
Hoy a la medianoche vence el plazo legal para que las diferentes organizaciones políticas del país inscriban ante el Jurado Nacional de Elecciones las candidaturas a los cargos regionales y municipales. Según la Oficina Nacional de Procesos Electorales, el próximo 03 de octubre debemos elegir 25 presidentes regionales, 228 consejeros regionales, 195 alcaldes provinciales, 1,717 regidores provinciales, 1,639 alcaldes distritales y 8,655 regidores distritales. Son un total de12 mil 459 autoridades entre presidentes, consejeros regionales, alcaldes y regidores distritales y provinciales que deberán surgir de estos comicios. Sin embargo, se calcula que serán aproximadamente 120 mil personas que participarán de los mismos. Hay quienes llaman a esto una “fiesta democrática” por el colorido que le ponen los promotores de las candidaturas, los cuales llegan hasta los centros de inscripción del JNE desplegando una parafernalia entusiasta y musical. La singularidad y el ingenio caracterizan estos actos, mientras que la prensa – no podía ser de otra manera – da cuenta de los más llamativos. Sin duda, es la parte amable de todo proceso eleccionario. Pero el ángulo perverso lo constituye esta feria de rostros, símbolos, programas y promesas que – lejos de abrir una reflexión seria en torno a las principales urgencias de nuestras localidades comunales – terminan confundiendo a los ciudadanos. ¿Qué pretensión suprema activa la voluntad de tantos compatriotas en pos de un cargo electivo? ¿Sólo la vocación de servicio, el empeño de llevar adelante una idea o proyecto sobre cómo mejorar nuestras ciudades? ¿Alguna voz de la historia que los señala como predestinados a liderar las grandes transformaciones del Perú milenario?¿El acceso a una estructura de poder que hace rentable su existencia? Lamentablemente, se detecta una mezcla de todo esto. Los resortes de la vanidad están engrasados a tal extremo que se pierde el mínimo sentido común en jurisdicciones donde compiten – como el caso de Lima metropolitana – hasta diez aspirantes a la alcaldía. ¿Es posible que, más allá de acreditar una presencia partidaria y sin la comprobación del afecto popular, seis o siete de ellos crean en su triunfo? La atomización del espectro político peruano ya llega a ser atroz. El tema se complica aún más en las localidades del interior del país y han quedado en el recuerdo las verdaderas disputas de cuatro o cinco candidatos representantes de igual número de partidos sólidos. Desde la izquierda hacia la derecha, todos sabíamos quién era quién, algo muy difícil de detectar ahora con una legislación tan permisiva para la eclosión de candidaturas. De la fiesta democrática hemos pasado a la simple fanfarria electoral.