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Martes 04 de agosto 2009

A MI PADRE YSIDRO HUANACUNE SANCHEZ

A mi padre, quien murió un día como hoy hace 26 años, luego de ser brutalmente atropellado por un automovil cuyo chofer cobardemente se dio a la fuga...
Martes 04 de agosto 2009
A MI PADRE YSIDRO HUANACUNE SANCHEZ

YSIDRO HUANACUNE SANCHEZ

 

Pocos minutos faltan para que se cumplan 26 años desde que un automóvil golpeó salvajemente a mi padre, atropellándolo lo lanzó brutalmente por los aires, haciendo que cayese pesadamente sobre el pavimento, causándole heridas de necesidad mortal. Sucedió, de acuerdo a lo que me contaron, a eso de las 7 y media de la noche del jueves 4 de agosto de 1983.      

 

El lugar exacto, la décima cuadra de la Avenida De la Marina, en el límite de los distritos de San Miguel y Pueblo Libre. A muy pocos pasos del sitio donde se encuentra ahora localizado un puente peatonal. Muy cerca, para quienes no tienen idea del lugar y necesitan referencias, de los colegios nacionales Bartolomé Herrera y Andrés Bello.

 

Veintiséis años, ni más ni menos, han pasado desde que este hombre de 77 años, nacido en el distrito de Ilabaya de la provincia tacneña de Tarata, padre de doce hijos, dejó de existir, dejando un gran vacío en la vida de todos aquellos que lo queríamos, queremos, y que hoy, a pesar del tiempo transcurrido desde aquel aciago día, añoramos su presencia.

 

Aunque importe relativamente poco ya y para ser sincero esto no ocupó mucho de nuestro tiempo más allá de los primeros días luego del accidente, nada se sabe y, de seguro, se sabrá sobre la persona que conducía el automóvil que se convirtió en sus manos en un instrumento letal. El conductor, de sexo masculino, no pudo con su miedo y cual Caín tratando de ocultarse de toda justicia huyó, huye aun, cargando sobre si el peso de aquella muerte.            

           

Mi padre, me relató ya más tranquila días después una de mis hermanas, se desangró durante más de veinte minutos echado boca arriba sobre el frio pavimento esa noche de agosto. Al lado de ese cuerpo que yacía tembloroso se encontraba mi madre, quien apresuradamente se había desplazado al lugar y gritaba desesperadamente solicitando ayuda. Levantaba los brazos, luego se cogía la cabeza, se cubría el rostro y lloraba al ver a mi padre, me contaron.                   

 

"Nadie Francisco se atrevió a detenerse; ni siquiera frenaban por compasión ante la desgracia, ante ese pobre ser que medía fuerzas en una lucha desigual con la muerte, nadie; así es la gente", me dijo un amigo quien apenado trató de consolarme días después cuando yo indagaba sobre los pormenores del accidente. "Nadie, ¡vaya vergüenza! atinó a ayudar a tu padre, no quiero apenarte, pero así fue", añadió.                       

 

Nadie, hasta que un comerciante del mercado que entonces existía para el lado de Pueblo Libre, uno que vendía pollos, Lucho, al ver lo que sucedía, en su camioneta lo cargó y llevó al hospital más cercano. El Santa Rosa en Pueblo Libre. "El trayecto, me contó meses después mi madre, parecía largo e interminable". Además seguro también insufrible, al ver que mi padre, como me relataron, echado en la parte trasera de la camioneta que improvizaba de ambulancia, se quejaba de dolor.                 

                                   

No lo recibieron en el Santa Rosa. Se negaron. Mi madre -me cuenta quien entonces era mi cuñada, Ana María Vargas- reclamó, imploró, en fin. Nada pudo hacer, más pudo la frialdad de las enfermeras y de los médicos de turno quienes le "aconsejaron" llevarlo a otro lugar. "Vayan al Hospital Loayza, ahí lo van a atender, aquí no podemos hacer nada por él"; y raudo felizmente Lucho, este buen hombre, partió con el cuerpo casi exánime de mi padre en dirección al Hospital Loayza.                        

 

Cuando finalmente me enteré a eso de las 9 con 5 minutos de la noche de lo que había sucedido, ya mi padre se encontraba en mano de los galenos en el Servicio de Emergencia de este hospital. En buenas manos, pero camino inevitablemente a la trascendencia. Ellos, poco o nada podían hacer por ese cuerpo del hombre que era mi padre. Este, al caer  sobre el pavimento se había dañado terriblemente el cráneo. A mi padre, con su arremetida aquel automóvil lo había condenado a muerte.

 

Esta finalmente llegó. Tan solo 10 minutos después que, corriendo desde el local central del APRA ubicado en la avenida Alfonso Ugarte, pude dar con él en el Hospital Loayza. Bueno casi, pues no pude entrar a verlo. Hubiese dado cualquier cosa por ello, los médicos no permitían ingresar al lugar a más de una persona. Esto le correspondía a mi madre, quien ante el hecho irreparable salió compungida para anunciar la muerte de Ysidro.

                       

El silencio siguió, luego llantos, incluso gritos, miradas perdidas, abrazos trémulos, palabras a medias, sollozos, sombras de familiares que caminaban en todas direcciones, más llantos ante lo irreparable... Poco o nada recuerdo de toda esa espiral de dolor salvo la imagen de mi madre, cuya cabeza se recostaba temblorosa sobre el pecho de un amigo y compañero de años, Santiago Barreda. El resto para mí fue silencio y absoluta soledad. El hombre que me había engendrado cuando tenía 53 había partido. Para siempre.

 

Durante años, ¡no!, durante todo el tiempo transcurrido desde su trágica partida, siempre he lamentado -lamento- no haberme podido despedir como hubiese querido de él aquella tarde que constituyó la antesala de su muerte. Como me duele no haberle expresado más ternura, algo más propio de un hijo que decía, aunque generalmente tan solo para sus adentros, que lo amaba. Eran, cuando lo vi por última vez, las dos y cuarto de la tarde, volteé y simplemente -recuerdo- me alejé de él sin saber que Ysidro se alejaba de mí para siempre. De haberlo sabido...

 

Hoy, a 26 años del día de su muerte, quiero decirle que su presencia se mantiene viva en mí, siempre dinámica y que más de una vez, no solo en sueños, lo he visto avanzar exactamente vestido como lo vi aquella tarde por última vez. Con su pantalón raido, con su camisa manga larga blanca que en la ocasión llevaba remangada, con su pullover y su sombrero negro, muy viejo este. Quiero decirle que lo extraño y espero algún día encontrarme con él y poder así abrazarlo como me hubiese gustado hacerlo aquella tarde del 4 de agosto de 1983.

 

Tu hijo:

 

Francisco

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COMENTARIOS
1 comentarios
Muy emotivo y nos lleva a todos a reflexionar y ha apreciar HOY a nuestros padres y seres queridos, el cariño y atencion a ellos lo tenemos como algo tan obvio que todos caemos en el error de no expresarlo en su momento que deberia ser cada dia. Una buena leccion de vida que debemos aprender. Saludos.Patricia
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