
La operación revelada el martes por las autoridades estadounidenses es una historia de gabardinas anónimas que intercambian documentos secretos en una vieja estación de tren; habla de personas de aspecto corriente que cultivan hortensias por la mañana e informan al Kremlin por la noche; trata de periódicos olvidados en parques con mensajes cifrados, de entregas de dinero... Es una historia de espías entre EEUU y Rusia de las de antes, de aquellas que parecían sobrevivir ya sólo en las películas. A medio camino entre un reducto de la guerra fría y una novela de John Le Carré, el FBI desvelaba el martes la detención de 10 espías rusos en Nueva York, Boston y Arlington, culminando años de seguimientos novelescos a una célula, supuestamente del Servicio de Inteligencia Exterior Ruso (SVR, el antiguo KGB) que operaba en Estados Unidos desde los tiempos de Bill Clinton. Todos los rincones de esta historia rozan el surrealismo. Apenas 48 horas antes de las detenciones, el presidente Barack Obama comía animosamente hamburguesas con su homólogo ruso, Dmitri Medvédev, en Washington, en una visita que pretendía ser la fotografía de las buenas relaciones diplomáticas que viven ambos países, tras el relevo del ex presidente George W. Bush. Así, mientras Obama mordisqueaba sonriente su pedazo de carne vacuna junto a su colega, era conocedor de que éste tenía agentes sin autorización en sus fronteras, como reconoció el portavoz presidencial Rober Gibss. Cosas de la flema diplomática...
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