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Viernes 28 de noviembre 2008

VOODOO CHILD

Como aprendrí a tocar guitarra como Jimmy Hendrix.
Viernes 28 de noviembre 2008
VOODOO CHILD

 

Mi hijo me retó a un juego de Guitar Hero, al toque acepté y cogí la guitarra de Polvos Azules, me la colgué al cuello y me dispuse a romperla en el escenario de la sala. La música empezó a sacudir los vidrios de las ventanas (como no tengo Home Theater, uso el amplificador del equipo de música y sale un sonido que hace bailar a los vidrios, cortinas, marcos de ventanas, puertas…). Los puntos de colores aparecían en la pantalla muy rápidamente para mis casi artríticos dedos. A veces la achuntaba y salía la nota limpia pero la mayoría de las veces se escuchaba el chirrido de las cuerdas rasgadas acusándome a todo el barrio que había fallado. Decidí entregarle el instrumento plástico a mi hijo que sí puede tocar algunas canciones completas, aunque nunca antes las haya escuchado en su vida.

Mientras él disfrutaba de Slow Ride yo me acordé de cuando quise ser rockero. Seamos francos, todos hemos querido serlo alguna vez ¿o no? ¿Quién no se ha alucinado cantando frente al público bailando a lo Mick Jagger? ¿Quién no ha tomado un periódico o revista, lo ha enrollado y se ha inventado un micrófono inalámbrico? ¿Quién no ha sentido el rugir del estadio lleno en las orejas; sólo para uno? Yo sí. Pero también quería ser rockero de verdad (hasta ahora lo quiero pero ya estoy muy reumático para aprender a tocar guitarra).

Todo empezó cuando una vez pasé por una tienda de instrumentos musicales en la avenida Alfonso Ugarte ¿Qué hacía por esa avenida? No lo sé, pero no importa. La cosa es que allí estaba yo caminando en medio de los bocinazos y aires negros cuando de repente mi cabeza se volvió inexplicablemente hacia un escaparate y mis ojos se posaron sobre una batería de dorados platillos y blancos cueros estirados al máximo. Me convertí en una estatua con la admiración congelada en la boca y el índice suspendido señalando la vitrina. Fue entonces que mis pies me llevaron, sin que yo me opusiera, al interior de la tienda. A un lado, opuesto al mostrador de vidrio, había un largo ventanal lleno de instrumentos musicales iluminados por una luz lechosa que envolvía a las piezas con una especie de bruma mágica, polvo de estrellas, nácar fosforescente. Ordenadas como en un museo varias guitarras de palo mostraban sus curvas. Un teclado erguido sobre delgadas patas cromadas lucía orgulloso su sonrisa de dientes blancos y negros. Relucientes flautas, quenas y zampoñas levitaban sobre el fondo del escaparate. Había charangos, un tambor de cuero de vaca o carnero, panderetas, baquetas, xilófonos, tumbas, maracas, una lustrada quijada de burro. Avancé unos pasos y al fondo, bañada por una luz sacada de un sueño, me encontré con la reina de la tienda: una guitarra eléctrica. Era hermosa. Delgada. Plateada. Con una aplicación de madera debajo de las cuerdas. La palanca de la distorsión descansaba inquieta. Los trastes brillaban con el destello de las marquesinas que anuncian a los héroes del rock. Despedía ese resplandor que enamora y seduce atrayendo cada día más seguidores, haciéndolos esclavos de ese prodigio que es el rock.

Slow Ride había dejado de sonar, en realidad ya no sonaba nada. Mi hijo se había aburrido y se había ido a navegar en Internet a su cuarto. Entonces encendí la radio en Doble Nueve (último y por años único bastión del rock). Para suerte mía justo empezaba Voodoo Child. Cerré los ojos. Estaba en la tienda flotando sobre las notas de Hendrix. Estiré el brazo y atravesé el vidrio del escaparate sin romperlo. Tomé la guitarra del diapasón. Me la colgué al cuello. De pronto tenía una uña en la mano y rasgaba las cuerdas como un maestro. La voz de Jimmy me acompañaba Well, I stand up next to a mountain y las cuerdas se dejaban acariciar por mis dedos and I chop it down with the edge of my hand  y la uña encontraba con facilidad los lugares exactos del punteo cause I´m a voodoo child voodoo child  y el público enloquecía Lord knows I´m a voodoo child  y los aplausos y vivas y hurras y el éxtasis del rock me levantaban en sus brazos.

¿Qué haces? La vocecita de miel y flores de mi hija interrumpió el concierto. Su mano tiraba de una parte de mi camisa que se había salido y colgaba de un lado. Voodoo Child terminaba en la radio sin mi punteo final. Nada, hijita. ¿Por qué tienes la guitarra de Guitar Hero? La voy a guardar. ¿No quieres jugar? Por ahora no, mi princesita. Sus pies pequeñitos se la llevaron saltando por el pasillo.

En la radio, Whole Lotta Love arrancaba como un tren y la voz de Robert Plant manejaba la locomotora. You need coolin´ baby I´m not foolin.´

Cerré los ojos y regresé a la tienda en Alfonso Ugarte tocando Whole Lotta Love y luego Bohemian Rapsody y Born to be Wild y muchas más.

 Nunca compré la guitarra eléctrica porque era muy cara, pero la sensación que me invadió ese día memorable de mi juventud aún perfuma con su musical fragancia el callejón de los recuerdos.

¡Qué bien que han inventado Guitar Hero!

 

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