
El pavo glugluteaba escandalosamente. Su porosa cresta bailaba al ritmo de su cabeza. El moco rojo nos señalaba a cada uno preguntándonos qué hacía allí. Y nosotros nos reíamos de la cara de pavo de Alipio. ¿Cómo se te ocurre? Señalábamos al animal que nos quería picotear las manos, jugábamos con él y seguíamos riéndonos de la ocurrencia de nuestro compañero.
Es que me dijo que en su casa no iba a haber pavito para navidad. El pavo lo escuchó y gluglugluglu empezó a protestar como si hubiera entendido cual era su destino. Trató de escapar pero la cuerda atada a la pata de la carpeta lo retuvo. Trató de volar pero la cuerda lo llamó a nuestro lado otra vez. Entonces me fui al mercado y compré el pavo.
Alipio acariciaba la cresta del nervioso animal que se alejaba de su mano, la picaba, agitaba las alas. ¿Y qué te dijo tu viejo? José Luis silabeó la pregunta que había surgido en la cabeza de todos nosotros. No le he dicho nada, me ha ayudado mi hermano. Alipio parecía avergonzado, pateaba una piedra que apareció de pronto en el embaldosado.
¿Ya te vio, qué te ha dicho? Lucho miraba con sorna a Alipio. Apenas me vio venir por el pasillo se las picó, me acerqué rápido y le dije: Aquí está su pavo, profe, pero el muy desgraciado no me hacía caso. ¿Tú eres huevón? Lo señaló Pancho, Se lo hubieras llevado a su jato. Agitaba las manos. O hubieras traído uno muerto, en su bolsa, solapa no más. Emilio movía la cabeza incrédulo.
El pavo se había quedado en silencio escrutándonos, comprendiendo que era de él de quien hablábamos. Ladeaba la cabeza, abría y cerraba los párpados velozmente, sacudía la cresta. Alipio miraba los cuadros rojos y amarillos del gastado piso con los brazos cruzados. Se mordía el labio inferior por un costado. Un brazo se le desprendió del pecho y la mano rascó su cabeza.
¿Saben la dirección del profe? Nos miramos sin atrevernos a nada, Alipio seguía con los ojos fijos en la piedra. Lucho sabe, Pancho lanzó el dardo envenenado y esperó el balazo que salió de los ojos de Lucho. José Luis volvió la cara y se puso a mirar por el pasillo oteando el patio donde los chicos corrían, jugaban con pelotas de papel, contaban chistes, resistían el sol tibio de diciembre.
¿Y tú no la sabes? Lucho sonreía como un chantajista profesional. Pancho se frotó la nariz y la boca con la palma de la mano izquierda, la derecha hundida en el bolsillo del pantalón plomo. No te pongas así, Luchito, Pancho emparó la mirada del cómplice, Se trata de ayudar a Alipio, ¿no? Lucho suspiró, su corazón recobró el ritmo normal, movió la cabeza de arriba a abajo.
Yo te la doy, palmeó a Alipio en la espalda. José Luis sonreía pensando en el whisky que llevaba en la mochila, ¿No sería mejor tomárselo en el parque a la salida? Con un pavo ya tenía suficiente el profe, no querrá que nadie se entere de los regalitos, él entenderá. Ya bueno, reaccionó por fin Alipio. Emilio empezó a reír tomándose la barriga, aplaudiendo y zapateando con un pie, Me la das a mí también, alcanzamos a escuchar.