
Si se tiene en cuenta el alborotado clima social y las magras cifras de popularidad del régimen, el Mensaje a la Nación que en una semana leerá el presidente García es probablemente el más importante de su segundo gobierno (el del próximo año será un mero formalismo, porque ya estaremos en plena efervescencia electoral y con el mandatario convertido en "pato cojo").
Ojalá entonces que el 28 de julio, García aproveche la ocasión para intentar un reenganche con la ciudadanía. Con un discurso corto, además. Porque, como todo expositor sabe, a los 45 minutos empieza a decaer la atención del auditorio. Y usar dos horas o más es ciertamente un exceso, más aún cuando se bombardea incesantemente con cifras y porcentajes. Decimos esto porque al cabo de casi tres décadas de escuchar discursos de Fiestas Patrias ?los de Belaunde, García, Fujimori, Toledo y García de nuevo? podemos afirmar que esa parte se convierte en un anticlímax que suele producir el efecto contrario al deseado. En vez de concitar atención, provoca tedio.
Por esta razón, opinamos que en el mensaje del próximo martes, en vez de recitar la usual lista de lavandería, el mandatario debe hacer pedagogía. Aprovechar su capacidad oratoria y de síntesis para hacerle entender a los peruanos que la única manera eficaz de solucionar, por lo menos parcialmente, las demandas sociales acumuladas por décadas es mantener con firmeza un modelo económico que ya ha probado sus bondades en otros países en vías de desarrollo y está dando aquí sus primeros frutos. Si este rumbo se mantiene, millones de peruanos podrán salir en los próximos años del atraso y la marginación. De lo contrario, si se escuchan los cantos de sirena de los pobretólogos profesionales, lo único que habrá para repartir es miseria.
El mensaje del 28, pues, es una oportunidad que no debe ser desperdiciada para estar en onda de nuevo con el ciudadano de a pie. Ese al que, seamos francos, todos los discursos sobre grado de inversión, aumento del PBI y demás jerga técnica le suena a "tema de blancos" y hasta a broma de mal gusto. Más cuando existe una innegable crispación. Debe usarse, por lo tanto, un lenguaje más accesible para las mayorías, impacientes y propensas a escuchar los cantos de sirena de aquellos que quieren un cambio en el modelo, lo cual por cierto sería desastroso. Es la ocasión propicia de oxigenar la gestión del Gobierno y recuperar la sintonía evidentemente perdida.
Fuente: La Razón