
La carta de ajuste es lo que más recuerdo de la tele cuando era niño. Teníamos un armatoste marca Teletrón (alemán) sin control remoto. Llevaba dos botones circulares negros con encendidos ribetes dorados. El de la derecha era para encender y controlar el volumen. Teníamos que prender la tele unos quince minutos antes del inicio del programa para que calentaran los tubos. El botón de la izquierda era para sintonizar los canales que en esa época eran sólo 4, 5 y 7; luego salió el 9 pero no ATV. Cada vez que cambiábamos de canal, se escuchaba un ruido seco, un click corto. A veces se nos pasaba la mano y la rueda del sintonizador se quedaba en nuestra mano, inmediatamente había que ponerla en su sitio a presión. Alrededor de cada rueda había un anillo amarillo que daba vueltas usando el botón grande como eje. En el de la derecha, servía para aclarar u oscurecer la imagen. La función del de la izquierda era la sintonía fina pero nunca funcionaba bien. Lo mejor era subirse a la azotea y mover la antena. Alguno de nosotros escalaba los tres pisos y se encargaba de mover el delgado poste que sostenía las patas de araña que nos hacía alucinar con naves espaciales y cosas así. Por el patio que daba a la sala, donde estaban todos esperando que se agarre la señal, llegaba la voz del encargado de adivinar la dirección de donde venía la onda preguntando si estaba bien. Las respuestas eran variadas pero nunca útiles: Muévela más; A la derecha (¿cómo iban a saber que esa era la dirección correcta?); Ya viene. Después de un buen rato de adivinanzas, llegábamos a captar una imagen aceptable y ahí la dejábamos, hasta que el viento decidía orientar la antena en otra dirección y nos obligaba a repetir la operación. El cable de la antena era grueso y tenía dos filamentos que se atornillaban a un pequeño panel detrás del televisor. El nuestro tenía sus propias patas pero también había unos que tenían puertas para proteger la pantalla o muebles con grandes parlantes a los costados. En ese televisor vimos la primera transmisión por satélite desde Cabo Kennedy, la llegada del hombre a la luna unos días después, los goles de Cachito en la Bombonera, el mundial de México 70, Simplemente María, Cancionísima, Lo que Vale el Saber, Perdidos en el Espacio, Los Picapiedras, el Súper Agente 86, y el Tío Johnny, entre otras memorables series y programas.
Como la transmisión era en blanco y negro –monocromático, en realidad– el Tío Johnny era para nosotros, los niños de esa época, un tipo con saco de rayas blanco y negras, pantalón negro y sombrero gris. Un día mi papá consiguió entradas para ir al estudio a ver el programa en vivo. Hicimos cola un par de horas afuera del canal, luego nos hicieron sentar en una platea pequeña. Mis ojos no creían lo que veían: tremendas cajas con lentes inmensos que movían trabajosamente de un lado a otro gracias a unas ruedas grandotas en las patas, había tachos de luces suspendidos del techo a punto de caer sobre nuestras cabezas, colgados de algún sitio a varios metros lejos de nuestra vista, los micrófonos captaban todo. El Tío estaba en el estudio de al lado, sólo podíamos ver una parte de la escenografía por una esquina de la puerta. Un gran monitor, blanco y negro, mostraba lo que estaba saliendo al aire y escuchábamos la voz del Tío por unos altoparlantes gigantes. De pronto, fueron a reclames y el Tío pasó a nuestro estudio. La sorpresa que me llevé fue grande. El Tío era rubio. Y su saco era amarillo a rayas negras. Su sombrero era de paja amarilla, pero su pantalón sí era negro.¿Y la vaca? ¿Y esta parte del camino? Puro cartón y triplay pintado artísticamente. Sólo faltaba que la leche fuera falsa también.
En 1978, cuando Perú iba a jugar el mundial de Argentina, el viejo Teletrón pasó a mejor vida y fue reemplazado por un Goldstar a color de 14 pulgadas –sin control remoto– y antena de conejo. En esa época todo el mundo se cambió al color y una nueva forma de ver la tele empezó. Vimos los goles de Cubillas contra Escocia e Irán y los seis de Argentina en nuestro arco. Por fin, el Tío Johnny en su verdadero saco y el mundo se abrió en la ventana de la pantalla.
Ahora la discusión se centra en si mejor te compras un LCD o un plasma, que la televisión digital y el HD, que la tele en el celular y en internet. La tecnología lo ha cambiado todo indiscutiblemente. Lo que no ha mejorado en nada –más bien ha empeorado –es la programación. ¿Será que “ese es lo que le gusta a la gente” –como decía Pocho Rospigliosi– ?. Y vemos que Laura Bozo se resiste a irse de una buena vez, o más bien, los productores insisten en ponerla en pantalla. Magaly alcanza sintonías increíbles acosando a la gente. Los programas “cómicos” son cada vez más chabacanos y malcriados, etc. También cada vez hay más canales, lo que equivale a decir que cada vez hay más cosas prescindibles, más programas que no vale la pena ver, más basura y menos inteligencia.
Hay momentos en que agarro el control remoto, zappeo los 105 cabales de Cable Mágico y la magia se me escapa. No hay nada que ver. Eso sí, lo que no vemos pronto será en Alta Definición, no se equivoque.
Espere su codificador tranquilo.