
Blanca Varela, envuelta en sombras, atravesó esta ciudad y penetró fugaz -casi sin enterarse- en el más ceremonial de los auditorios de la Maison de l'Amérique Latine, en que la esperaban, congestionados, al menos dos cientos de personas y demasiados honores. Era la primavera de 1999 y dos de sus libros se presentaban en París en versión francesa. Era impresionante el azoramiento de lo mundano, la superlativa sorpresa del vulgo (la hipnótica admiración) ante la desdeñosa del ruido.Porque los fluidos que despide la persona de Blanca Varela no son sino de soberbia, que quizás sea la manera fácil de definir la autosuficiencia (consecuencia imperativa) en un ser que vive para explicarse en lo profundo. Pero de esa exploración severa -¿imparcial?- del Yo y de la vida, ha brotado también la extrema fragilidad de Blanca Varela: su modestia que arropa su elegancia que se traduce en la belleza perturbadora -quizás por perecedera y por eterna- que le vimos aquí y que, vestida de negro, nos iluminó la tarde aquella en esta ciudad dicha de luz.Mario Vargas Llosa, con toda su celebridad a cuestas y abandonando felizmente por ese instante sus obsesiones políticas, llegó desde Londres convocado especialmente por los organizadores franceses del acto para significar con su presencia, claro, la dimensión internacional del reconocimiento que se tributaba a la poeta. Pero antes que el novelista, intervinieron otras personalidades de la cultura, como el crítico argentino Saúl Yurkiévich, quién, entre otras cosas dijo de la peruana que "la poesía de Varela es de un vigor suntuoso, denso y grave vinculado consustancialmente a la carne del cuerpo. Es un ejercicio material -dijo- ni canto ni ensueño evanescentes, es una búsqueda que penetra, es una especie de recitación de la conciencia que fluye. Aceite negro de la conciencia vital. De una sensualidad con frecuencia perversa, la poesía de Blanca Varela no conoce de redención: floración visceral, sangrante, es una epifanía cruel y bárbara. No hay vuelo, no hay pasión, no hay meditación. Más bien, catástrofe en el cielo de la página. Su poesía desnuda, deshereda, desciende, desbarranca, cae. Varela excava en su propia materialidad para mirar el confín de la carne".Vargas Llosa dijo a su turno, quizás mirando el reverso de su espejo, que el hecho de que "a pesar de su alergia, de su resistencia a la publicidad, Blanca sea hoy tan conocida en el mundo de la lengua española, que sea tan frecuentemente convocada a congresos, que sea traducida, que aparezca en todas las antologías, que tantos jóvenes poetas la busquen y la sigan y soliciten su consejo, es para mí extremadamente alentador en relación a los valores de la literatura per se ". Y siguió diciendo: " La poesía de Varela no es fácil, demanda entrega del lector, esfuerzo, pero es una poesía que tiene suficientes elementos atractivos para que el lector haga ese esfuerzo y sea educado por su palabra y sus imágenes, pues supera esta dificultad inicial y encuentra un mundo extremadamente rico y variado, con una mitología que ha sido fabricada desde el comienzo, de poema a poema, hasta configurar un mundo muy sólido y personal. La visión de ese mundo poético no es optimista sino todo lo contrario: es una visión bastante sombría, incluso amarga, pero la elegancia de su forma, la perfección de su palabra, atenúa esa visión negra. Ella pertenece -como André Breton, como Martín Adán, como César Moro- a ese linaje de escritores en que la unidad de la vida, del pensamiento y de la escritura constituye una moral que no hace nunca concesiones".En este marzo de 2001 en que la Fundación Octavio Paz de México acaba de laurear a Blanca Varela con el premio del mismo nombre, otorgado cada cuatro años y que pretende ser el Nobel latinoamericano, recuerdo con emoción unas cuantas cuadras de diálogo privado -y privilegiado- con el Hada Oscura por las inmediaciones de Passy. Hemos hablado, aquella vez, de valses peruanos bajo la garúa parisina, Blanca, y se diría que tienes con ellos una relación de amor contrariada, como también parece ser la mía con ellos. Me has contado que fuiste periodista -como tengo que serlo yo- y también locutora de radio y de televisión en tu juventud "porque había que sobrevivir". Has querido explicarme por qué no pudiste aguantar el llanto y echaste por tierra tu pudor mientras leías, esa noche magna, tu poema Casa de cuervos. Pero yo sabía por qué. Tu hijo había muerto trágicamente hacía poco. A veces, creo, el misterio es alumbrado por todas las linternas. Y lo esencial no es el boato de una ceremonia literaria ni la obtención de un premio consagratorio, pero sí el poema que emerge pujando de entre tanta candileja. Y entonces una sensación serena pero jubilosa atraviesa al reportero de tu gloria parisina.
Blanca Varela publicó: Ese puerto existe (México, 1959); Luz de día (1963), Valses y otras falsas confesiones (1972) y el cuadernillo Canto villano editados en Lima; El libro de barro, Madrid, 1993, traducido al francés: Le livre d'argile, Indigo Editions, París 1998; Ejercicios materiales, Lima, 1993 y traducido al francés: Myriam Solal Editions, París, 1999. Como Dios en la nada, Madrid 1999. El conjunto de su obra ha sido reunido con el título de Canto Villano, Fondo de Cultura Económica, México 1996.
Este artículo fue publicado en la Revista Resonancias bajo el título "Blanca Varela, el hada oscura cuando brilló en la ciudad de la luz". Pueden leer la entrevista en: http://www.resonancias.org/content/read/204/breve-alusion-a-la-poesia-de-julio-heredia-por-hector-loaiza/
www.resonancias.org