El golpe de Estado que desalojó a José Manuel Zelaya de la presidencia de Honduras ha provocado toda clase de lecturas en América Latina. Más allá de debatir sobre la legalidad y legitimidad de la decisión tomada en ese país, PODER decidió elaborar una serie de reportajes en los países donde tiene presencia para evaluar cuán hondo ha calado el modelo de gobierno chavista, de inocultable influencia cubana.
Lunes 17 de agosto de 2009
HONDURAS
Por Olman Manzano / Tegucigalpa
Un "cambio social" frustrado
Zelaya, un relevante empresario en la década de los ochenta, se vio encandilado por las alianzas políticas propuestas por Hugo Chávez. Historia mínima de una transformación.
Manuel Zelaya, el depuesto presidente hondureño, hizo una apuesta que le salió costosa y cuyas implicaciones se sienten más allá de las fronteras de su país. Se la jugó por una transformación social que lo obligó a enfrentarse a la oligarquía, a la cual él pertenecía, y que no dudó en pasarle factura, a solo siete meses de entregar su mandato.
En su niñez, Zelaya recibió una educación en los colegios Niño Jesús de Praga y Luis Landa, establecimientos públicos a los que asisten tanto hijos de adinerados como de personas humildes, en la población de Atacamas, a 200 kilómetros de la capital, y luego en Tegucigalpa, en el Instituto Salesiano San Miguel, un colegio al que acude la clase media, donde terminó el bachillerato.
Luego estudió Ingeniería Civil en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH), pero abandonó la carrera para dedicarse a actividades agrícolas, ganaderas y forestales, junto a su padre Manuel Zelaya.
Eso lo llevó en la década de 1980 a convertirse en un empresario de éxito, hasta que en 1987 fue miembro directivo del Consejo Hondureño de la Empresa Privada (Cohep) y se convirtió en presidente de la Asociación Nacional de Empresas Transformadoras de la Madera (Anetrama).
Su éxito y el roce con los empresarios lo impulsaron a lanzarse como diputado en 1985, y presidió la Comisión de Recursos Naturales hasta que en 1987 obtuvo un cargo como secretario en la junta directiva del Congreso, lo que elevó su perfil político.
Fue en 1994 y 1998 ministro del Fondo Hondureño de Inversión Social (FHIS), cargo que le sirvió para catapultar su candidatura presidencial, sobre todo después del paso del huracán Mitch en octubre de 1998, cuando ayudó a mejorar la infraestructura afectada por el fenómeno.
Eso le hizo ganar popularidad y fue así como surgió su primer intento para llegar a la presidencia de Honduras. En 1999 organizó el Movimiento Esperanza Liberal, cuyas siglas coinciden con el sobrenombre por el que todo el mundo lo conoce.
Pero en diciembre del 2000 perdió la candidatura de su partido frente al veterano político y a la sazón presidente del Congreso Nacional, Rafael Pineda Ponce, quien fue derrotado en las elecciones presidenciales por Ricardo Maduro Joest, del opositor Partido Nacional, en el 2001.
Con una derrota a cuestas, pero con la certeza de que era acogido por las mayorías, intentó llegar por segunda vez a la silla presidencial y lo logró en el 2005 bajo la estructura del "Poder Ciudadano" y el eslogan "Urge Mel. Viene Mel", ideado por su colaborador y amigo, el periodista Raúl Valladares.
Zelaya se presentó ante el electorado como un hombre de campo, de botas, sombrero, gran mostacho y un lenguaje muy coloquial que gustó a la mayoría. Incluso lo comparaban con el presidente mexicano Vicente Fox. Fue así como derrotó a su contendiente Porfirio Lobo Sosa del Partido Nacional, por un margen de 3%.
Y llegó así a ser el líder de un pequeño país de un poco más de 7,1 millones de habitantes, donde el ingreso per cápita es de US$ 1.200 al año, que apenas alcanza para los alimentos necesarios. Fue el hombre que encendió la chispa de la esperanza en los ojos de los más desposeídos.
El giro de Mel
Identificado al principio de su mandato (2006) como un hombre de centroderecha, que prometía impulsar el Tratado de Libre Comercio de Centroamérica con Estados Unidos, Zelaya comenzó lentamente a dar un inesperado giro.
Ese cambio ideológico tomó a todos por sorpresa, sobre todo por lo que hizo en sus primeros dos años de gobierno. En mayo del 2007 suscribió un tratado comercial con Taiwán, en junio con Panamá y en agosto con Colombia, pero como miembro integrante del triángulo integrado además por Guatemala y El Salvador.
Nadie imaginaba el giro que Zelaya daría, porque Honduras nunca ha mirado a la izquierda. De hecho, en la toma de posesión del cargo ni Chávez ni Fidel Castro estuvieron presentes, pese a que estaban invitados.
La transformación paulatina a mitad de su gobierno, impulsada por cercanos colaboradores, activos izquierdistas en la década de 1980, como Patricia Rodas, Milton Jiménez Puerto y Enrique Flores Lanza, lo llevó a copiar un conocido plan en América Latina, impulsado por Venezuela, para buscar granjearse la simpatía de los más pobres de Honduras (más de 60% de la población) y así intentar mantenerse en el poder o al menos buscar una reelección.
El momento propicio llegó en el 2007, cuando a tientas se plegaba al "socialismo del siglo XXI", y en diciembre de ese año firmó un acuerdo comercial con Petrocaribe, una alianza arropada de un ingrediente comercial que evitaría al país centroamericano sufrir por los altos precios de los combustibles. La oferta era tentadora: 20.000 barriles diarios de carburantes. Honduras se comprometió a adquirir el 100% del búnker para generación eléctrica, 30% del gasoil y 30% de la gasolina que consumía. A cambio, pagaría 60% en efectivo al recibir la entrega y el 40% restante en 23 años, con un interés anual de 1%. Además, Chávez instó a Honduras a abonarle el 40% de su deuda con productos agrícolas, leche y otros alimentos.
El ALBA oscurece
Zelaya le puso la cereza a sus inclinaciones izquierdistas el 25 de agosto de 2008, con la firma del ingreso de Honduras al ALBA (Alternativa Bolivariana para las Américas), una paralela del ALCA (Alianza de Libre Comercio de las Américas) que busca en el fondo expandir las ideas del nuevo socialismo y consolidar en Centroamérica "ya con Nicaragua de aliado" un modelo socialista a la medida de Hugo Chávez. Esa firma sirvió para dividir al país.
La reacción no se hizo esperar. Zelaya tuvo la oposición de la Cámara de Comercio e Industrias de Tegucigalpa (CCIT), la Asociación Nacional de Industriales de Honduras (ANDI), el Consejo Hondureño de la Empresa Privada (Cohep), la Asociación Hondureña de Maquiladores (AHM).
Asimismo, de medios de comunicación como El Heraldo y La Prensa, así como de conocidos analistas y columnistas de opinión como Juan Ramón Martínez, Jorge Yllescas, Raúl Pineda Alvarado y Rafael Pineda Ponce.
A favor del ALBA, en tanto, se manifestaron algunos políticos afines a Zelaya del Partido Liberal, el Partido Unificación Democrática (izquierda), movimientos sindicales como la Confederación Unitaria de Trabajadores (CUT), la central de Trabajadores de Honduras (CTH) y la Federación Unitaria de Trabajadores (FUT). Además, el Consejo Coordinador de Organizaciones Campesinas de Honduras (CCOCOCH).
Pese a todo, el 9 de octubre de 2008 el ALBA recibió la aprobación del Congreso con el voto de 73 diputados de 128. Los nacionalistas, partido de oposición al gobierno, se abstuvieron. Estos últimos, junto a los empresarios, pedían cuentas de las implicaciones del acuerdo y supuestos beneficios que apenas se vieron reflejados en la donación de 50 tractores en este año, el aporte de US$ 132 millones al Banco Nacional de Desarrollo Agrícola (Banadesa) y US$ 32 millones en concepto de crédito a un tipo de interés blando.
Para no quedarse fuera de la fiesta, el presidente venezolano Hugo Chávez, en su primera visita a Honduras el 25 de agosto de 2008, llamó a los opositores del ALBA "ignorantes y vendepatrias".
Previamente, Zelaya proclamó la "instalación de la Tercera República", la vuelta a la "planificación del Estado para favorecer el crecimiento y desarrollo", y el giro social e ideológico de su gobierno hacia la izquierda.
Lo que pintaba solo como un trato comercial abrió la polarización en Honduras y produjo un agrio enfrentamiento entre poderes del Estado. Cuando en el primer trimestre del 2009 se propuso la reforma de la Constitución, lo que supondría el continuismo de Zelaya en el poder, según sus críticos, la brecha entre esos poderes se profundizó.
Papeleta de la discordia
La decisión de realizar una consulta popular dejó a Zelaya sin el apoyo del Congreso Nacional, la Corte Suprema de Justicia, la Iglesia, el Tribunal Supremo Electoral y hasta militares, que dirigidos por el general Romeo Vásquez, a último minuto, decidieron no acompañarlo en el traslado del material electoral. Incluso el ministro de Defensa, Edmundo Orellana Mercado, presentó su renuncia.
Y por el contrario, obedeciendo una sentencia judicial, los militares procedieron a la detención de Zelaya y su posterior exilio a Costa Rica el 28 de junio. Una decisión que ha sido muy criticada por la comunidad internacional, hasta el punto de que ninguno de los países miembros de la Organización de Estados Americanos reconoce al gobierno de Roberto Micheletti. La asonada militar mató un sistema democrático de elecciones presidenciales continuas que se sostuvo durante 27 años.
La íntima relación entre Chávez y Zelaya tuvo un sabor a traición entre la clase dominante hondureña, que siempre miró al gobernante venezolano como enemigo de la democracia y que, con Zelaya, temían ser arrastrados a un sistema totalitario que sería fatal para sus intereses. "El presidente Zelaya estaba llevando el país hacia el chavismo, estaba siguiendo ese modelo que no es aceptado por los hondureños", dijo en su momento el líder del Congreso y actual presidente de facto, Roberto Micheletti.
Si Zelaya hubiera seguido en el poder, "desgraciadamente hubiésemos tenido la mala suerte de caer en un orden anárquico en el país, hubiésemos tenido la obligación de cumplir los mandatos del Presidente y no de la ley", sentenció.
Al margen de esa confrontación, la influencia de Chávez y un reducido grupo de presidentes progresistas, la mayoría de hondureños aún sueñan con un caudillo que los saque de su miseria. Pero no creen que eso se logre a través del colectivismo estatista, que acabe con la separación de poderes y sobre todo que los aísle del paternalismo que ha ejercido Estados Unidos desde que los hondureños tienen uso de razón.
MÉXICO
Por PODER México
Barbas en remojo
Hace dos años una senadora del Partido Acción Nacional, Adriana González, señalaba que el documento Líneas Generales del Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación Venezolana revelaba la intención de intervenir en México para "apoyar movimientos alternativos". Antes se llegó a hablar de "células bolivarianas" que operaban bajo el auspicio del gobierno de Hugo Chávez.
Eduardo Bueno León, especialista en temas de América Latina del departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Iberoamericana, reconoce que hay cierto interés de Venezuela en proyectos sociales dentro de la región latinoamericana. La promoción que se hace a este tipo de ayuda "que se inició en la coyuntura de la bonanza petrolera" viene desde el punto de vista ideológico: "Responde a una lógica de ganar simpatía y apoyar a actores políticos de izquierda, es una bandera de lucha", afirma el experto.
Sostiene que el apoyo venezolano no es generalizado; se concentra en ciertos programas y su financiamiento surge de los precios elevados del petróleo.
La idea del desarrollo de células bolivarianas "considera" es una visión politizada contra el chavismo. Advierte que no hay alguien que haya aportado pruebas sobre apoyos económicos de Venezuela a grupos desestabilizadores o a organizaciones armadas en México.
"No hay pruebas de que exista "el apoyo con recursos" ni siquiera en Colombia, no se pueden acreditar. El gobierno de Venezuela no promueve la lucha armada, sería inviable", afirma.
En todo caso, la aseveración de una política del gobierno venezolano a través de grupos alternativos o movimientos sociales resulta una interpretación arbitraria. "En México se ha abusado del antichavismo, hay un exceso y una especie de paranoia del tipo del macartismo que se dio en Estados Unidos en los años cincuenta".
Asegura que aunque existe cierta simpatía de algunos grupos que militan en partidos políticos -como el PRD- hacia el movimiento bolivariano, la participación de congresistas perredistas en asambleas o reuniones en Venezuela no necesariamente podría traducirse en apoyos económicos para conformar frentes contrarios a las políticas gubernamentales en México.
Subraya que la experiencia venezolana de apoyo social a grupos desaventajados en la región latinoamericana pone en evidencia las limitaciones sociales del neoliberalismo como proyecto de gobierno: "Las autoridades estatales tuvieron que reorganizar sus políticas sociales, ya que el apoyo chavista a este tipo de prácticas suele ser bien recibida por la gente que las necesita".
Pone como ejemplo algunos casos: ante el éxito de la Misión Milagro en México, Felipe Calderón tuvo que lanzar un programa para combatir cataratas en los ancianos. "El apoyo de Venezuela a los ancianos provocó que los estados pusieran atención a los grupos más vulnerables de la sociedad y se diseñaron políticas de emergencia ante la incapacidad de responder de mejor forma a la población que lo necesita", acota.