
Con claro fustán popular y cristiano (mejor dicho, con militante faldón anti Alex Kouri), algunos medios han destacado alborozadamente la última encuesta de la Universidad Católica en la cual la candidata a la alcaldía de Lima Lourdes Flores “saca” una ventaja de 15 puntos porcentuales a su competidor más cercano, el ex presidente de la región Callao. Cierto, el mayoritario respaldo ciudadano a Lourdes existe pero ya estaba registrado con igual porcentaje en el anterior sondeo de la PUC de mayo-junio. El mismo revelaba que Flores Nano alcanzaba el 38 por ciento de la simpatía popular, mientras que Kouri tenía el 23 por ciento. En la última encuesta ambos bajan un punto pero se mantiene la misma diferencia. Entonces, desde la óptica de este survey, no es correcto decir que Flores Nano “saca” ventaja; sólo la conserva. Sin embargo, nos parece levemente extraño que la muestra de la PUC siempre conceda tres o dos puntos más a Lourdes respecto a las que logran otras dos firmas encuestadoras importantes. En el bimestre pasado, Ipsos Apoyo le dio a Flores Nano 35 por ciento y a Kouri 24 por ciento; similar al resultado del sondeo de CPI. Es decir, las dos coincidían en que la ventaja de la pepecista era de 11 por ciento. Y ayer CPI dio a conocer su encuesta de julio y allí se revela que la diferencia entre los dos aspirantes es de 13 por ciento. La PUC puede aludir el consabido margen de error de 5 por ciento pero – luego de los ataques de José Barba de Cambio Radical contra Fernando Tuesta, máximo responsable del sondeo de la universidad promovida por Riva Agüero – cabe imaginar un tufillo tendencioso que la haga a Flores Nano dueña de una ventaja con número redondo y contundente: 15 por ciento. Y esta mera especulación nos recuerda que las campañas políticas son guerras de percepciones. Cuando se infla a un candidato (a) sólo se busca volver irreversible el respaldo al mismo (a) y que los electores concurran a las urnas, cual barras bravas, a convalidar ese triunfo. Votar a ganador concede un status emocional indescifrable. Así mismo, se detecta que Kouri viene perdiendo esta guerra por sus propios errores de campaña, secundados por la eventual eficacia estratégica de Flores. La dicotomía decencia-corrupción pudo haberse diluido si Kouri hacía más sonoro su golpe de pecho en el tema del peaje de Faucett – que afectó a chalacos, limeños y peruanos en conjunto – y hubiera tomado el mango de la sartén de la agenda electoral. Se le observa arrinconado y sobrereactivo. Por supuesto de aquí a octubre, la guerra de las percepciones todavía puede cambiar algunas tendencias.