
Cherman portando una camiseta con el rostro de su Tupac Amaru postmodernoFoto: Terra
Lo sucedido ayer en la cuadra 4 de la Calle Manuel Tovar de Miraflores, deja mucho que desear. Hace recordar algo que sucedió, según me dijeron, hace unos buenos años en alguno de los países del sur de nuestro continente donde cundió la represión. En una ocasión, allá, a finales de los setenta, alguien que portaba un libro de Groucho Marx se le cruzó a los represores de turno. Cuenta quien me relató aquel episodio que los encargados de la lucha antisubversiva al ver ello no se tomaron la molestia de verificar si el nombre que precedía a la palabra Marx era Groucho o Carlos. En fin… No quiero imaginar, no imaginen, lo que luego sucedió... Pues bien, como dije, lo que ha sucedido en esa calle miraflorina deja mucho que desear y, sobre todo, reflexionar, pues al confundir la obra de un artista plástico como es Germán Kino Ganoza, más conocido como “Cherman”, con una bandera del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru, nos deja ver que, en nuestro país, digamos el miedo, por no decir otra cosa, puede llevar a algunos de nuestros conciudadanos -esperemos a tan solo algunos- a dar rienda suelta a su imaginación y a por ende ver “terrorismo” y “terroristas” donde no hay nada más que arte y, muy en particular, aquellos de cuyo mundo interior este ha surgido. Prefiero decir imaginación. Por no decir que es un caso más -no le echemos la culpa a la luminosidad reinante en aquel momento- del tipo de ignorancia supina que hicieron gala aquellos que los precedieron hace alrededor de treinta años... ¡No!, no amigos, no se trataba del MRTA. No era uno de sus miembros que se había ido a vivir por esos lares y con mucho desparpajo había izado la bandera peruana con el rostro del rebelde justiciero y libertario de fines del siglo XVIII. ¡No!, como se ha dicho era una bandera peruana, pero con un rostro de un Tupac Amaru postmoderno. Se entiende, la de un José Gabriel Condorcanqui utilizada para vehicular junto con él frases como “siente orgullo de ser peruano”. Nada más que eso. ¿Se entendió? Espero que sí. Porque de lo contrario van a hacer pensar, de seguir actuando de esa manera, que el rostro de un peruano, de uno de los referentes de lo que es la peruanidad -aquello que define la comunidad de destino que somos en conjunto- se ha perdido para siempre y pertenece a los dominios de lo sempiternamente condenable. No, la imagen, lo genuino que representa Tupac Amaru, le pertenece al Perú en su conjunto, es decir a todos y a cada uno de los peruanos. Así de simple, sin tergiversación alguna. Pensar lo contrario, equivaldría a un crimen de lesa peruanidad. No lo permitamos.¡No!, porque hacerlo, renunciando a esa fuente de la peruanidad, podría legitimar -espero sin querer en la mayoría de los casos, aunque esto no constituya para nada un consuelo- la idea de que al terror se le identifica con un rostro y ese rostro es aquel que se asemeja a la del patriota que fue ajusticiado el 18 de mayo de 1781 en la Plaza Mayor del Cusco por el simple hecho de clamar justicia. Un rostro como el de muchos, tal como sucede en nuestro caso, como el de la gran mayoría de nuestros compatriotas... Por último, al menos se le hubiese evitado pasar un mal, pero mal momento, al buen artista plástico que es “Cherman”... No lo olviden, Tupac Amaru le pertenece a todos los peruanos.