
Estábamos en la Feria internacional del Libro de Lima cuando la voz de flores y miel de mi hija Gaby acompañó al movimiento de su dedito y me sacó del mareo de mirar carteles a izquierda y derecha: Papá, ¡ahí estás tú! ¿Qué?, dijimos en coro, ¿dónde, dónde?, busqué por encima de las cabezas de los visitantes a la feria. ¡Allá!, señaló Cesitar y volteamos los ojos hacia el stand de Ediciones Altazor. Al frente estaban Willy y Harold, editores de ese sello, los saludé y señalé la foto en la esquina: Mismo famoso, ¿ah? Claro, Willy sonrió, barrió las paredes con la mano en el aire señalando las fotografías de todos los autores de Altazor, entre ellas la mía.
Decidí entonces inmortalizar el momento: Willy, Harold, pónganse ahí, les pedí, luego mi esposa sacó una panorámica de los tres. Miré las novedades de la editorial, libros de Carlos Calderón Fajardo, los siete autores latinoamericanos que invitaron a visitar el Perú para lanzar sus novelas, y muchas otras publicaciones. Me sentí como si visitara mi propia tumba, o mejor dicho, mausoleo, con foto de homenaje y todo, faltaban las flores no más. Recordé el cuento “Bienvenido al gremio” incluido en Pura Suerte, mi primer y hasta ahora único libro publicado. El escenario de la historia es precisamente la feria. Como una premonición, escribí: “Se paró junto a los afiches de los grandes: Saramago, Fuentes, Borges y se sintió empequeñecer”. Era pequeño, aun con una foto grande y mi nombre a la vista de los visitantes. Examiné los rostros de los pasantes, seguían de largo acariciando por medio segundo las fotos que adornaban el local, ¿quién es ese que se saca fotos?, estarían pensando, y a lo suyo, a buscar libros interesantes.
Nos despedimos y dimos vueltas por los pasillos repletos, pero en el pecho llevaba una incierta sensación: ¿angustia?, ¿vergüenza?, ¿tristeza?, ¿alegría? Repasamos los libros con rapidez, encontré un par de ofertas muy buenas, las compré. Mi hijo me pidió el Pezweón, ya bueno, a ver cuánto cuesta ese weón. Cuando nos íbamos le pregunté a mi esposa: ¿Me saco una foto con mi cara al fondo? Sus ojos se iluminaron y movió la cabeza afirmativamente: Claro, sácate una. Encontramos el camino hasta Altazor, Willy conversaba con unas personas, Harold había salido por ahí. Me paré junto a mis libros sin vender, debajo de mi foto sin notar, el flash destelló y llamó la atención, ¿otra vez ese pata?, pareció pensar la vendedora del stand vecino, con su media sonrisa y la mirada curiosa. Ahora que veo la foto, con tranquilidad, y que escribo esto, la sensación en el pecho regresa, crece y se achica, viene y va, quiere salir por los poros, los ojos, las manos, la voz, las palabras que le saco al teclado.
Nos despedimos otra vez: Hasta la próxima Feria.
Cesar Klauer blog