
Al igual que muchos de vosotros, puedo contar mi vida en Mundiales, además de en años. La historia de mi vida pasa como una película en el contexto de las citas mundialistas: a mis doce años llorando con aquel gol de falta de Yugoslavia contra España en Italia 90. A los quince años cuando un amigo y yo renunciamos a una cita con dos chicas francesas porque ni de broma íbamos a perdernos el España Italia del 94; Alcanzar la mayoría de edad con Francia dominando el panorama futbolístico y venciendo en la final a un Ronaldo lesionado; Mis primeros pasos en el periodismo deportivo en Corea y Japón, narrando el robo de Al-Ghandour habiendo dormido un par de horas; El Mundial de Alemania que viví entero en Croacia mientras aprovechaba una beca laboral.
Pero también he visto el gol de Pelé que no fue en el 70, y los que si fueron. También disfruté con la selección Holandesa del 74, también me indigné con la Italia de los 30 o el partido de Argentina ante Perú en el 78. Me puse en pie ante la dignidad de Sindelar, aluciné con Eusebio en el 66, fui testigo del gol de Zarra, me rendí a la magia de Maradona.
Y nací en el 79. Pero si algo tienen los Mundiales, es profundizar en eso tan abstracto y desconocido como es la memoria histórica y la memoria colectiva. El punto donde esta memoria se funde con la pasión, con el deporte y el espectáculo. El punto donde compartiremos nuestras alegrías, nuestras penas, nuestros gustos y fobias. Disfrutemos de ello, y que la FIFA no nos lo estropee.
Fuente: notasdefutbol