
Siete años después, con otro presidente y con 4.400 bajas en sus filas, EEUU pone fin al ‘avispero’ de la ‘Operación Libertad Iraquí’. “Es un día histórico”, asegura la Casa Blanca. “Hemos cumplido una promesa”, sostiene Obama. Da comienzo la ‘Operación Nuevo Amanecer’.
El 20 de marzo de 2003, tras una primera lluvia de misiles Tomahawk, los tanques estadounidenses que dormitaban desde hacía meses en la zona desmilitarizada de la frontera entre Kuwait e Irak avanzaron poderosos hacia los dominios de Sadam Hussein envueltos en una fuerte tormenta de arena. La Operación Libertad Iraquí, la segunda guerra de Irak, había comenzado. La pasada madrugada, siete años y medio después, esos mismos carros de combate -o quizás otros parecidos- tomaban el camino de vuelta por el mismo desierto que les vió llegar. Algo más sucios y magullados. Pero la guerra ha terminado. Doce días antes de la fecha límite puesta por el Gobierno estadounidense.
“Es un momento histórico”, aseguró el portavoz del Departamento de Estado, P.J. Crowley, quien ha insistido, no obstante, que “se acaba la guerra, pero no el trabajo en Irak”, pues aún permanecerán 56.000 soldados para formar a las fuerzas de seguridad iraquíes. De esta forma, la misión de guerra se transforma en una operación de asesoramiento. Las tropas estadounidenses invadieron Irak en directo, y se han ido de la misma forma, con las luces rojas de las cámaras de la NBC encendidas, en mitad de la noche. Puede que sea el único punto en común de ambas operaciones. Se entró en Irak con un presidente republicano, George W.Bush, y se sale con uno demócrata, Barack Obama. Aquel día de marzo de 2003, los 150.000 soldados estadounidenses acantonados en tierra de nadie se mostraron entusiastas ante el mundo, cuando el ultimátum de Bush a Saddam, “exilio o guerra”, se saldó en sólo hora y media con guerra: “Estabamos ansiosos por entrar en combate”, decían eufóricos por la victoria a las televisiones de todo el mundo. Esperaban una victoria cómoda, fácil, rápida. No en vano, el Ejército de Irak respondió con la timidez de un sparring consciente de su papel, mostrando un destartalado instrumental bélico fruto de años de embargo. Ni respondieron con armas químicas ni con poderosas bombas de destrucción masiva, la acusación esgrimida por George Bush para “trasladar la democracia” a Irak. Ayer, no había euforia por la victoria entre los soldados estadounidenses. Sus caras reflejaban el alivio por volver a casa, por salir de un avispero en el que, durante siete años, relajarse un segundo era asumir un importante riesgo de perecer tras una bomba proveniente de un transeúnte de aspecto inofensivo que paseaba en bicicleta o al explotar ese coche bomba apostado en cualquier esquina. La victoria, si es que la habido, no fue tan fácil como esperaban las tropas que asistieron triunfantes al derrumbe de aquella poderosa estatua de Sadam Hussein...
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