La primera vez que el mundo escuchó a Katy Perry fue con la canción I kissed a girl en mayo del 2008. Era un éxito abrumador en las emisoras internacionales y todos querían saber más de esta espectacular morena –lo digo solo por el cabello– que se atrevía a desafiar a sus blondas e insípidas competencias.
Ella era completamente distinta a lo que el mercado ofrecía en ese momento. Era fresca, pero no hueca. Sexy, pero no despampanante. Divertida, pero no intrascendente. Controvertida, pero no una reformadora social.
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