: que la OEA, bajo la conducción de Insulza, hubiera negociado políticamente para encontrar una solución realista y aceptable para ambos bandos. El Secretario General tiene los contactos, la personalidad y los atributos para ello, pero no le dieron el espacio y él no pudo hacércelo. Una pena, coincidiendo con las preferencias de Obama, la OEA hubiera salido fuertemente potenciada y habríamos avanzado hacia mecanismos regionales más autónomos y eficaces.