
El Santuario Nacional de Huayllay - Bosque de Piedras, es una maravilla natural, que reúne en su interior misterios, enigmas y toda la magia de las vivencias del hombre andino junto a los recuerdos de una civilización perdida.
Enclavadas en la Sierra Central del Perú, en el distrito de Huayllay, de la Provincia de Pasco y región Pasco, se extienden por más de 6,815 hectáreas, innumerables formaciones pétreas de origen volcánico erosionadas por el viento y la lluvia, rodeadas de fascinantes lagunas, flora y fauna andina, que se resisten al paso del tiempo. De regreso al Bosque… En el mes de Junio del año 2007 después de una agitada vida universitaria y el inicio de una nueva etapa en mi vida regrese después de 7 años al lugar que me recibió con tanto cariño, regrese a Huayllay. Sin lugar a duda mi racionalidad había cegado mi herencia andina. Un viejo amigo llamo a mi puerta y dijo: Vamos a Japurin, ingresaremos por la cabeza del Inca y atravesaremos el centro del Bosque, hoy es un buen día. Sin más que dos frascos de agua, un par de naranjas, dos tarros de leche y una botellita de aguardiente empezamos la caminata… Eran cerca las diez de la mañana y ya salíamos de Huayllay subiendo por las faldas del cerro Pumacancha en donde a lo alto se halla la cabeza del Inca, lugar que si lo vemos desde lejos (del otro extremo) se asemeja a un Inca durmiendo en la pampa. Ya en lo alto seguíamos en dirección al centro del Bosque, revisando la brújula para orientarnos en la dirección exacta. Marcos, mi amigo, de tramo en tramo en los huecos de los cerros dejaba caramelos y algunos dulces, aquí los cerros son hembras y machos les gusta lo dulce me decía, pero mi realidad y escepticismo no le creían. A medio camino tuvimos que cambiar de dirección ya que la ruta era muy accidentada y decidimos rodear y buscar una entrada al bosque por la zona de Huaychao. Pasaron muchas horas y ya casi habíamos agotado el agua, nos encontrábamos trepando los cerros hasta encontrarnos ya casi cerca de Japurin tan solo nos separaba un cerro más. …el ascenso era suave, sintiéndome en lo alto, confundiéndome con el espacio; ráfagas de parajes lejanos cruzaban mi mente a la par que una fuerza suave y cálida recorría mi espíritu. Como una vela que se apaga así terminó el día para nosotros mientras la oscuridad nos aprisionaba en medio del Bosque de Piedras, a lo lejos en la pampa divisamos una choza y decidimos bajar para quedarnos a dormir y seguir el recorrido al día siguiente, para nuestra sorpresa por el camino seguido no había facilidades para bajar y la oscuridad cada vez más y más era dueña del lugar. Decidimos salir del Bosque en dirección de Canchacucho y regresar a Huayllay. …caminando a tientas con solo una linterna de compañía y nuestras fuerzas que se agotaban ingresábamos a la parte más espesa… silencio, silencio, en medio de tanta soledad alguien nos seguía sus pisadas eran como de felino sigilosos y cautelosos pero ¿quién? o ¿qué? Nuestros pasos eran lentos y una sensación de desesperación invadía nuestro cuerpo hasta que no pudimos seguir más. La desesperación se apoderaba de cada esperanza de salir con bien a la par que el frio intenso carcomía cada rincón de nuestros huesos hay que regresar y salir por el medio de los cerros, coincidimos, no muy lejos de ahí una luz se apagaba y prendía como si alguien nos llamara, pero esta luz era extraña, era de color azul, se iba y venia, al acercarnos encontramos una cueva no muy profunda y decidimos entrar, hay que descansar y agradecer al Taita Jirca, casi sin fuerzas bebimos un poco de aguardiente, entonces recordé siempre has de ofrecerle el primer sorbo al abuelo ya que el te cuidará, me decía mi abuela; poco a poco recordaba mi esencia. Bebimos todo el contenido de los tarros de leche y poco a poco regresaban nuestras fuerzas y salimos de la cueva en una parte algo escondida pudimos notar pinturas rupestres muestras de una civilización ya perdida, caminamos largo rato cuando ya era muy de noche y con las fuerzas repuestas llegamos a los límites del Bosque de piedras, en el caserío de Andacancha a buscar una salida. En las diferentes rutas señaladas en el bosque, podemos encontrar evidencia de los primeros hombres andinos, en cuevas donde se pueden apreciar pinturas con diferentes representaciones. Encontrar la salida en medio de la espesura de la noche y nuestra linterna que cada vez bajaba su potencia, nos asustaba. ¿Cómo saldremos? me gritaba Marcos, casi podía sentir su temor de quedarse encerrado toda la noche en medio del frio, de esas sombras y al borde del abismo que nos separaba del “Bosque de Piedras” con la civilización, la única salida posible hasta entonces. Hay que buscar una cueva, abrigarnos y esperar a que amanezca, insistía él. No, no pienso quedarme, no esperaré a que amanezca, no quiero dejar mi vida aquí, le grite. En esos instantes sentía como si de todas partes unos ojos me miraban, puedo asegurar que casi percibía su risa maligna. Mama Quilla que estaba apresada por las nubes, logró escapar y nos brindó su luz. Encontramos un camino algo empinado y decidimos bajar por ahí, saltando, agarrándonos del ichu y de las piedras, bajamos. Marcos iba primero, se notaba que estaba desesperado por salir; escuche como una piedra caía y su sonido se perdía en la profundidad, ¡Alto! ¡Quédate ahí! es un abismo, escuche, logré divisarlo entre las sombras se encontraba casi colgando sujetado fuertemente de la paja que sobresalía entre las piedras. Volvimos a subir, buscamos otra salida y entonces nos dimos cuenta que el lugar por donde estábamos bajando era la ruta de un pequeño riachuelo que caía por ese abismo formando una pequeña catarata, que por la temporada de verano seguía seco. El ascenso fue muy difícil pues era sombrío y empinado, subíamos lentamente tratando de no resbalar y no mirar hacia abajo; el pánico se apoderó de mi cuando inesperadamente mi mano derecha cedía ante el cansancio y al peso de mi cuerpo, por instinto diría yo, pude sujetarme desesperadamente con la mano izquierda ante un sobresaliente manojo de paja, fue brusco el movimiento que hizo que mi espalda chocara contra la pared de piedra, un sudor frio caía de mi frente y mi única esperanza de no caer iba cediendo poco a poco. Mi mente quedo vacilante mientras yo colgaba sujetado de un solo brazo rodeado de soledad, mi luz de esperanza se perdía entre las nubes dejándome en silencio sintiendo una vez más la mirada fría de unos ojos que podían encontrarse en todas partes y una risa como señal de triunfo se perdía en el horizonte. No entendía el ¿por qué? en medio de tanta desesperación una tranquilidad se apoderaba de mi cuerpo y una paz inundaba mi corazón, una fuerza inexplicable llenaba mi ser mientras mis ojos quedaban fijos mirando la cima del cerro que estaba de camino a la cabeza del inca, una visión incomprensible, a gran velocidad el cerro se acercaba y se alejaba de mi; esa fuerza me dio el impulso, el valor de reaccionar ante la inminente caída, con los dedos casi adormecidos por el esfuerzo y el frio pude llegar a la cima. Fue una experiencia que aún no entendía, ¿Recuerdas, cuando quedé al borde del abismo? El cerro me brindó su energía y me ayudo a subir. Esa fue su forma de hacernos saber que nos protegía, mencionó mi amigo, ¿De qué? o ¿De quién? Replique sin salir de mi asombro, ¿Acaso no lo sientes? el lugar donde estamos parados, este cerro negro, no quiere dejarnos salir, pero hemos vencido los wamanis y la pachamama te protegen y a mí también, insistía, mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa. …entonces entendí que nos encontramos en el Kay Pacha, aquí también existen seres malos y seres buenos. Era la media noche cuando en un extremo divisamos un camino que nos conduciría hacia la salida de los límites del “Bosque de Piedras”, el viento soplaba fuerte y pude sentir nuevamente esa risa exaltada de furia mientras que en la espesura de la noche comenzaba a nevar, era sin duda alguna el cerro negro que nos demostraba una vez más su influencia en nuestro mundo. Era de madrugada, exactamente cerca a las dos de la mañana cuando llegamos a Huayllay empapados de sudor con una capa blanca de nieve que el frio había congelado sobre nosotros. …esta es mi aventura, la que devolvió mi esencia, ocurrió en Junio del 2007. Ese día no llegamos a Japurin pero volvimos a intentarlo, esa amigos, es otra historia…Colaboración: xCibor