David había entrenado para ese momento desde que era un pequeñito de las divisiones menores. La técnica del tiro libre que él manejaba tan magistralmente no le había resultado fácil de aprender. Se quedaba todos los días después del entrenamiento a practicar y patear y patear hasta la perfección. La pelota hacía una curva brutal. Y ahora el árbitro había abierto la puerta para que David les mostrara a todos de lo que era capaz. La pelota estaba en su sitio. El arquero colocó su barrera. David refunfuñó. Vió al entrenador. Miró a sus compañeros de banca. Cruzó los brazos.