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Sábado 19 de septiembre 2009

La Estrategia del Conflicto

La estrategia internacional: Una ciencia atrasada
Sábado 19 de septiembre 2009
La Estrategia del Conflicto

La estrategia internacional: Una ciencia atrasada
 
Por: Thomas C. Schelling (1921-)
 
The Strategy of Conflict fue publicado originalmente en inglés en 1960 por Harvard University Press, Cambridge, Mass.
 
Reproducimos aquí el primer capítulo del libro “La Estrategia del Conflicto”, según la edición en español, Editorial Tecnos, 1964.

Las diversas teorías del conflicto -que se corresponden con los distintos significados de la palabra- pueden clasificarse en dos amplios grupos: De un lado, las que consideran el conflicto como un estado patológico y tratan de investigar sus causas y establecer su tratamiento, y, de otro, las que aceptan el conflicto como un hecho consumado y estudian el comportamiento a que da lugar. Dentro de este último grupo cabe distinguir a su vez, por una parte, las que analizan en toda su complejidad a los que participan en el conflicto -tanto respecto a la conducta «racional» e «irracional», consciente e inconsciente, como a sus cálculos y motivaciones-, y, por otra, aquellas teorías que se ciñen a un tipo de comportamiento más racional, consciente y elaborado. Hablando en términos generales, estas últimas consideran el conflicto como una especie de competición en la que todos los participantes tratan de «ganar». Según esto, el estudio de una actuación consciente e inteligente en un conflicto -una actuación con éxito- es como buscar las normas del comportamiento «correcto»para ganar en una competición.

En este campo de estudio -al que cabe denominar estrategia del conflicto [1]- podemos sentirnos interesados cuando menos por tres razones. Existe la posibilidad de que nosotros mismos nos hallemos implicados en un conflicto; todos nosotros participamos, en realidad, en un conflicto internacional, y, de una manera o de otra, queremos «ganar» en él. Desearíamos comprender cómo se comportan realmente quienes participan en situaciones de conflicto; el conocimiento de cuál es el modo adecuado de obrar puede servirnos de punto de referencia para el estudio de la conducta realmente seguida. Y cabe, finalmente, que queramos influir en la conducta de las demás partes intervinientes en el conflicto y deseemos saber, por tanto, de qué modo pueden afectar a su comportamiento las variables que se hallan sometidas a nuestras posibilidades de acción.

Si ceñimos nuestro estudio a la teoría de la estrategia, nos limitamos en muy alto grado, ya que abarcamos solamente la conducta racional, no sólo la conducta inteligente, sino la motivada por un cálculo consciente de ventajas e inconvenientes, que, a su vez, se basa en un explícito e internamente coherente sistema de valores. De este modo, la aplicabilidad práctica de los resultados obtenidos viene a quedar notoriamente restringida. Si nos concentramos en el estudio de la conducta práctica, los resultados alcanzados pueden constituir, o una buena aproximación a la realidad, o una simple caricatura de ella. Toda abstracción corre un riesgo de este tipo, y debemos estar preparados para juzgar críticamente las consecuencias a que lleguemos.
 
La ventaja de considerar la estrategia en el plano teórico no estriba en que, de todos los sistemas posibles, sea el que más evidentemente se acerca a la verdad, sino en que la suposición de una conducta racional es sobremanera fecunda. Constituye un modo de enfocar el tema que facilita extraordinariamente el desarrollo de la teoría. Nos permite identificar nuestros propios procesos analíticos con los de los hipotéticos participantes en un conflicto, y, al exigir cierta especie de interna coherencia en la conducta de esos hipotéticos participantes, podemos examinar comportamientos diversos, alternativamente factibles, según estén o no de acuerdo con esos niveles de coherencia. La premisa de una «conducta racional» constituye un factor importantísimo para el desarrollo de la teoría. El que ésta, una vez elaborada, suministre mucha o poca luz acerca de la conducta real es, repito, cuestión que habrá de ser juzgada posteriormente. 

Pero, al dar por supuesto el hecho del conflicto y operar con una imagen previamente establecida de participantes que intentan «ganar», la teoría del conflicto no niega que quienes intervienen en él tengan intereses comunes, además de otros encontrados u opuestos. En realidad, la complejidad del tema deriva del hecho de que, en los asuntos internacionales, existe una mutua dependencia junto a la oposición. El conflicto puro, en el que los intereses de los antagonistas sean completamente opuestos, es un caso especial; solamente se produciría en el caso de una guerra, pero de una ,guerra que tendiese a la total exterminación del adversario. Por esta razón, la palabra «ganancia», aplicada a un conflicto, no tiene un significado estrictamente competitivo; no significa ganancia en relación a un adversario, sino ganancia en relación al propio sistema de valores. Y esto puede conseguirse por la negociación, mediante concesiones mutuas, o evitando una conducta mutuamente perjudicial. Si la guerra se hiciese, en último término, inevitable sólo quedaría el conflicto puro; pero mientras exista la posibilidad de evitar una guerra mutuamente perjudicial, o de sostener una actividad bélica que produzca un mínimo de daños, que de coaccionar al adversario amenazándole con la guerra en vez de desencadenarla, la posibilidad de un arreglo es tan importante y dramática como el elemento mismo del conflicto. Los conceptos como intimidación, guerra limitada, desarme y negociación se hallan en estrecha relación con el interés común y la mutua dependencia que puede existir entre los participantes en un conflicto. 
 
Por consiguiente, la estrategia -en el sentido que doy aquí a la palabra- no se refiere a la aplicación eficiente de la fuerza, sino a la explotación de una fuerza potencial. No afecta solamente a enemigos que se aborrecen, sino también a aliados que están en desacuerdo o desconfían uno de otro. No se refiere solamente al reparto de pérdidas y ganancias entre dos demandantes, sino también a la posibilidad de que las soluciones particulares sean mejores, o peores, que cualesquiera otras para ambos demandantes a la vez. Utilizando la terminología de la teoría de los juegos, los conflictos internacionales más interesantes no son los «juegos de suma constante», sino los «juegos de suma variable», es decir, aquellos en los que las sumas de las ganancias de cada uno de los participantes implicados en ellos no se hallan fijadas de tal modo que el más de uno signifique inexorablemente menos para el otro. Existe un interés común en llegar a soluciones que sean mutuamente ventajosas.

Estudiar la estrategia del conflicto supone aceptar la idea de que la mayoría de las situaciones de conflicto son esencialmente situaciones de negociación. 

Existen, en efecto, situaciones en las que la posibilidad de que uno de los participantes alcance sus objetivos depende, en muy alto grado, de las medidas o decisiones que adopte el otro. La negociación puede ser explícita, como cuando uno ofrece una concesión, o puede realizarse mediante una maniobra tácita, tal como ocupar o evacuar un terreno estratégico. Puede tomar como punto de partida el statu qua existente, como en el clásico regateo de mercado, y buscar arreglos que produzcan ganancias positivas a ambas partes, o puede contener amenazas de causar daños, incluso mutuos, como en el caso de una huelga, boicot, guerra de precios o extorsión. 

La consideración de la conducta seguida en un conflicto como un conjunto de negociaciones contribuye a evitar que nos ocupemos exclusivamente del conflicto mismo, o del interés común. Caracterizar las maniobras y acciones de una guerra limitada como un proceso negociador es recalcar la idea de que, además de la divergencia de intereses sobre las variables en disputa, existe un poderoso interés común en llegar a una solución que no lesione desmesuradamente los valores de ambas partes. Una huelga «victoriosa» no es la que destruya económicamente al empresario; puede serlo una que ni siquiera haya llegado a producirse. Algo parecido puede ser cierto respecto a la guerra. 

La idea de «intimidación» ha experimentado una evolución de la que podemos extraer provechosas consecuencias. Han pasado doce años desde que la intimidación quedó articulada como piedra angular de nuestra estrategia internacional, y, en ese tiempo, el concepto se ha ido puliendo y refinando paulatinamente. Hemos aprendido que, para que una amenaza sea eficaz, ha de ser verosímil, susceptible de ser creída, y que su credibilidad puede depender de los trabajos y riesgos que implicaría su cumplimiento para la parte amenazante. Hemos desarrollado la idea de que, para dotar de credibilidad a una amenaza, debemos comprometernos a su realización, ya sea tendiendo «trampas» en el avance del enemigo, ya sea haciendo de ello cuestión de honor nacional y de prestigio, como en el caso, por ejemplo, de la resolución de Formosa.

Hemos comprendido que la disposición para emprender una guerra limitada en determinadas regiones puede sustituir a la amenaza de represalia masiva, manteniendo la posibilidad de elegir un mal menor si llega el momento. Hemos considerado la posibilidad de que una amenaza tenga más crédito si los medios de llevarla a cabo y la responsabilidad de la represalia se hallan en manos de aquellos cuya decisión es más firme, como se ha visto en las recientes insinuaciones y sugerencias hechas para compartir el poderío nuclear. Hemos observado que la eficacia de la amenaza se halla en relación con la racionalidad del adversario y que los locos, como los niños, no suelen poder ser controlados con amenazas. Nos hemos dado cuenta de que la eficacia de la amenaza puede depender de las alternativas que le queden al enemigo potencial, al cual, si no se quiere que reaccione como un león enjaulado, debe permitírsele algún recurso tolerable. Hemos llegado a la conclusión de que una amenaza de represalia total instiga, en realidad, al adversario -en el caso de que prefiera no tomar en cuenta la amenaza- a asestamos un contundente y definitivo primer golpe; esta clase de amenaza elimina la posibilidad de acciones menos intensas y le obliga a elegir entre extremos. Hemos comprendido que la amenaza de destrucción masiva solamente puede intimidar a un enemigo si, correlativamente, existe una promesa implícita de no destrucción en el caso de que observe el comportamiento esperado, de modo que debemos considerar la posibilidad de que una capacidad demasiado grande para asestarle un golpe sorpresa pueda inducirle a golpear primero con el fin de evitar verse desarmado por nuestra acción. Y, recientemente, en conexión con las llamadas «medidas de protección contra un ataque por sorpresa», hemos empezado a considerar la posibilidad de reforzar la mutua intimidación por medio del control de armamentos. 

Lo que resulta impresionante es no ya lo complicada que se ha vuelto la idea de intimidación y lo cuidadosamente que ha ido siendo desarrollada, sino la lentitud del proceso, la vaguedad que aún rodea a los conceptos y la poca brillantez que ostenta la actual teoría de la intimidación. No se trata con esto de menospreciar los esfuerzos de quienes han luchado con el concepto de la intimidación durante los últimos doce años. Los que han intentado trazar líneas de actuación política sobre materias estratégicas, de las cuales forma parte la intimidación, para hacer frente a problemas de acusada urgencia han encontrado muy poca, o ninguna, ayuda en alguna teoría ya existente, y han tenido que ir creando la suya propia sobre la marcha. No existe una literatura científica sobre la intimidación que pueda compararse, por ejemplo, con la literatura sobre la inflación, la gripe asiática, las lecturas más apropiadas para la escuela elemental, o la niebla.

Además, al verse acuciados por la proximidad de los problemas, quienes manejan ideas como la intimidación no se han ocupado mucho del proceso cumulativo de elaborar una estructura teórica. Esto parece ser cierto no sólo en los políticos y periodistas, sino también en las personas de formación científica. Sea que ello refleje la atención preferente de los estudiosos o la de los editores, lo cierto es que la literatura publicada acerca de la intimidación y conceptos conexos se ha preocupado principalmente de resolver los problemas inmediatos en vez de crear una metodología que orientase en lo referente al modo de enfrentarse con esta clase de problemas [2] Ni siquiera tenemos una terminología medianamente aceptable; expresiones como intimidación «activa» y «pasiva», ocasionalmente utilizadas, no son suficientes. 

¿Cómo explicar esta falta de desarrollo teórico? Yo creo que es altamente significativo el hecho de que los servicios militares, a diferencia de casi todas las demás profesiones importantes, carezca de una identificable contrapartida académica. Los que hacen política en el campo de la economía, la medicina, la salud pública, la conservación del suelo, la educación, o el derecho penal, pueden identificar rápidamente su contrapartida científica en el mundo académico. En el terreno económico, concretamente, el número de personas dedicadas a la investigación y a la publicación de libros científicos es similar al de las consagradas a la política económica o a la administración. Pero ¿dónde está la contrapartida académica de la profesión militar?. 

Desde luego, no en las academias militares; éstas no son más que escuelas especiales, dedicadas más a la enseñanza que a la investigación. Ni tampoco en las escuelas de estado mayor u otras instituciones educativas existentes en el ámbito militar; éstas no han creado todavía el profesorado estable, la orientación investigadora ni el sistema de valores que se requiere para un desenvolvimiento teórico sistemático y constante.

En las universidades de nuestro país la estrategia militar ha interesado solamente a un reducido número de historiadores y pensadores políticos, y ello a una escala que parece como si el disuadir a los rusos de la conquista de Europa viniera a ser de la misma importancia que reforzar las leyes antitrust. Al decir esto no se trata de minimizar los resultados alcanzados, sino de recalcar el hecho de que, por regla general, no ha existido en las universidades un departamento concreto, ni una línea de investigación acerca de la profesión militar y el papel que desempeña la fuerza en las relaciones internacionales. Constituyen una excepción en este aspecto los programas del R. O. T. C. (Reserve Officers Training Corps), al menos en la medida en que propugnan la organización de cursos adecuados de historia y ciencia política. Los programas de estudios sobre defensa y los seminarios últimamente establecidos en bastantes universidades, así como la atención prestada por las fundaciones a los problemas de seguridad internacional, suponen un reciente y significativo desarrollo. Instituciones paraestatales recientemente creadas, tales como la RAND Corporation y el Institute for Defense Analysis, están contribuyendo de manera importante a resolver el problema, pero si las traemos a colación es como demostración de que el problema existe. 
 
Cabe preguntarse si los propios organismos militares no podrían elaborar por sí mismos un núcleo teórico que arrojara su luz sobre ideas como las de intimidación o guerra limitada. Después de todo, la teoría no tiene por qué ser exclusivamente elaborada por especialistas aislados en las universidades. Si los organismos militares se hallan intelectualmente preparados para hacer un uso efectivo de la fuerza militar podría parecer que también se hallan capacitados para teorizar acerca de ella. Pero cabe hacer aquí una importante distinción entre la aplicación de la fuerza y la amenaza de fuerza. La intimidación hace relación a la explotación de una fuerza potencial. Su finalidad es la de persuadir a un enemigo en potencia de que, por su propio interés, debe evitar ciertos modos de actuación. Existe una diferencia muy importante entre la habilidad intelectual necesaria para llevar a cabo una misión militar y la exigida para utilizar una capacidad militar potencial con el fin de alcanzar objetivos nacionales. Una teoría de la intimidación sería, en efecto, una teoría del hábil no uso de la fuerza militar, para lo cual se necesita algo más de ingenio que el puramente militar. 
 
Puede que los profesionales de la milicia tengan las cualidades necesarias para ello, pero no automáticamente, como resultado de las responsabilidades a que primariamente tienen que hacer frente; y son estas responsabilidades las que ocupan todo su tiempo [3].

Un nuevo tipo de investigación, que hace quince años parecía poder conducir a semejante teoría de la estrategia, es la teoría de los juegos. La teoría de los juegos se refiere a situaciones -juegos de «estrategia», en contraste con los de habilidad o de puro azar- en las que la mejor línea de acción a seguir por cada participante depende de lo que espera que hagan los demás. Una amenaza intimidante encaja perfectamente en esta definición; actúa solamente en función de lo que el otro jugador espera que hagamos nosotros en respuesta a sus movimientos, y nosotros podemos permitirnos formular la amenaza sólo porque esperamos que influya de algún modo en sus decisiones. Pero, en el ámbito de la estrategia internacional, la promesa que en otro tiempo re. presentó la teoría de los juegos ha quedado incumplida. Ha sido extremadamente útil en la formulación de problemas y clarificación de conceptos, pero sus mayores éxitos han tenido lugar en otros campos. Tomada en su conjunto ha sido llevada a un grado excesivamente elevado de abstracción en el que apenas si ha tomado contacto con los elementos de un problema como el de la intimidación [4].

La idea de la intimidación figura tan destacadamente en algunos aspectos del conflicto, distinto del que tiene lugar en el plano internacional, que cabría suponer la existencia de una teoría bien elaborada que pudiese ya ser aplicada al campo internacional. Durante mucho tiempo el concepto de intimidación ha tenido una extraordinaria importancia en el derecho penal. Podía esperarse que legisladores, juristas, abogados y teóricos del derecho hubieran sometido este concepto a una rigurosa y sistemática depuración durante muchas generaciones, Desde luego, no es la idea de intimidación la única consideración implicada en el derecho penal, ni siquiera la más importante necesariamente; sin embargo, ha figurado en lugar destacado el tiempo suficiente para hacerle a uno suponer la existencia de una teoría que tomara en cuenta la clase y cuantía de las penas susceptibles de ser impuestas a un criminal convicto, el sistema de valores del delincuente en potencia, la probabilidad del delito y su rentabilidad, la capacidad del aparato coercitivo de la ley para aprehender a los delincuentes y probar su culpabilidad, el conocimiento que tiene el delincuente de la ley y de la probabilidad de ser detenido, el grado en que algunos tipos de delito son motivados por un cálculo racional, la decisión de la sociedad de no ser mezquina ni blanda en la costosa y desagradable aplicación de la pena y hasta qué punto conoce el delincuente esta decisión (o la falta de ella), la probabilidad de errores en el sistema, la posibilidad de que los terceros se aprovechen del sistema en su propio interés, el papel que desempeña la comunicación entre la sociedad organizada y el delincuente, la organización de los delincuentes para hacer fracasar el sistema, y así sucesivamente. 

Sin embargo, no son solamente los delincuentes los que han de ser objeto de intimidación; ésta se dirige también hacia nuestros propios hijos. En la disciplina infantil destacan nítidamente algunos aspectos de la idea de intimidación: la importancia de racionalidad y autodisciplina en la persona que ha de ser intimidada, de su capacidad para comprender la amenaza si la oye y de oírla en medio de un gran alboroto de ruidos, de la decisión del amenazante de cumplir la amenaza si es preciso, y, más importante, de la convicción de la parte amenazada de que la amenaza será llevada a cabo. 

En la disciplina infantil resalta, con más claridad quizá que en el derecho penal, la importante posibilidad de que el castigo amenazado cause al amenazante tanto o más daño que a aquél a quien se inflige la amenaza. Existe cierta analogía entre la amenaza de un padre a su hijo y la realizada por una nación rica y paternalista al Gobierno débil y desorganizado de una nación pobre, al otorgarle su ayuda exterior exigiendo a cambio una política económica «eficaz» o su cooperación militar. 

Y esta analogía nos recuerda que, incluso en los asuntos internacionales, la intimidación tiene tanta importancia respecto a las relaciones existentes entre amigos como a las existentes entre enemigos en potencia. (La amenaza de retirarse a una «estrategia periférica» si Francia rehusaba ratificar el tratado de la Comunidad Europea de Defensa presentaba muchas de las características de una amenaza de represalia.) El concepto de intimidación requiere la existencia de un conflicto y de un interés común entre las partes implicadas; es tan inaplicable a una situación de puro y absoluto antagonismo de intereses como a la de una pura y absoluta comunidad de interés. Entre estos extremos, intimidar a un aliado e intimidar a un enemigo sólo tienen una diferencia de matiz, y, en realidad, puede que tengamos que desarrollar una teoría más coherente antes de que podamos decir con seguridad si, en relación a nuestros conflictos con ellas, tenemos más en común con Grecia o con Rusia [5]. 

La idea de intimidación se presenta también en los sucesos menudos de cada día. Los automovilistas tienen un evidente interés común en evitar la colisión y un conflicto de intereses sobre quién debe pasar primero y quién debe frenar y dejar pasar al otro. Siendo la colisión un acontecimiento cuyas consecuencias se producen en ambos, las maniobras con las que un conductor expresa su amenaza de daño mutuo al que trata de lesionar su derecho de preferencia constituyen un instructivo ejemplo de la clase de amenaza que no se expresa con palabras, sino con actos, de la amenaza en la que la promesa de cumplimiento no se formula mediante un anuncio verbal, sino renunciando a la posibilidad de obrar de otro modo. 

Existe, finalmente, la importante zona de los bajos fondos. La guerra de gangsters y la guerra internacional tienen mucho en común. Tanto los fuera de la ley como las naciones carecen de sistemas legales que rijan coactivamente sus asuntos. En última instancia, unos y otras recurren a la violencia. Unos y otras tienen interés en evitar la violencia, pero la amenaza de la violencia está continuamente latente. Es interesante observar que los chantajistas y bandas de delincuentes utilizan la guerra limitada, el desarme, el ataque por sorpresa, la represalia y amenaza de represalia; se preocupan del «apadguamiento» y de la pérdida de prestigio; y establecen pactos y alianzas en los que se da el mismo defecto que se observa en los concluidos por las naciones: la imposibilidad de apelar a una autoridad superior para hacer cumplir el acuerdo. 

Existen, por consiguiente, otros muchos terrenos de estudio que pueden arrojar luz sobre el que primordialmente nos interesa: el ámbito internacional. Ocurre a menudo que un principio que, en el campo que es objeto de nuestro interés, se halla oculto tras un lujo excesivo de detalles, o posee una estructura demasiado complicada, o escapa a nuestro alcance por causa de nuestros prejuicios, es más fácil de percibir en otro campo distinto en el que goce de una mayor claridad o sencillez, o en el cual no nos hallemos cegados por prejuicio alguno. Puede que sea más fácil enfrentarse a la peculiar dificultad de coaccionar a un Mossadeq mediante el uso de amenazas, cuando se ha pasado recientemente por la experiencia de tratar, en vano, de evitar con amenazas que un niño pequeño haga daño a un perro, o que un perro pequeño haga daño a un niño. 
 
No parece que se haya dotado a ninguno de estos otros campos, en los cuales se da también la idea del conflicto, de una teoría bien desarrollada que pueda ser utilizada, con las naturales modificaciones, en el análisis de las cuestiones internacionales. Los sociólogos, incluyendo a aquellos que estudian la conducta del delincuente en los conflictos que tienen lugar entre gentes del hampa, no han sentido un gran interés por lo que podríamos llamar la estrategia del conflicto. Y tampoco en la literatura jurídica o criminológica se encuentra una teoría satisfactoria sobre el tema. Desde luego, no puedo afirmar a ciencia cierta que no circulen por los bajos fondos manuales, libros de texto u obras originales acerca de la teoría del chantaje; pero, ciertamente, no se ha publicado nada parecido a «Nuevas orientaciones para la educación del niño», que explique cómo utilizar la extorsión y cómo resistida, pese a la demanda que existe de ello [6].

¿En qué podría consistir una teoría sobre la estrategia? ¿A qué preguntas trataría de responder? ¿Qué ideas trataría de unificar, aclarar o comunicar de un modo más efectivo? Ante todo, debería definir las notas esenciales de la situación y de la conducta a adoptar. La intimidación -por seguir con la intimidación como concepto típicamente estratégico-- tiene por objeto influir en los actos de la otra parte y hacerlo mediante su influjo sobre lo que ésta espera que sea nuestro comportamiento. Trata de situarle frente a la evidencia de que nuestra conducta estará determinada por la suya.
 
Pero ¿qué configuración de los sistemas de valores de ambos participantes dota de credibilidad a una amenaza intimidante? ¿Cómo podremos calibrar la mezcla de conflicto e interés común necesario para engendrar una situación de «intimidación»? ¿Qué clase de comunicación se precisa y cuáles son los medios de demostrar la autenticidad de lo comunicado? ¿Qué clase de «racionalidad» debe poseer la parte que ha de ser intimidada? ¿Un conocimiento de su propio sistema de valores? ¿La capacidad para percibir las posibles alternativas y calcular las probabilidades? ¿La capacidad para demostrar su propia racionalidad, o la incapacidad para disimularla?. 

¿Hasta qué punto es necesario inspirar confianza o avalar las promesas? Más concretamente: además de amenazar con infligir un daño, ¿es necesario garantizar también que será evitado ese daño si se accede a lo que se pide, o dependerá de la configuración de los valores en juego? ¿Qué «sistema legal», qué sistema de comunicación, o qué estructura informativa se necesita para reforzar las indispensables promesas?

¿Se puede amenazar que «probablemente» se cumplirá una amenaza, o se debe amenazar que cierta e indudablemente se hará? ¿Cuál es el significado de una amenaza en que se afirma que «probablemente» se cumplirá, cuando está claro que, de quedar alguna opción, el que amenaza no tendría ningún incentivo para consumarla una vez realizado el acto que se trata de evitar? ¿Cuál es la diferencia, si es que existe alguna, entre una amenaza que disuade de la acción y la que impulsa a la acción, o la prevista para proteger a otro de sus propios errores? ¿Existe alguna diferencia lógica entre amenazas disuasorias, amenazas disciplinarias y amenazas injustas?.

¿Cómo se ve afectada la situación por un tercero que posee su propio conglomerado de conflicto e interés común con los otros, que tiene acceso al sistema de comunicación, o lo controla, cuya conducta es racional o irracional, en un sentido u otro, o está obligado por algún pacto con una de las partes principales? ¿Cómo se ven afectadas estas cuestiones por la existencia de un sistema legal que permita y prohíba ciertas acciones, que pueda infligir penas por el incumplimiento de lo pactado, o que exija a los participantes una información auténtica y veraz? ¿Hasta qué punto podemos racionalizar conceptos como «reputación», «prestigio» o «confianza», referidos a un hipotético sistema legal, a la modificación de los sistemas de valores de los participantes, o a las relaciones que éstos puedan entablar con otros nuevos participantes, reales o hipotéticos?.

Esta breve lista de preguntas basta para indicar que existe materia suficiente para la creación de una «teoría». Hay aquí algo que da la impresión de una mezcla de la teoría de los juegos, la teoría de la organización, la teoría de la comunicación, la teoría de la evidencia, la teoría de la opción y la de la decisión colectiva. Concuerda con nuestra definición de «estrategia»; presupone la existencia de un conflicto, pero da también por sentado un interés común entre ambos adversarios; supone un modo de conducta racional y fija su atención sobre el hecho de que lo que para cada participante se presenta como la forma mejor de actuación depende de lo que espera que el otro haga, y de que la «conducta estratégica» trata de influir en las decisiones del otro actuando sobre sus expectativas de cómo se relacionan la conducta de éste y la suya propia. 

Hay dos extremos que conviene destacar. Uno es que, aunque «estrategia del conflicto» suena a algo frío y desapasionado, la teoría no trata de la aplicación eficiente de la violencia, ni cosa parecida; no es fundamentalmente una teoría de la agresión, de la resistencia o de la guerra. Amenazas de guerra, o de cualquier otra cosa, sí, ciertamente; pero la materia sobre la que versa la teoría se refiere al empleo de amenazas, o de amenazas y promesas, o, en términos más generales, al condicionamiento en que se encuentra nuestra propia conducta respecto a la de los demás. 

El segundo es que una teoría de ese tipo no distingue entre conflicto e interés común, ni entre su aplicabilidad a amigos o enemigos en potencia. La teoría degenera por uno de sus extremos si no existe la posibilidad de un arreglo, ni ningún interés común en evitar el desastre mutuo; y degenera por el otro extremo si no existe absolutamente ningún conflicto, ni problema alguno para identificar y alcanzar metas comunes. Pero, en la zona comprendida entre estos dos extremos, la teoría no especifica en qué grado deben mezclarse conflicto e interés común. Tanto la podemos denominar teoría de la asociación precaria como teoría del antagonismo incompleto [7]. (En el capítulo noveno se señala que varios de los aspectos más importantes que presenta el problema del ataque por sorpresa poseen una estructura idéntica a la del problema de los socios que sospechan mutuamente unos de otros). 

Estos dos puntos -la neutralidad de la teoría respecto al grado de conflicto existente y la definición de «estrategia» en cuanto coacción ejercida sobre un adversario sobre la base de cuáles espera que sean las consecuencias de sus acciones- indican que también podríamos denominar al tema que nos ocupa teoría de la decisión interdependiente.

Amenazas y respuestas a las amenazas, represalias y contrarrepresalias, guerra limitada, carreras de armamentos, ataque por sorpresa, confiar y defraudar la confianza depositada, son actividades que pueden considerarse como resultado tanto de una decisión fría y meditada como de un súbito y apasionado arrebato. Al sugerir que, para la elaboración de la teoría, estas actividades pueden ser consideradas como producto de un frío discernimiento no se afirma que efectivamente lo sean. Lo que implícitamente se afirma más bien es que la suposición de una conducta racional resulta de utilidad para la generación de una teoría sistemática. Si la conducta fuese realmente fría y cerebral probablemente sería mucho más fácil crear una teoría válida y eficaz. Si tomamos los resultados a que lleguemos como un simple punto de referencia para una más exacta aproximación a la realidad y no como una teoría plenamente lograda nos hallaremos a cubierto de las perniciosas consecuencias de una teoría equivocada. 

Además, una teoría basada en la suposición de que los participantes calculan fría y «racionalmente» sus posibles ventajas, de acuerdo con un coherente sistema de valores, nos obliga a meditar más intensamente acerca del significado de la «irracionalidad». No se puede recurrir al elemental expediente de distribuir a los que tienen a su cargo la tarea de adoptar decisiones con arreglo a una escala de una sola dimensión que se extienda desde la completa racionalidad en un extremo hasta la completa irracionalidad en el otro. La racionalidad es un conjunto de atributos y son muchas las direcciones que pueden seguirse tomándola como punto de partida. La irracionalidad puede deberse a un desordenado e incoherente sistema de valores, a cálculos erróneos, o a la incapacidad para recibir mensajes y comunicarlos eficazmente; puede deberse al influjo de factores casuales sobre la adopción de las decisiones, o sobre la recepción o la transmisión de las informaciones correspondientes; y, a veces, constituye, simplemente, el reflejo del carácter colectivo de una decisión adoptada entre varias personas que no poseen idénticos sistemas de valores, ni medios de organización y de comunicación que les permitan actuar como una única entidad.

Desde luego, muchos de los elementos críticos que integran un modelo de conducta racional pueden ser identificados con tipos concretos de racionalidad o irracionalidad. El sistema de valores, el sistema de comunicación, el sistema de información, el proceso de la decisión colectiva o el parámetro que representa la posibilidad de error o la pérdida del control pueden ser considerados como un intento de formalizar el estudio de la «irracionalidad». Hitler, el Parlamento francés, el comandante de un bombardero, los operadores de radar de Pearl Harbor, Kruschev y el electorado americano, pueden igualmente verse afectados por alguna clase de «irracionalidad», pero, en manera alguna, por la misma clase. Incluso el neurótico, provisto de valores inestables y carente de método alguno para armonizarlos, más inclinado a suprimir que a reconciliar sus encontrados objetivos, puede ser considerado, en ciertos aspectos, como un par de entidades «racionales» dotadas de sistemas de valores distintos, que llegan a adoptar decisiones colectivas mediante un proceso de votación en el que se da cierto elemento de puro azar, comunicaciones asimétricas, etc. 
 
La aparente limitación que impone el partir del supuesto de una conducta «racional» -de una estrategia de la decisión basada en el cálculo y en una elevada estimación de los valores queda paliada por dos observaciones adicionales. Una, que solamente puedo citar de segunda mano, como si dijéramos, es que, entre los emocionalmente inestables, entre los declarados como «irracionales», se observa a menudo una intuitiva comprensión de los principios de la estrategia, o, por lo menos, de sus aplicaciones concretas. Según me han informado, los internados en sanatorios psiquiátricos parecen, frecuentemente, cultivar, deliberada o instintivamente, sistemas de valores que les hacen menos susceptibles a las amenazas disciplinarias y más aptas para practicar por sí mismos la coacción. Una indiferente e, incluso, autodestructiva actitud hacia las heridas -«me abriré las venas, si no me deja...»- puede constituir una situación estratégicamente favorable; e igualmente una cultivada incapacidad para oír o comprender, o la fama de perder frecuentemente el dominio de sí mismo que prive de eficacia disuasoria a las amenazas de castigo. (Y, de nuevo, me acuerdo de mis hijos.) Evidentemente, uno de los beneficios que reportaría una teoría explícita de la decisión estratégica «racional» en las situaciones en que coexisten conflicto e interés común es que, al hacer ver el fundamento estratégico de ciertas tácticas paradójicas, permite comprender lo acertadas y racionales que son algunas de las tácticas puestas en práctica por seres débiles e incultos. Puede que no haya exageración en decir que nuestra propia sofisticación reprime a veces certeras intuiciones y que uno de los efectos de una teoría explícita puede ser el de rehabilitar algunas nociones intuitivas que sólo superficialmente eran “irracionales”.
 
La segunda observación se halla estrechamente relacionada con la primera. Consiste en que una teoría explícita de la decisión «racional», y de las consecuencias estratégicas de este tipo de decisiones, demuestra sin lugar a dudas que el comportarse de un modo manifiesta e inalienablemente racional en la adopción de decisiones y en la motivación de las mismas no constituye una ventaja universal en situaciones de conflicto. Como se refleja en los diversos ejemplos citados anteriormente, muchos de los atributos de la racionalidad suponen factores adversos en ciertas situaciones estratégicas. Puede ser perfectamente racional desear no ser racional, o -si esta forma de expresado no es filosóficamente exacta- desear poder suspender ciertas facultades racionales en determinadas situaciones concretas. Y puede uno suspender o destruir su propia racionalidad hasta cierto límite, por lo menos; puede uno hacerlo, porque los atributos que integran la racionalidad no son inalienables, profundamente personales, atributos integrales del alma humana, sino que incluyen cosas como el concurso del oído, la seguridad de los correos, el sistema legal y la racionalidad de los agentes y de los aliados de que se dispone. En principio podría uno eludir una extorsión drogándose el cerebro, aislándose geográficamente, depositando legalmente sus bienes o cortándose la mano que usa para firmar cheques. Cualquiera de estos medios sería igualmente eficaz. En la teoría de la estrategia varias de estas defensas pueden ser presentadas como deterioros de la racionalidad, si ése es nuestro deseo. Una teoría que establece la racionalidad como postulado explícito puede no sólo modificar el postulado y examinar su significado, sino también desvelar una parte del misterio que contiene. En realidad, el papel paradójico que la «racionalidad» desempeña en estas situaciones de conflicto pone de relieve la ayuda que podría suministrar una teoría sistemática.
 
Y los resultados alcanzados mediante el análisis teorético de la conducta estratégica suelen ser un tanto paradójicos; contradicen a menudo el sentido común o las reglas generalmente aceptadas. Como demuestra el ejemplo de la extorsión no es cierto que, ante una amenaza, constituya siempre una ventaja el ser racional, sobre todo si no puede disimularse el hecho de ser racional o irracional. Ante una amenaza no siempre es una ventaja poseer un excelente sistema de comunicación, tener una información completa, o hallarse en situación de poder disponer, plena y libremente, de los propios actos o de los propios bienes. Ya me he referido a Mossadeq y a mis hijos; pero un ejemplo de esa misma táctica lo constituye el hecho de quemar los puentes situados a la espalda con el fin de persuadir al adversario de que no puede uno sentirse inducido a retirarse. La antigua ley inglesa que consideraba delito grave pagar tributo a los piratas que asolaban las costas no aparece necesariamente anómala o extraña a la luz de la teoría de la estrategia. Resulta interesante observar que la misma democracia política descansa sobre un particular sistema de comunicación en el que queda excluida la transmisión de una auténtica evidencia: la votación obligatoriamente secreta es una idea que niega al votante todo medio de demostrar cuál fue su voto. Al hallarse despojado de la facultad de demostrar cómo votó queda despojado de la facultad de ser intimidado. Sin poder demostrar si se plegó, o no, a una amenaza sabe perfectamente -y también quienes pretendieran amenazarle- que cualquier castigo que reciba carecerá de toda relación con el modo en que realmente votó.
 
El conocido principio de que se deben elegir como representantes buenos negociadores, y darles luego amplias y flexibles atribuciones -principio que generalmente proclaman los propios negociadores-, no es, en manera alguna, tan claramente evidente como sugieren sus proponentes; la fuerza de un negociador radica a menudo en su manifiesta imposibilidad para hacer concesiones y acceder a las demandas [8]. Del mismo modo, mientras que la prudencia aconseja dejar abierta una puerta de escape cuando se amenaza a un adversario con una represalia mutuamente dañosa el hecho de que no haya ningún medio visible de escape puede hacer menos verosímil la amenaza. La idea misma de que puede ser una ventaja estratégica prescindir deliberadamente de ciertas alternativas o, incluso, renunciar a todo control sobre las propias acciones futuras y dejar que las respuestas se produzcan y encadenen automáticamente parece bastante difícil de digerir.
 
Muchos de estos ejemplos implican cierta negación del valor de la habilidad, el ingenio, la racionalidad, la sabiduría, el control, o la libertad de elección. En principio todos son válidos en ciertas circunstancias; pero es bastante más fácil pasar por alto su rareza y comprender la lógica que subyace tras ellos, si uno ha formalizado el problema, lo cha estudiado en abstracto y ha identificado sus analogías con otros terrenos, donde la rareza no llega a ser un obstáculo para la comprensión.
 
Otro principio, contrario a la primera impresión habitual, se refiere a las virtudes relativas de las bombas «limpias» y de las bombas «sucias». Bernard Brodie ha señalado que, cuando se consideran las especiales exigencias de la intimidación, en contraste con las exigencias de una guerra en la que se espera participar, o que se piensa desencadenar, puede verse cierta utilidad en la bomba “super-sucia” [9]. Como puede verse en el capítulo décimo, esta conclusión no parece tan extraña si se entiende el “equilibrio del terror” simplemente como una moderna y masiva versión de una antigua institución: el intercambio de rehenes.

Aquí es donde podemos percibir cierta desventaja peculiar en que se encuentran los civilizados estudiantes modernos de cuestiones internacionales, en contraste, por ejemplo, con Maquiavelo o los antiguos chinos. Nosotros tendemos a identificar la paz, la estabilidad y el reposo del conflicto con nociones como confianza, buena fe y respeto mutuo. Este punto de vista es saludable en la medida en que estimula la confianza y el respeto. Pero donde no existe confianza ni buena fe podemos sentir el deseo de solicitar consejo a las gentes de los bajos fondos, o a las antiguas tiranías, respecto a cómo conseguir que sean eficaces los acuerdos cuando faltan la confianza y la buena fe y no existe recurso legal alguno para el caso de que se quebrante lo pactado. Los antiguos cambiaban rehenes, bebían vino del mismo vaso para demostrar la ausencia de veneno, se reunían en lugares públicos para impedir que uno matase a otro, e incluso, se intercambiaban deliberadamente espías para facilitar la transmisión de información verdadera. Parece probable que una teoría, bien desarrollada, del conflicto pueda proyectar nueva luz sobre la eficacia de estos antiguos métodos, sugerir las circunstancias necesarias para su aplicación y descubrir equivalentes modernos que, aunque ofensivos para nuestra sensibilidad, pueden llegar a ser desesperadamente necesarios para lograr una regulación del conflicto.

NOTAS

1 El término «estrategia” está tomado aquí de la teoría de los juegos, que distingue entre juegos de habilidad, juegos de azar y juegos de estrategia. Estos últimos son aquellos en los que la modalidad óptima de actuación depende para cada jugador de lo que haga el otro. Dicho término se propone destacar la interdependencia de las decisiones de los adversarios y sus expectativas respectivas acerca de la conducta del otro. Tiene aquí, por tanto, un sentido distinto del puramente militar.

2. Podrían citarse varios ejemplos de lo contrario., tales como el trabajo de C. W, SHERWIN, «Securing Peace Through Military Technology», Bulletin of the Atomic Seientists, 12: 159-164, mayo de 1956. La alusión de Sherwin a un ensayo de Warren Amster nos recuerda que, cuando, como suele ocurrir, la teoría se ocupa de problemas militares no suele ser objeto de publicación. Indudablemente, existen serios obstáculos de tipo editorial; 105 periódicos que tratan de asuntos internacionales se dirigen a un público no habituado a las lucubraciones teóricas, por lo que los artículos que las contienen han de ser a menudo objeto de depuración y centrados sobre problemas inmediatos. El hecho de que recientemente se haya dedicado todo un número de Conflict Resolution al magnífico ensayo de ANATOL RAPOPORT sobre «Lewis F. Richardson's Mathematical Theory of War» (vol. 1, núm. 3, septiembre de 1957) constituye un alentador indicio de la tendencia opuesta.

3 En los primeros capítulos de su Strategy in the Missile Age (Princeton, 1959) Bernard Brodie realiza enjundiosas consideraciones acerca de la inexistencia de una vigorosa tradición intelectual en el campo de la estrategia militar. Es interesante también el prólogo escrito por el coronel Joseph I. Greene para la obra de CLAUSEWITZ, On War (Sobre la guerra), editada por la Modern Library (Nueva York, 1943): “Durante la mayor parte del tiempo transcurrido entre las dos guerras las más altas escuelas militares de nuestro ejército se limitaban a un solo curso de unos diez meses de duración para todos los oficiales seleccionados. . . Quizá es que no había tiempo ni lugar para el estudio de la larga evolución del pensamiento y la teoría militares... Si fuera posible establecer períodos de enseñanza superior un poco más largos -períodos de dos o tres años de duración- seguramente que los más grandes de lo. pensadores militares merecerían por sí mismos todo un curso de estudios” (páginas XI-XII).

4 Jessie Bernard, al escribir sobre "The Theory of Games as a Modern Sociology of Conflict”, expone una idea parecida, pero agrega que “podemos esperar que las matemáticas necesarias para hacer una fructífera y provechosa aplicación de la teoría de los juegos a los fenómenos sociológicos harán su aparición en un futuro no lejano” (The American Journal of Sociology, 59: 418, marzo de 1954). Mi opinión es que las actuales deficiencias no radican solamente en las matemáticas y que la teoría de la estrategia se ha visto perjudicada por una excesiva predisposición de los científicos sociales a tratar el tema como si fuera, o debiera ser, una simple rama de la matemática.

5 Puede ser importante advertir que, al hablar de un «interés común», no me refiero a lo que generalmente se considera como una semejanza de sus sistemas de valores. Pueden hallarse juntos en la misma nave. Puede, incluso., que se hallen en esa situación porque uno de ellos considera estratégicamente beneficioso ensamblar sus intereses en el de que no zozobre la nave. Puesto que la posibilidad de volcar juntos en la misma barca. es un acontecimiento potencial, dada la serie de alternativas permisibles a ambas partes, existe un «interés común» en el sentido utilizado en el texto. «Interés común en potencia» sería quizá más exacto La intimidación, por ejemplo, tiende a emparejar los actos propios con los del otro, de forma que contribuyan a ese interés común en potencia.

6 Se va progresando poco a poco en este aspecto. DANIEL ELLSBERG incluyó una disertación sobre «Teoría y práctica del chantaje", y otra sobre “Los usos políticos de la demencia” en su sede de conferencias acerca de «El arte de la coacción”, patrocinadas por el Lowell Institute, Boston, en marzo de 1959.

7 Al emplear la palabra «amenaza» no lo hago con ánimo de que se la entienda en un sentido necesariamente agresivo u hostil. En una negociación explícita, o en una cooperación tácita, entre amigos, la amenaza, tácita o explícita, de desacuerdo o de cooperación reducida entre ellos es una sanción con la que apoyan sus pretensiones., del mismo modo que, en una transacción comercial, la oferta se ve reforzada por la amenaza de “no vender”.

8 La administración de la ayuda exterior ofrece numerosos ejemplos de ello. Véase, por ejemplo.. T. C. SCHELLING, "American Foreing Assistance”, World Politics (julio de 1955), págs. 614-615.

9 Consúltese más adelante, pág. 267

Página web consultada: www.eumed.net/cursecon/.../schelling-estrint.htm

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