
Por Juan Ochoa López
Cuando los peruanos beben licor en exceso, suelen llorar por la mujer que se fue , por lo hijos malagradecidos, por los bolsillos precarios o –en el último de los casos- lloran simplemente por sí mismos.En cambio, cuando lo arequipeños se emborrachan lloran por Arequipa. Por su amado volcán que siempre está ahí, desde el comienzo del mundo. Por su campiña , tierra fragrante de papas y cebollas. Por su cielo azul y por el inolvidable patio con columnas de piedra y de sillar. Los arequipeños lloran por Arequipa, que remedio, y cada quince de agosto, cuando están lejos, sienten un temblor cardiáco, una nostalgia auténtica y, sin necesidad de beber, lloran por su terruño con sincera franqueza lacrimal.Por eso, a la mayoría de peruanos les cae mal los arequipeños. No soportamos, en nuestra congénita mediocridad , ese vasto amor del mistiano a su paisaje esa seguridad para afirmar que Arequipa es la primera ciudad del país, la más hermosa, la más limpia, la más sana. Nos asusta su crecimiento y nos araña su personalidad porque, ingenuamente, confundimos temperamento con soberbia, autoestima con petulancia.Así, nunca alcanzamos a digerir la grandeza de Arequipa. Desconocemos el litoral extenso desde Lomas a Punta de Bombón; sus camarones espectaculares de Ocoña y Camaná, su capital mestiza y única, levantada por hombres que, piedra a piedra, la reconstruyeron de bárbaros terremotos, mientras otros departamentos aguarda que los gobiernos, los ministros y los congresistas de turno les resuelvan sus problemas. Esa es la verdad: Arequipa es autónoma porque es rica en cobre, en mar, en carne y leche, en agua pura, en fauna , en flora, en historia, en turismo y, fundamentalmente Arequipa es rica porque sus hijos la aman con orgullo y pasión.Pero tamaño mérito se nos atraca en la lengua. Mezquinos o mudos a la hora de elogiar el talento ajeno, el tibio ciudadano del Perú jamás gritará a los cuatro vientos que hubo arequipeños ilustres que nos despertaron la peruanidad dormida, como Luna Pizarro, el Dean Valdivia o Víctor Andrés Belaunde, tan urgentes en estos tiempos de tristes asesorías presidenciales. Tampoco reconoceremos que muchos pintores arequipeños enseñaron a pintar a otros peruanos y que varios hijos del Misti nos dieron cátedra en inteligencia, en poesía, en jurisprudencia, en deporte, en ciencia o en el complejo oficio de vivir.Ese derroche de personajes, esa arequipeñidad a prueba de balas y privatizaciones, ese sentimiento telúrico hacia la tierra que los vio nacer es el espejo en el que otros departamentos deprimidos del Perú deben mirarse. Entonces, si todos imitáramos a Arequipa, esta patria sería otra y el peruano, largo tiempo oprimido, aprendería a quejarse menos y actuar más. Y fundamentalmente, aprendería a reconocer el mérito de los otros de la misma manera como, en estas líneas, reconozco y saludo a Arequipa por su día, por todo lo que nos ha dado y por esa noble arequipeñidad, siempre tan a flor de piel