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Lunes 07 de septiembre 2009

¿POR QUÉ NADIE DETUVO A HITLER... SI ERA POSIBLE?

Investigación de la prestigiosa revista alemana "Der Spiegel", publicada para la conmemoración de los 70 años del inicio de la Segunda Guerra Mundial.
Lunes 07 de septiembre 2009
¿POR QUÉ NADIE DETUVO A HITLER... SI ERA POSIBLE?

La Segunda Mundial empezó hace 70 años cuando Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939. Duraría seis años y cobraría millones de vidas. Pero los aliados perdieron varias oportunidades de detener a Hitler en la etapa previa a la guerra.

 

Por KLAUS WIEGREFE

 

Es el 25 de agosto de 1939 y el departamento oficial de Adolf Hitler en la Cancillería del antiguo Reich en Berlín está decorado con los arreglos florales acostumbrados, los que incluyen magníficos ramos de flores a la entrada del salón de invierno. Pero este viernes Hitler, normalmente admirador de las flores de verano, no tiene interés en éstas.

 

En la frontera germano-polaca, 54 divisiones alemanas, o alrededor de un millón y medio de soldados, están a punto de tomar sus posiciones, y 3.600 vehículos blindados y más de 1.500 aviones están preparados para embarcarse en la operación que se conoce como "Case White", la invasión de Polonia. Todas las fuerzas alemanas tienen que avanzar, es una orden del Führer.

 

Sin embargo, ¿es éste el momento correcto para que Hitler ataque? ¿Cómo reaccionarán París y Londres, aliados de Varsovia? ¿Y cómo se posicionará el dictador italiano aliado de Hitler, Benito Mussolini?

 

"Un artista por naturaleza"

 

Poco antes de almuerzo, uno de los asesores del Führer pregunta a los oficiales cuánto tiempo queda antes que Hitler dé la orden de invadir. Hasta las 3 p.m., responden los generales.

 

Un redoble de tambores en el patio delantero de la Cancillería del Nuevo Reich anuncia la llegada del embajador británico, sir Nevile Henderson. El diplomático ya conoce el camino hacia la oficina de Hitler, ubicada en una sala al costado de la enorme galería de mármol, la que con sus 146 metros es exactamente el doble de aquella en la cual se basó, el famoso Salón de los Espejos del Palacio de Versalles. La grandiosidad previa a la oficina del dictador tiene el propósito de intimidar a los visitantes que acuden a verlo. No obstante, en este día él no está tratando de intimidar a Henderson, sino más bien tentarlo. El Tercer Reich, señala, está preparado para garantizar la existencia del Imperio británico e ir en ayuda de los británicos cada vez que sea necesario. A cambio, Hitler quiere que Londres acepte la invasión a Polonia.

 

Hacia el final de la reunión, el Führer al parecer se pone sentimental y expresa que él es, después de todo, "un artista por naturaleza y no un político". Una vez que se resuelva el problema polaco, asegura, llevará "la vida de un artista".

 

El diplomático sale de la sala poco antes de que Hitler dé la orden de atacar. Son las 3:02 p.m.

 

Tres horas más tarde, llega la noticia desde Londres que Gran Bretaña firmó una alianza militar con Polonia que se había acordado varios meses antes. Un momento después, el embajador italiano entrega una carta de Mussolini, quien expresa en ésta que no está preparado para tomar parte en una guerra.

 

"El Führer está meditando", observa el jefe de propaganda Joseph Goebbels. "Fue un golpe duro para él".

 

Aproximadamente a las 7 p.m., Hitler emite una nueva orden: "Detengan todo de inmediato". Al parecer la guerra se había evitado. Pero Hitler dudaba entre querer invadir Polonia -aun cuando esto significara desatar una guerra mundial- y posponer la campaña.

 

Empieza la invasión

 

El 1 de septiembre de 1939 terminó la indecisión del líder. El Wehrmacht había invadido Polonia al amanecer. Antes de la invasión, miembros de las SS, usando uniformes polacos, habían montado incidentes fronterizos, y mostraron a todo el mundo los cuerpos de reclusos de campos de concentración asesinados como víctimas de la agresión polaca.

 

Poco antes de las 10 a.m. Hitler, simulando ira, anunciaba en forma áspera al Reichstag: "A las 5:45 a.m., estamos ahora devolviendo el fuego". Pero ni siquiera la hora era la correcta. La invasión alemana había empezado una hora antes.

 

Dos días más tarde, la invasión se había convertido en una guerra mundial.

 

Pero ¿es posible que un hombre, sin importar lo poderoso que sea como dictador, incendie el mundo entero? Por algún tiempo, ha habido cada vez más dudas sobre el punto de vista que antes se aceptaba ampliamente, y el consenso hoy es que la situación fue muchísimo más compleja que lo que se creía.

 

Un factor fue la docilidad de las élites conservadoras en las fuerzas armadas, la administración civil y el mundo empresarial. Ellos no compartían el burdo concepto de Hitler de la superioridad racial y muchos tenían miedo a una guerra con las potencias occidentales. Sin embargo, soñaban con adquirir un poder global y tenían la aspiración de crear una Gran Alemania que dominaría, al menos, la Europa del Este.

 

El ferviente apoyo entre la ciudadanía alemana fue otro factor que contribuyó al éxito del Hitler. Lejos de ser un déspota impopular, él era el "portavoz de las masas nacionalistas", según escribe su biógrafo Ian Kershaw, y estaba intoxicado con el entusiasmo que generaba entre los alemanes. El 20 de septiembre, el periodista estadounidense William Shirer escribió, en Berlín: "Aún no he encontrado a ningún alemán, incluso entre aquellos a quienes no les gusta el régimen, que vea algo malo en la destrucción alemana de Polonia". Mientras no haya pérdidas significativas, escribió Shirer, "ésta no será una guerra impopular".

 

Aislado

 

Cuando Hitler llegó a ser Canciller del Reich en 1933, había pasado menos de una generación desde el término de la I Guerra Mundial y, sin embargo, el rol de Alemania en ese conflicto continuaba sin examinarse. Desilusionados por la derrota y resentidos por las cláusulas del Tratado de Versalles, los alemanes anhelaban corregir las injusticias que se percibían. Pronto quedó claro lo frágil que era el orden de posguerra.

 

Dentro de este contexto, los contemporáneos estaban desconcertados por la velocidad increíble con la que el Tercer Reich se libró de las restricciones del Tratado. El 10 de marzo de 1935, el ministro de Aviación Hermann Göring informaba que asumía el mando de una fuerza aérea y menos de una semana más tarde Hitler anunciaba la introducción del servicio militar obligatorio para aumentar el tamaño del Wehrmacht a 550 mil hombres. Ambas acciones eran claras violaciones al Tratado de Versalles, el que había estipulado un amplio desarme de Alemania.

 

Sin embargo, el Reich siguió siendo vulnerable en su frontera occidental, una circunstancia que más tarde llevaría al gran rival del líder nazi, Winston Churchill, a declarar: "Nunca hubo una guerra en toda la historia más fácil de prevenir mediante una acción oportuna" que la II Guerra Mundial.

 

Una cláusula del Tratado de Versalles era pertinente en Alemania occidental y que el ministro de Relaciones Exteriores Gustav Stresemann había aceptado expresamente en 1925. Ésta estipulaba que no tenía que haber tanques, guarniciones o bases aéreas alemanas en el Rhineland y dentro de una zona que se extendía 50 kilómetros al este del río Rin. Esto permitió que el ejército francés ocupara la región del Ruhr, donde el Tercer Reich producía gran parte de su armamento, sin bajas significativas. Esta situación fue intolerable no sólo para los nazis, sino también para casi todos los altos oficiales militares y diplomáticos germanos.

 

El 7 de marzo de 1936, Alemania estaba preparada para cambiar el statu quo. Antes del amanecer, los primeros trenes cargados de artillería de campo y caballos de tiro empezaron a desplazarse hacia la ribera oriental del Rin. Pero Hitler estaba adoptando un enfoque decididamente cauto, al enviar sólo cerca de 30 mil soldados a la zona desmilitarizada y permitir que sólo 3 mil hombres cruzaran el río y avanzaran hacia la frontera. Las órdenes de los soldados eran evitar el combate con los franceses a toda costa y estar preparados en todo momento para retirarse.

 

Los franceses, por su parte, no hicieron nada. Mientras los residentes de las regiones de Rhineland y Saarland vitoreaban a las tropas, el gabinete francés se reunía en París. El pueblo, los partidos y sus colegas políticos estaban todavía traumatizados con la I Guerra Mundial, la que se libró en gran medida en suelo francés.

 

"Yo nunca había tenido que soportar tal temor"

 

Cuando el jefe de gabinete francés Maurice Gamelin manifestó al cuerpo de ministros, con palabras escogidas cuidadosamente, que probablemente un avance francés se encontraría con la mayor resistencia germana, lo que posiblemente conduciría a una guerra, y que Francia no estaba preparada para una campaña ofensiva, los miembros del gabinete asintieron y decidieron dejar la acción siguiente a los británicos. Sólo si ellos se sumaban los franceses asumirían un rol activo, concluyeron.

 

Pero Londres no estaba preparado para cooperar. Si los franceses no estaban dispuestos a emprender una acción, ¿por qué Gran Bretaña tenía que enviar a sus hijos para que arriesgaran su vida?"

 

En ese momento, el servicio de inteligencia galo llegó a un cálculo absurdo de 295 mil tropas alemanas en el Rhineland. Los especialistas habían incluido a miembros de las SS, SA y otras organizaciones nazis en su recuento. Actualmente, sabemos que una sola división habría sido suficiente para expulsar a los soldados de Hitler.

 

"Nunca realmente había tenido que soportar tal temor... Si los franceses hubieran sido verdaderamente serios, habría sido la mayor derrota política para mí", contó Hitler más tarde a un confidente.

 

Un triunfo para el Führer

 

En lugar del fracaso que temía, fue un triunfo para él; y qué triunfo fue. Los alemanes celebraron a su Führer como a un mesías. En unas nuevas elecciones para el Reichstag el 29 de marzo de 1936, las que fueron manipuladas sólo moderadamente, alrededor del 99 por ciento del electorado votó por el Partido Nazi. Incluso Goebbels se sorprendió.

 

El líder nazi siempre se había sentido intoxicado con la adulación de sus partidarios. La ocupación del Rhineland, según escribe Kershaw, "justificaba la arrogancia de Hitler". El 14 de marzo de 1936, el Canciller expresó a una multitud extasiada en Munich: "Voy con la seguridad de un sonámbulo por la senda que me extendió la Providencia".

 

Pronto manifestó a sus generales que había tomado la decisión irrevocable que Alemania tendría que actuar "de 1943-45 no más tarde" para asegurar su Lebensraum ("espacio de vida").

 

Derechos exclusivos "Der Spiegel".

 

Fuente: El Mercurio

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