
Me acongoja en verdad la desaparición física de Carlos Monsiváis, a quien traté una sola vez en Managua, Nicaragua, hasta donde viajamos con Enrique Zileri y Mónica Vecco (entonces periodista de La República) para participar en el seminario “Rol de los medios de comunicación en los procesos de transición y consolidación democrática en América Latina”, el mes de septiembre de 1994. Monsiváis tuvo a su cargo la clausura del evento a través de una exposición magistral que respondía a la pregunta: “¿Cómo seremos los periodistas en el siglo XXI?”. Atribuyéndose “el defecto capital de la obediencia”, el colega y escritor mexicano proyectó al auditorio lo que para mí – desde ese momento – es una vivisección anticipada de las actuales miserias de nuestro oficio, la profecía más clara del triunfo de los ególatras atormentados, poco cultos e inmediatistas que hoy atosigan las salas periodísticas de muchos países latinoamericanos. “Han sustituido el periodismo de viejo estilo – dijo – gozosamente improvisado y noctámbulo por un periodismo carente de impulso literario. Seco, a fuerza de estar distanciado del poderío idiomático. Reiterativo, con un instinto narrativo en declinación”. “Y vislumbraron en sus lamentaciones, a pie de los cadáveres de Cervantes y Quevedo, un año 2000 entregado al laconismo de un idioma de 300 palabras básicas sin referencias clásicas que no habrían de captar la mayoría de sus lectores; sometido a la prosa de boletín, humilde y humillado ante el despliegue de las imágenes…Esos periodistas creían a tal punto en la debilidad de la palabra que procuraban crecientemente sustituir con fotos, dibujos y diagramas de las computadoras su penuria descriptiva. Y avizoraban un porvenir regido por la iconósfera, el triunfo de las imágenes y la retirada de los verbal”. Añadió Monsiváis: “El video ocupó sus pensamientos con tal vehemencia que el cuarto de edición resultó la zona sagrada que sustituyó a la sala de redacción…convirtieron (a la informática) en religión y transformaron a las computadoras en cubículo confesionario, diván psiquiátrico, altar de los alborozos y las quejas”. Ironizó también sobre la confianza otorgada por la sociedad a “una generación de reporteros ansiosos de la visibilidad que otorga el entusiasmo de la opinión pública”, cuyas denuncias crecían y se acumulaban como pirámides, pero sin el castigo social esperado. “Se editaban libros que alcanzaban el cielo de las cuatro ediciones y el sistema seguía intacto…Ser acusado resultó, en la privacía, otro signo de vitalidad. El espectáculo eclipsó la moral pública. Mejor dicho, la moral pública se convirtió estrictamente en espectáculo”. Extrañaremos a Monsi.