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Miércoles 02 de septiembre 2009

HECTOR LAVOE (UNA ANÉCDOTA INÉDITA)

Cuando empezó como cantante con Willy, Héctor no pesaba más de cincuenta kilos con la ayuda de dos piedras en los bolsillos, por tanto una modista colombiana que vivía a la vuelta de su departamento tenía que entallarle sus camisas...
Esta anécdota fue narrada a este escriba por el mismo Héctor. Lo habíamos estado entrevistando justo un día antes de su terrible accidente donde cayó de su suite de un hotel.
Miércoles 02 de septiembre 2009
HECTOR LAVOE (UNA ANÉCDOTA INÉDITA)

Por Manuel Aranibar

 

Cuando empezó como cantante con Willy, Héctor no pesaba más de cincuenta kilos con la ayuda de dos piedras en los bolsillos, por tanto una modista colombiana que vivía a la vuelta de su departamento tenía que entallarle sus camisas.

 

Otro tanto sucedía con sus pantalones, que debían ser entallados por un sastre borrachín a quien debía invitarle un ron mientras se dedicaba a sus labores, pero, además, había también que vigilarlo, porque cuando le daba sed no había cliente que pudiera sacarlo de su barra preferida en un billar de la 110th, donde se reunían los otros sastres de la localidad y además se escuchaba boleros de Tito Rodríguez.

 

Eran las épocas de las vestimentas hippies con pantalones de amplias bastas y camisas con largos solaperos, además de colorinches y flores por todo lado. La moda nuyorican también exigía sombrero con pluma y por lo menos un par de pacos de moño rojo en bolsillo interior del saco.

 

Pero como el sastrecillo era chapado a la antigua no había nada que le diera más rabia que tal indumentaria a la cual consideraba propia de afeminados, por tanto cuando se acercaba alguien para que le confeccione o modifique una vestimenta de ese jaez, normalmente la rechazaba, salvo que el cliente fuera Héctor, ya que este -aparte de ser su paisano- también gustaba de escuchar los boleros de Tito Rodríguez, y cuando se daban sus buenos palos de ron, dejaban todo de lado y se ponían a cantar hasta avanzada la noche.

 

Pues bien, había llegado Héctor a entallar su ropa hippie a las seis de la tarde de un lunes, día que normalmente era de descanso de los artistas, aclarando que cuando decimos descanso, en el caso de Héctor, este se circunscribía tan sólo a sus contratos, porque en lo que respecto al canto y al trago y otras diversiones, el rey de la puntualidad jamás descansaba, a pesar de su juventud, o quizás a causa de ella.

 

Como ya se había hecho costumbre, llegó el flaco con su botella bajo el brazo, pero resulta que no estaba el sastrecillo valiente porque la sed le había dado temprano por la mañana y no lograba calmarla aún así que Héctor ya sabía que el artista de las tijeras y las agujas estaba en el bohemio billar de la 110. Héctor urgido de la ropa que le había encargado y trayendo además algunas vestimentas candidatas al entalle, llegó con toda parsimonia al referido local y encontró al tío sumergido en una hermosa borrachera con balcón a la calle.

 

Otro sastre que se encontraba presente, angurriento y un tanto más lúcido, se acercó a Héctor para ofrecer sus conocimientos y artes y solucionar las urgencias del destacado cantante. El flaco de oro declinó, sabedor de los celos profesionales entre su amigo y los colegas, además era enemigo de ese tipo de enfrentamientos.

 

El sastre rival se adelantó a colocar en la vellonera, como le llaman ellos a la rocola, una moneda donde Tito Rodríguez cantaba con tremendo swing: El que se fue no hace falta Hace falta el que vendrá.? Y aprovechó del mensaje de la letra de la guaracha para seguir insistiendo en la calidad y, sobre todo, la puntualidad de sus servicios. Pero como Héctor no era de esos engreídos o malgeniados artistas que gustan de hacer líos donde la gente los pueda ver lucir sus caprichos y rabietas, sino más bien el flaco era de los que le sacaba partido a las peores desgracias, al verlo en ese estado se emocionó, le mostró la botella de ron y se puso a cantar.

 

Flores negras en tus ojos nos apartan sin piedad Pero el día vendrá para que seas para mi nomás ¡Nomás! El borrachín, creyendo entender un mensaje que no existía, miró a sus colegas y los amenazó con una botella rota. - ¡Nadie nos va a separal, mi pana! ¡Y como yo me entere que alguno de ustedes intente encalgalse de los trajes de Héctol se la va a vel conmigo, porque yo soy el sastre oficial de mi pana Héctol! Todo se solucionó con un abrazo y tremenda borrachera hasta el día siguiente.

 

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