El 16 de julio de 1950, Brasil y Uruguay disputaron la final en Maracaná. La ‘canarinha’ solo necesitaba un empate para ganar una Copa del Mundo que se definía por una liguilla. El segundo lugar de esta, Uruguay, tenía que ganar como sea para llevarse el título.
El ambiente en Brasil era optimista. “Los jugadores brasileños (..) recibieron en la víspera, relojes de oro que al dorso decían: Para los campeones del mundo. Las primeras páginas de los diarios se habían impreso por anticipado, ya estaba armado el inmenso carruaje de carnaval que iba a encabezar los festejos, ya se había vendido medio millón de camisetas con grandes letreros que celebraban la victoria inevitable”, cuenta Eduardo Galeano en su libro El fútbol a Sol y a Sombra.
Sin embargo Uruguay ganó con un asombroso 2-1. Los brasileños se adelantaron con tanto de Friaça, pero los charrúas empataron con un tanto de Juan Alberto Schiaffino y lograron el triunfo, y el título, con un remate cruzado de Alcides Ghiggia.
El golpe fue tal que Jules Rimet, presidente de la FIFA se vio obligado a entregar la copa casi a escondidas, sin discurso. El discurso que tenía escrito era en homenaje al campeón brasileño.
Sin embargo, el gran perdedor de aquel partido fue el portero de la escuadra vcerdeamarela –acusado para siempre de traer la mala suerte– Galeano relata el drama de Moacir Barbosa de la siguiente manera:
Pasaron los años y Barbosa nunca fue perdonado. En 1993, durante las eliminatorias para el Mundial de Estados Unidos, él quiso dar aliento a los jugadores de la selección brasileña. Fue a visitarlos a la concentración, pero las autoridades le prohibieron la entrada. Por entonces, vivía de favor en casa de una cuñada, sin más ingresos que una jubilación miserable. Barbosa comentó:
—En Brasil, la pena mayor por un crimen es de treinta años de cárcel. Hace 43 años que yo pago por un crimen que no cometí.
Fuente: elcomercio