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Miércoles 16 de septiembre 2009

El Perú sigue el modelo chileno

¿Realmente el desarrollo económico peruano viene encaminándose por el mismo rumbo que el que sigue el vecino del sur desde años atrás?
Miércoles 16 de septiembre 2009

Perú EconómicoEdición de Setiembre 2009

Por Carlos Adrianzén CabreraDirector de la Escuela Profesional de Economía de la Universidad de San Martín de Porres En la bipolar Latinoamérica de estos días se repite que, por un lado, habría naciones como Venezuela, Nicaragua, Argentina o Bolivia que aplican el mismo tipo de políticas estatistas que hicieron que la región pierda durante los años ochenta. Mientras que, por otro lado, estarían naciones como el Perú, que según algunos estaría replicando el modelo chileno. ¿Es esto cierto? ¿O es sólo otro mito de ésos que nos encanta repetir? “El modelo chileno es uno solo”PARA NADA. Un punto clave para responder la pregunta implica reconocer que el término modelo chileno (en adelante M-CH) tiene muchas y contrapuestas aserciones. Por ejemplo, para José Piñera –uno de los más destacados economistas chilenos y difusor global de las AFP– el modelo es la consecuencia de una revolución de libre mercado realizada en el período 1975-1989, que una vez madura “ha generado 10 años consecutivos de crecimiento a la espectacular tasa promedio anual de 7.9% (1987-1996) y ha reducido la pobreza a la mitad”. En esta misma dirección, Carlos Alberto Montaner señala que la esencia del M-CH implica la idea de convertir las teorías de los “Chicago Boys” en políticas públicas. “Ellos eliminaron los controles de precios, unificaron los tipos de cambio, redujeron los aranceles aduaneros y el gasto público, permitieron la flotación parcial de la moneda, abrieron el mercado a la competencia externa, privatizaron numerosas empresas e instituciones estatales, y, entre ellas, el sistema de jubilación”, afirma. Acciones que, tendríamos que reconocer, parecen parcialmente calcadas del tan criticado Consenso de Washington.Para Piñera, además de las reformas iniciales, lo que le faltaría hoy al M-CH es realizar la verdadera reforma de la educación. Una que reduciría la desigualdad de ingresos, no expropiando a los más productivos, sino aumentando fuertemente la productividad de los más pobres. Dentro de esta visión, “las políticas públicas que intentan eliminar a los ricos crean inevitablemente un país de pobres, ya que ellas tienen que expropiar los ingresos de los sectores más trabajadores, innovadores y dinámicos y limitar las libertades personales en tal grado que debilitan mortalmente los estímulos claves del crecimiento. La igualdad de ingresos sólo se puede lograr dentro de la pobreza (y el totalitarismo)”.Según esta perspectiva, si algo merece destacarse de la historia del M-CH y sus logros es la forma en que dentro de la sociedad chilena se ha producido un cambio profundo en las ideas y juicios políticos y económicos vigentes. Puntualmente, Montaner destaca: “En Chile ha(bría)n muerto el populismo y la mentalidad revolucionaria estatista, y prevalece(ría) una visión del desarrollo que confía en el mercado, los derechos de propiedad, la apertura al exterior y la preeminencia de la sociedad civil en el terreno económico y en la dirección de los asuntos nacionales”. “El modelo chileno es pro-mercado”TAMPOCO ES TAN CIERTO. El problema es que la anterior no es la única percepción difundida sobre lo que implica concretamente el aludido modelo. No faltan quienes sostienen que la realidad del M-CH está estructuralmente distanciada del mercado. Estas percepciones sostienen que, si bien se implementaron acciones de reforma y apertura comercial definidas, en el experimento chileno el Estado tiene un rol activo: distorsiona precios relativos y asigna recursos.  Bajo esta otra perspectiva, además de mantener la minera estatal, la burocracia chilena se ha desenvuelto por décadas apoyando consistentemente la innovación y la financiación del capital de riesgo. Además, elige ganadores y promociona microempresas, programas de inserción laboral juvenil o un frondoso de Banco de Desarrollo. Todo esto además de políticas –no precisamente lúcidas– frente a movimientos de capitales o variantes abiertamente keynesianas, como el llamado fondo anticíclico. Hace ya un par de años atrás, Roberto Pizarro, ex ministro de Planificación del presidente Eduardo Frei y asesor del gobierno nicaragüense, comentaba que “la reestructuración económica aplicada bajo el régimen de Pinochet fue menos neoliberal de lo que parece, al menos en lo que compete a la intervención estatal en la economía”. Enfatizaba que lo del libre mercado en Chile tenía mucho de mito y que, en la realidad, desde mediados de los setenta y hasta comienzos de los noventa se aplicaron generosas políticas de apoyo estatal a la producción y a las exportaciones, contrarias a la libertad de mercado. Según el referido personaje, no fue el mercado libre y neutral el que fundó las bases de la expansión económica, ni tampoco el Estado mínimo. “Lo que existió fue un proyecto pro-empresarial, con un Estado intervencionista y discriminador, que permitió la emergencia de grupos económicos nacionales y extranjeros”, señala Pizarro.  A favor de alguna coherencia entre estas dos visiones alternas del M-CH aparecen algunas quejas recientes a los gobiernos democráticos del período post-Pinochet. Éstas aluden a que los gobiernos democráticos, “en vez de restituir el equilibrio de poder en la sociedad, optaron por debilitarlo”. Que se han reducido los subsidios y se ha renunciado a las políticas de promoción a la producción y a las exportaciones, bajo políticas de neutralidad del Estado.  Aquí no importa cuán contraproducentes resultaron los controles. Algunos críticos con definida carga ideológica acusan que dentro de las dos últimas administraciones se habría optado por una liberalización completa de la cuenta de capitales, que se ha facilitado la tercerización laboral (en Chile, la externalización), que se ha acelerado una apertura indiscriminada y que se ha sido complaciente con la concentración patrimonial.  “El modelo chileno es pragmático”DEPENDE DE CÓMO SEA VISTO. Frente a la contraposición planteada, destacan los iluminados pragmáticos. Esta perspectiva ubica el M-CH como un producto heroico del gradualismo y del pragmatismo.. Repiten que se estructura sobre instituciones democráticas con gobiernos lúcidos. Gobiernos de turno que han adoptado desde políticas neoliberales hasta las de la izquierda social, siempre y cuando funcionen. Algo así como afirmar que el M-CH implica que no hay que usar ningún modelo. Para tratar de optar por una visión coherente de lo que hoy por hoy podría denominarse como el M-CH, resultaría útil reconocer que éste se ha endogenizado –mutado políticamente, podría decirse– entre los dos extremos. De hecho, la actual presidenta de Chile, Michelle Bachelet, sostiene que el M-CH es buen ejemplo para un "desarrollo con equidad" en Latinoamérica. Ella, nótese bien, ya no usa la perspectiva de los “Chicago Boys”, ni la visión de una economía de mercado y abierta al estilo asiático; refiere solamente a un híbrido válido para aprovechar la globalización. Ese proceso inevitable que –según ella– causa muchas dificultades a los países pequeños, pero que también ofrece muchas oportunidades.  “El modelo chileno es el mejor referente para el peruano”SIEMPRE QUE NO SE MIRE FUERA DE SUDAMÉRICA. Para ponderar el compromiso y la maduración de reformas de mercado y apertura hacia el exterior, procedamos a comparar la evolución histórica del Ingreso Nacional chileno con el de dos naciones con un manejo económico diferente (ver gráfico Las cosas en perspectiva). En esta comparación descubriremos que si bien Chile es casi un ejemplo de milagro económico en la región –de hecho, el Producto Nacional peruano resulta consistentemente una fracción del chileno (aproximadamente el 68% y su ingreso por habitante casi la mitad)–, fuera de América Latina la cosa es diferente. Por ejemplo, en comparación con una economía como la de Singapur, que hace unas cuatro décadas registraba niveles de ingreso grosso modo similares pero que optó definidamente por el mercado y la apertura, nuestro vecino del sur queda muy rezagado. En justicia, podríamos catalogarlo como un referente tibio. Un tuerto que destaca en el país de los ciegos. Tengamos claro que la performance económica de Chile confirma meridianamente lo que su presidenta nos vende: un modelo híbrido de crecimiento globalmente moderado que cree firmemente de la figura del Crecimiento con Equidad. Una realidad económica abiertamente disonante con lo que muchos aún atribuyen al M-CH y que algunos liberales locales todavía repiten: que la desigualdad es un referente engañoso. Que la clave está en comprender que es imposible lograr un país sin pobres y sin ricos. Tal como contrasta la evidencia global –no sólo la chilena–, el crecimiento económico que incluye y elimina la pobreza también recompensa a los más productivos con mayores ingresos, creando billonarios. “Sea como fuere, el caso peruano es parecido al chileno”DEFINITIVAMENTE NO. Ellos se han gobernado comparativamente mejor que nosotros. A pesar de que tenemos gente emprendedora y más recursos naturales que ellos, los chilenos resultan mucho más ricos que nosotros. Como soy consciente de que lo que rescribo es una herejía imperdonable.   El problema aquí pasa por reconocer no sólo que su flujo sostenido de ingresos es mayor (son más ricos que nosotros) o que en los últimos años el diferencial de ingresos nacionales por habitante se esté incrementando a favor de Chile (se van haciendo aún más ricos relativamente año a año); el problema es lo que podríamos denominar el modelo peruano. El Perú en los últimos años ha aprendido mucho en materia de política económica, pero no ha avanzado tanto en tareas institucionales pendientes. Hemos copiado su reforma previsional, su énfasis en los TLC y en el cuidado de la estabilidad macro. Y también hemos copiado algunos defectos como el sueño de un Banco de Desarrollo Estatal. Pero no hemos avanzado ni una fracción del terreno caminado por nuestros vecinos en ámbitos como competitividad, mercado laboral, educación y salud públicas o reforma integral del Estado.  El problema de tener como referente al M-CH es, pues, uno dual. Por un lado, el M-CH hoy puede significar casi cualquier cosa. Y en todo caso –si lo enfocáramos en su versión más lúcida, a la Piñera–, tendríamos que admitir que la agenda pendiente nos descalificaría. “En cualquier caso, el Perú debería seguir el modelo chileno”¿POR QUÉ SÓLO A ÉL? Ésta es, para quien escribe estas líneas, la pregunta clave. Un país no tiene por qué copiar a nadie, y si lo que desea es esforzarse en reducir drásticamente su pobreza y reforzar su economía, me temo que un referente pragmático como lo es hoy el M-CH implica una opción muy limitada. Chile crece mucho menos que otras naciones con una agenda de apertura y profundización de mercados más definida. Si bien se puede decir que no seguimos coherentemente ninguna de las visiones de lo que se llama el M-CH, sería crucial que nos aclaremos si acaso no sería mejor buscar otro referente.Fuente: Perú Económico

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