
La patrulla militar, perteneciente a la base contrasubversiva de Pampas Tyacaja, en Huancavelica, iba en persecución del mando de Sendero Luminoso José Quispe Palomino, conocido como Raúl.
En esas circunstancias fueron emboscados y se produjo un enfrentamiento. El saldo, según el ministro de Defensa, Rafael Rey, fue de dos militares (los sargentos Saúl Pérez Aguirre y Ronald Alegría Pacheco) y por lo menos cuatro subversivos muertos. Además, los militares recuperaron armamento y municiones.
Una vez más tomamos conocimiento de miembros de las fuerzas del orden en esa convulsionada zona. Hace unas semanas
supimos del ataque a la base de la DINOES en San José de Secce y hace unos meses de la emboscada en Sanabamba contra una patrulla militar. El resultado fue similar: madres llorando por sus hijos, viudas, huérfanos, banderas sobre ataúdes. La palabra héroes resonando en nuestros oídos mientras nos preguntábamos si a los deudos eso les serviría para algo concreto.
En un contexto de guerra como el que se vive en el VRAE, ciertamente, se suceden bajas de uno y otro lado. Sin embargo, ¿hasta qué punto estas bajas son aceptables? ¿Son indicadores de que las fuerzas armadas y policiales están avanzando en su lucha contra narcotraficantes y subversivos?
Mientras el ministro Rey daba cuenta del ataque a los periodistas que todos los miércoles se suelen apostar a la salida de Palacio de Gobierno, tras la reunión habitual del gabinete con el jefe de Estado, una periodista le soltó una pregunta con tono de indignación. ¿Cuántos muertos más vamos a tener en el VRAE, ministro?, fue la interrogante. Rey respondió que no se trataba de eso y le jaló levemente las orejas a la colega.
Sin duda, en el VRAE se sucederán decenas de muertes de policías y militares hasta que se solucione la terrible problemática que golpea la zona. Esto no sucederá en dos ni en cinco y quizás ni en diez o veinte años. Debido a la enorme cantidad de dinero que maneja, que le da la posibilidad de adquirir armamento sofisticado y comprar conciencias civiles, policiales y militares, el narcotráfico es un hueso mucho más duro de roer que los propios terroristas.
Por su parte, los subversivos han aprendido lecciones del pasado. No se presentan a las poblaciones como enemigos, como hacían en el pasado, sino como amigos que han ido a defender sus causas, entre ellas la libertad para sembrar hoja de coca sin que las autoridades nacionales se atrevan a regular dicha actividad. Juntos son, por lo tanto, una fuerza muy difícil de combatir. Si a eso le sumamos cierta ineptitud y negligencia por parte de las autoridades encargadas, la cosa se complica.
No es serio pedir que no haya más muertos entre policías y militares en el VRAE. No es serio. Esperemos, eso sí, que esas muertes no sean por nada.