
Coqui había decidido salir muy temprano para aprovechar la soledad de las horas jóvenes del día. El sol aún no se colgaba de la bóveda de vaporosos algodones, ni su rubia cabellera resplandecía, ni la escasa humedad que vive en los médanos buscaba las alturas convertida en humeante vapor. Las alucinaciones creadas por los charcos en la carretera lentamente se desperezaban desatando su mundo de verdades efímeras, esos ardides visuales que ponen delante nuestro lo que no existe como si fuera auténtico. El asfalto seccionaba el desierto, penetraba en el brumoso horizonte y de algún lugar inesperado emergían azules las lagunillas de agua, trastocando el lugar del cielo, las nubes, las aves, la realidad.
Son espejismos, le había revelado su papá cuando era niño. A la derecha, a solo unos metros, Coqui veía la espuma de la ondulante resaca y la orilla saciando su sed incansable. A la izquierda el recalcitrante arenal; los cerros de viento, el inicio de la cordillera. Eran sus magníficos compañeros de viaje. El ruido de su motor, parejo, aceitado, nuevo, rompía el recato del aire matinal. De pronto, de la nada, sin anunciarse en el retrovisor, un auto de lunas oscuras y cuerpo de plata se materializó. Creyó que lo iba a rebasar pero no aceleraba, más bien equiparaba su velocidad. Coqui intentó adelantarse, pero el plateado lo imitó colocándose en paralelo otra vez, corriendo inmutable sobre el carril que debían usar los automóviles que venían en sentido contrario. Coqui redujo la velocidad. El otro duplicó la maniobra. Alternando su mirada entre la carretera y el misterioso automóvil plateado, Coqui se preguntaba qué era lo que pretendía el chofer de ese otro vehículo. A contraluz, desdibujado por lo oscuro de las lunas del auto plateado, Coqui pudo distinguir un incierto perfil. No podría señalar con certeza si se trataba de un hombre o de una mujer. Le pareció ver un cigarrillo emergiendo del lugar donde debía estar la boca de la silueta. Un espiral de humo caracoleaba.
En eso, veloz, reluciente, un flash le guiñó desde el costado del perfil ¿lentes? ¿aretes? Sucedió rápidamente, fue un gesto casi imperceptible: un haz de luz que se pierde al segundo, sin dejar rastro, sin reaparecer. Conjeturó un movimiento de cabeza, un giro tal vez, un intento por mirarlo, por decir algo sin hablar, sólo con una seña. No entendía qué pretendía el conductor del auto plateado, mirando la luna oscura se encogió de hombros, arqueó los labios hacia abajo, levantó las cejas. El motor del otro rugió, más fuerte que el suyo, con un bramido seco, contínuo pero corto, seguido de una pausa leve, repitiéndose varias veces, una tras otra. Era evidente que el chofer del auto plateado pisaba el acelerador con algún propósito ¿de comunicación? El rugido del motor hería sus orejas, las invadía, las inundaba de estrépito ¿era un mensaje?¿una invitación? El plateado inició un movimiento, adelantando al auto de Coqui por uno o dos metros, pero deteniéndose y regresando a su posición en paralelo. ¿Una carrera?, ¿quería una carrera? Coqui mantenía las manos firmes en el volante, la mirada fija ahora en la carretera, atento al otro auto con el rabillo del ojo. El plateado repitió su desafío un par de veces más.
A Coqui no le gustaban las carreras, no era corredor. No quiero correr ¿quién será este loco?, ¿se irá si no le hago caso? Decidió ignorarlo, pero el auto seguía allí. ¿Y si aceptaba? ¿Y si entraba al juego? Nunca había hecho una carrera. Ni siquiera en bicicleta. Soy muy miedoso, muy apacible, nunca me arriesgo en deportes peligrosos donde no tengo un control aceptable de las circunstancias. A Coqui le gustaba el ajedrez y los juegos de computadora donde, sentado frente a una pantalla empuñando el joystick no había peligro de lesiones. Se dio cuenta entonces que sus manos resbalaban por la circunferencia del volante. ¿Una carrera? Su corazón se había trasladado a sus sienes, y quería salirse de su cuerpo atravesando la piel. Le entraron unas ganas de dejar atrás por fin a ese loco, llevárselo de cola hasta Lima, mostrarle las placas traseras de su auto nuevo, Racer, que lea esa palabra centelleando en la parte posterior, que vea quién es el mejor para que no ande desafiando a la gente por ahí.
Su pulso subía, la adrenalina lo invadía, se convertía en su consejera y Coqui iba a decidir lo que el conductor del auto plateado sabía que iba a elegir mucho antes que él mismo se diera cuenta que lo estaba haciendo, antes que se diera la largada de esta carrera sin premio, sin podio de ganadores, sin ramos de flores ni fotos junto a rubias modelos, sonrientes, recibiendo jubilosos la lluvia de champagne después de la explosión del corcho volando por los aires, festejando el triunfo. Iba a decidir intentar hacer suyo el dudoso orgullo de haber ganado una carrera ilusa entre dos autos sin números, sin auspiciadores, sin equipo técnico, sin pits, sin espectadores. Una carrera que estaba pactada sin que Coqui supiera, sin que imaginara, que ya había aceptado antes de comparase un auto nuevo y viajase solo por la carretera, antes que se le cruzara por la cabeza hacer honor, sin quererlo o tal vez queriéndolo sin saberlo, al premonitorio nombre del modelo de su auto nuevo: Racer: corredor.
Resolvió entonces ganar la carrera, llegar al máximo de la velocidad que daba su Racer y luego superarla, avasallar a su adversario, dejarlo atrás, hecho un punto insignificante en el retrovisor, respirando las emanaciones de su escape. Decidió salirse de la normalidad, de la seguridad, salirse de su apacible sitio, cómodo en su silla, jugando juegos de computadoras, jugando partidas de ajedrez con sus amigos del parque de Miraflores, como en la universidad, como en el colegio , como toda su vida, aburrido de ser sereno y apacible y predecible. Era su oportunidad, se le presentaba justo cuando menos lo esperaba, justo cuando la carretera empezaba a ser un monótono camino asfaltado de tedio. Miró al auto plateado, imaginó al conductor esperando su respuesta, su señal para iniciar el vértigo, para volar sobre la carretera, convertirse en viento, sonido, luz de luces, haz maravilloso, flecha de metal y caucho, atravesar el aire y vivir. Partió sin aviso, aplastó el acelerador, vio como la flecha del panel avanzaba, pasaba los cien, el motor sonaba limpio, ciento cinco, potente, ciento diez, seguía sin chistar, ciento quince, los pistones al máximo, ciento veinte, las llantas sedosas comiendo kilómetros. El volante firme dirigía al Racer a la gloria, sin quejarse ni por un segundo, majestuoso, un rey de la autopista, todo un Highway Star como la canción de los Deep Purple. Pero el otro automóvil seguía allí pegado al lado de Coqui, tampoco parecía inmutarse, iba también firme y sereno. Al otro lado de las lunas oscuras, la silueta seguía echando humo de cigarrillo, ahora hacía argollas en el aire, tomaba el cigarrillo con una mano, el volante con la otra. Fue en ese momento que la luna de la ventanilla del lado derecho de su oponente, la que daba al lado de Coqui, empezó a bajar lentamente, más lentamente de lo normal para lunas eléctricas, despacio bajaba, despacio se revelaba el interior del misterioso automóvil plateado por el que Coqui había iniciado una carrera sin objeto.
Estando a un tercio de su camino, Coqui no podía divisar con claridad lo que había dentro ¿es una mano? La luna bajó otro poco ¿brilla? Bajó más aún, estaba a la mitad de la ventanilla ¿qué es? Y ante sus ojos apareció, tan súbitamente como el automóvil plateado mismo, una pistola automática, con mira láser, igual a las que había visto en el cine. El punto rojo le perforaba el centro de la frente, podía sentirlo moverse solo unos milímetros en su frente mojada ya no por la emoción de la carrera sino por el asombro, el miedo, el terror, la inminencia de un desenlace fatal e inesperado, injusto, indigno. El rayo mismo proveniente de la pistola comunicaba su frente con su agresor, lo podía ver más brillante que el sol mismo, más sereno que la soledad de la carretera, más perfecto que la carrera inútil que habían emprendido. Ya no miraba la autopista, se quedó atrapado por el rayo, la pistola, la mano enguantada en negro, el puño sosteniendo el arma, sosteniendo su vida, pendiendo de una luz roja radiante, ardiente sobre su cabeza, la cabeza que estaba a punto de perder, que se nutría de esa luz, que esperaba el final. Cerró los ojos, cogió el volante mucho más firmemente, duramente aferrado a la argolla forrada en plástico, como si ese timón fuera su única ligazón con la vida, su último punto de contacto y enlace con este mundo, casi dejando sus manos marcadas en él.
Con los ojos aún cerrados, pensando en la vida que se acababa, su esposa, la compañía, su futuro, sus hijos por venir, sus padres, el café de la mañana, las partidas de ajedrez en el parque de Miraflores, así sin saber cómo, tal vez por un impulso, un instinto, algo que no se explicaría en toda su vida, su pie derecho apretó el acelerador más aún, llegando a tocar el piso alfombrado del auto nuevo, pisando tan fuerte que podría haber hecho un agujero, podría haber tocado la carretera, y el auto saltó por los aires, pero no tan rápido como para ganarle la reacción al chofer del auto plateado. Al ver el movimiento brusco, el contrincante movió el dedo índice, el que llevaba pegado al gatillo, lo movió rápidamente, apretó con decisión, con la urgencia de cazar una presa en escape. Coqui no miraba la autopista, miraba la pistola, vio la mano estrujar el gatillo, vio el fogonazo del disparo, vio la bala clarita salir del cañón, vehemente, atrevida, buscando su blanco. Vio humo salir del tubo, vio el tubo del cañón escupir el proyectil, vio el proyectil seguir el camino abierto en el aire por la luz roja. Volteó la cara, esquivándolo, mirando la carretera largo rato, esperando el impacto fatal. Escuchó una sirena ¿una ambulancia? ¿bomberos en la carretera? ¿policía? Vio su velocímetro marcando 150 kilómetros por hora y empezó a disminuir la velocidad mirando por el espejo retrovisor. Divisó un policía en moto, la circulina rotaba con autoridad, pintaba el camino de rojo y azul. Recordó el auto plateado, volteó y no lo vio, miró otra vez por el espejo y sólo vio al policía que se acercaba, miró por los espejos laterales y no vio a nadie. Nada. Ni rastro del auto plateado. Llegando a casa, estacionó el auto en la cochera. Su esposa salió a darle la bienvenida, habían sido solo dos días de viaje pero lo había extrañado. Bajó, la abrazó y besó en los labios, traía una expresión cansada pero satisfecha de haber llegado sano y salvo. Su esposa se apartó de él y señaló algo sobre el capó del auto, algo más bien sobre el parabrisas. Preguntó qué era eso, qué había pasado. Coqui se acercó, ¿dónde, dónde dices, mujer? ¿qué cosa? no ha pasado nada todo bien. Pero ahí estaba, muy abajo, al pie del vidrio, casi tocando la unión con el metal del auto: un agujero redondo, anillado de negro.