
Cada día que pasa se siente un poco más la pérdida de poder por parte del premier, Yehude Simon. Es como si su silueta se fuera desvaneciendo, perdiendo consistencia, y la pregunta que nos hacemos no es si la borradura se va a revertir sino cuándo se va a terminar de esfumar. La suma de sus desaciertos es estridente, pero lo que más ha desdibujado su imagen es el contrapunto barroco de contradicciones que marca el tempo de su discurso. Jorge del Castillo no era un paradigma de coherencia pero por lo menos alternaba unos cuantos roles según la ocasión: bombero, traductor, propagandista, agente de marketing. Aunque existiera una tensión entre estas, cada identidad era congruente. Uno sabía a qué atenerse. Así conservó el aura de su poder hasta el día que emergieron los petroaudios. Incluso entonces hubo una movida de gente económicamente influyente para intentar preservar su lugar en el firmamento político peruano, sintiendo que estaban perdiendo a un aliado tranquilizador en un partido y un régimen que, con el agravante de la crisis, les siguen produciendo estremecimientos.
Podría pensarse que la diferencia entrambos es que el chiclayano no es miembro prominente –connotación fálica expresa– del Apra. Si bien esto es parte del reto aceptado por Yehude, es fácil darse cuenta que la ladera de desempoderamiento por la que se está precipitando no es tan solo una cuestión de pertenencia grupal. Se sabía que Del Castillo tenía a sus más enconados opositores en Alfonso Ugarte. Pero más evidente resulta imaginar lo que habría ocurrido si otra persona ajena al ámbito partidario ocupara el cargo. PPK, por ejemplo. O incluso alguien de menor nivel, como el actual ministro de Defensa. Cualquiera de estos personajes habría requerido menos contorsiones humillantes para adaptarse a la prótesis del premierato, la sombra de García. La idea es de Freud: los hombres, decía, somos unos dioses con prótesis, refiriéndose al carácter eminentemente ilusorio de nuestra potencia, basado en la tecnología, pero en donde la maquinaria está vacía, carente de sujeto.
En cambio Simon intenta vanamente hacernos creer que está practicando el “entrismo” trotskista –un caballo de Troya político–, mientras firma un decreto para perseguir la libre asociación y al cabo lo retira. Asegura que va a combatir la corrupción en todos sus extremos y luego cede a la imposición de procuradores apristas, nombra ministra a Nilda Vílchez y fustiga a las ONG que osan criticar al gobierno. Ahora declara en evaluación el resistido proyecto de vender el Pentagonito. ¿Qué desmentirá mañana? No solo su poder se volatiliza: también está dilapidando su prestigio y, acaso como una expiación inconsciente, exhibiendo lo que nos sucede cuando los ideales juveniles no dan paso a los de la edad adulta, es decir que maduran y se insertan en procesos eficientes y genuinos de cambio social, sino cuando sucumben a la sensualidad del poder (la expresión es de Haya). Hay que reconocerle a Alan García el ojo para leerlo antes que muchos ilusos como el suscrito. El gran Georges Brassens cantaba: “Morir por sus ideas está bien, pero de muerte lenta”.
Fuente: www.larepublica.pe