Culmino una gira de dos semanas por Corea del Sur y Japón, país éste último al que retorné luego de 25 años. Como en el poema El Viaje de Javier Heraud, siento que vuelvo lentamente y que cada pueblo visto en el camino tenía abiertas sus puertas para mí. Ello no sólo alude a la generosa hospitalidad de coreanos y japoneses, cuyo esmero de atención, beneplácito y afecto al visitante es proverbial en el mundo. Se refiere también al vasto campo de observación y análisis que nos ofrecen dos de las más grandes economías del mundo, sus perspectivas de saneamiento frente a la crisis financiera internacional, los vaivenes políticos internos y externos que las acosan, así como sus respuestas basadas en esa cultura de orden y disciplina tan ajena a las naciones de nuestro hemisferio. Por supuesto, el conjunto de tales enunciados nos permite un balance con aspiraciones de rigurosa objetividad. Los primero es que la tensión bélica entre las Corea del norte y el sur, si bien poseen la evidencia de una cincuentenaria discordia ideológica, ha sido últimamente sobredimensionada sin menoscabo del quiebre de importantes acuerdos y logros llamados a fomentar una convivencia armoniosa en la zona. Tanto en Seúl como en la misma área desmilitarizada de Panmunjom – bajo el control de la ONU y donde ningún circuito de turistas ha sido cancelado hasta la fecha – no resulta perceptible ese clima de guerra inminente dibujado por los medios de prensa. Siendo largo de explicar, sólo expreso la sensación que las bravuconadas del régimen de Pyongyang sirven como pretexto para reacomodar el tablero regional del sudeste asiático donde Estados Unidos juega un papel de gran trascendencia. ¿Y qué trascendencia! El flamante primer ministro japonés Naoto Kan cortó de un plumazo el debate sobre la base naval norteamericana en Okinawa – uno de los motivos de la caída de Yukio Hatoyama – prometiendo respetar su presencia en dicha prefectura y calificando las relaciones nipo-estadounidenses como “piedra angular” para la paz y el desarrollo del globo. Nada menos. Y en cuanto al Perú, enorgullece que Corea y Japón lo miren con buenos ojos para – a través de los acuerdos económicos estratégicos – saltar notablemente de los esquemas de cooperación al de las inversiones más intensas. Pero ahora nos recuerda también la vergüenza y el papelón que nos hizo pasar el gobierno de Alejandro Toledo enfriando, innecesariamente, las relaciones con Tokio por el caso Fujimori. En un futuro no muy lejano, todos los compatriotas apreciarán mejor los lazos que estamos construyendo con estos dos grandes.