
Acoso vialColumna Agenda Política16 de junio de 2010Expreso
Llego a Lima y encuentro como uno de los temas centrales de polémica las peripecias del Metropolitano en su etapa de prueba. Como todo recién bajado de un avión – y sabiendo que algunos no le perdonan a los periodistas las comparaciones que hace con otros países más desarrollados a los cuales visita – la juzgo exagerada, rajona e injusta para con el comando edil que la promovió. Difícil empezar una argumentación bajo el fuego cruzado de tantas sandeces e innecesarias rasgadas de vestiduras. Escuchamos decir que el nuevo sistema de transporte urbano capitalino es “difícil” y “poco asequible” al común de los ciudadanos. ¿Qué oferta damos entonces? ¿Más combis a las que los pasajeros trepen al vuelo y se zangoloteen en el trayecto? ¿Mantenemos esa nerviosa costumbre de los limeños y limeñas de subir a una camioneta rural convocados por un cobrador gritón que – de paso – manosea a las señoras, señoritas y adolescentes cuando ponen pie en el estribo? La cultura vial de los limeños – a la larga de todos los peruanos – no puede ni debe edificarse mediante concesiones a la audacia informal de lo que hoy vivimos diariamente en las calles. Respetar veredas, calzadas, circuitos de intersección y finalmente un servicio organizado de transporte, determina nuestro salto irreversible al orden, la modernidad y la sana convivencia con el estándar internacional. Luego oigo la queja sobre la falta de promoción del trayecto, las estaciones y conexiones del Metropolitano. Es verdad que la Comuna limeña debe estimular una campaña menos propagandística y más educativa sobre este servicio. Pero ello no esconde la servidumbre ciudadana al plato servido con poco esfuerzo personal para adecuarse a lo novedoso. Tratándose de un eje público cotidiano del cual nadie se exonera a toda hora del día, nuestro deber es capacitarnos y capacitar a nuestra familia en torno al mismo. Pero lo fundamental es que, de manera aún sombría, Lima inaugure un provechoso sistema de transporte público masivo. Debemos valorarlo sin los subterfugios típicos de la mezquindad limeña. A pocos nos narran cuentos sobre el particular porque vivimos el acoso a los alcaldes Luis Bedoya Reyes (a quien se le imputó construir la Vía Expresa del Paseo de la República para favorecer a los grandes abogados que necesitaban trasladarse desde San Isidro y Miraflores a la sede del Palacio de Justicia) y Alberto Andrade (acusado de criminal por algunas curvas pronunciadas de la vía expresa Javier Prado). Pura necedad. Los críticos ahora circulan cómodamente por ambas vías expresas.