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Miércoles 01 de diciembre 2010

APRA: Revolución de Ayacucho de 1934

Les sugiero leer estas bellas líneas sobre al
Miércoles 01 de diciembre 2010
APRA: Revolución de Ayacucho de 1934
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Revolución del APRA en AyacuchoPor Fortunato G. MedinaFortunato G. Medina Juscamaita nació en la ciudad de Ayacucho el 3 de Marzo de 1920.  Estudio Educación Primaria y Secundaria en el Colegio Nacional de “San Ramón” de Ayacucho. A los 16 años de edad ingresó al Seminario de “San Cristóbal” donde estudio durante seis años, luego de los cuales se ordenó de Sacerdote, trabajando con mística y responsabilidad en las ciudades del Cuzco, Tacna, Moquegua y en casi todas las provincias de Ayacucho. Murió en 1984, desempeñando el cargo de Capellán de la Iglesia de Buena Muerte de su ciudad natal. Fortunato G. Medina Juscamaita nos dejo cinco libros en forma de verso, cuartetos y sonetos, llenos de emoción y sensibilidad,  experiencias de vida en el Perú y en particular en Ayacucho.   “El Caminante”  fue publicado por su hermana Serafina Medina J. de Juscamaita quien muy gentilmente nos permite reproducir la obra en esta página  Web. Les presentamos primero el libro quinto, una narración ágil e interesante de la revolución aprista en Ayacucho, presenciada por el Presbítero Medina.

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La Revolución del APRA en Ayacucho

Eran las dos de la madrugada, que el destino ha señalado, del día lunes 26 de noviembre de 1934.

Unos cuadros atacarían la Comisaríay otros la Guardia Civil por separado.El primer al mando de Mario VelardeA quien le servirá de escarmiento,Y el segundo el que después de valor hizo alardeEl Capital Félix Sarmiento.

El primer cuadro se reunió en la casa del compañero PeñaLo que constituía el Alto Comando.Con probada disciplina esperando,del Jefe Arístides Guillén, la ejecutoria seña.

Había muchos preparativos y prolijos afanes Aquella tarde del cual dependía triunfos o fracasos.Midiendo con avaricia sus pasos,Para no desbaratar sus ambiciosos planes.

Todos han acudido a la cita de honor,Caballeros que han jurado, cambiar el orden por otro mejorSin fijarse entre cejo y cejose jugarían el último pellejo.

Están reunidos esperando las ultimas consignas,Planeando a quien atacar y rendir primero.Cuando el compañero que hace de portero,Anuncia que la puerta quiere violentar Leonidas Zaragoza Romero.

Como polvo diseminado en el camino,Por vendaval que de su furor hace derrocheEstos hombres se perdieron en la oscura noche,Hollados por el fatídico destino.

¡Solo uno! Solo uno, como furioso cancerbero,es menester que se guarde memoria,de un hecho trascendental lleno de gloriaresguardó la puerta a balazos, Llanos Escudero.

Cada cual volvió a sus hogares,Gesticulando contra sus sombras en vanos alardes.Entre divagaciones, dudas y pesares,y entre mil recriminaciones cobardes.

Entre tanto, junto al mercado de abastos,Cerca del Cuartel de Santa Catalina.Se reunía la Juventud Japista FajistaComo lo más selecto del Partido Aprista.

Estaban Félix, Arnaldo, Cesar, Oscar Vargas, suponiendo estar entre las mortíferas descargas,Cavilando a su criterio,Se iba a ser objeto de loas o vituperios.

Irrumpieron como protagonistas de legendaria lidProntos a hacer simbiosis con los presos.Pues Constantino Valdivia, estaba emergenciado en esa comisaría como mimetizado adalid.

Fue quien sigiloso a la puerta se acerca,Que da al sur de la principal.Donde había un corredor y una albercaImpulsando a los conjuros a la acción inicial.

Pozo cómplice de muchos abusos,Después de la inhumanas palizas.El indefenso cuerpo de los reclusos se arrojaban a las aguas frías.

Retruécanos de la vida, ejemplares,hoy la prueba les ha tocado a ellos.De la aurora a los confusos destellosSe arrastran por salvar sus vidas en esos avatares.

En ese frenético atizar de manos,Gritos, golpes, pólvora, balas y ayes.Alguien exclama ¡No nos maten así hermanos!Y otro contesta ¡hermanos no! ¿Y ayer?

Allí esta Jáuregui Ore, de valor semilla,Garrido mozo en la flor de su edad.Irrumpió primero en la cuadra,Recibiendo un balazo de muerte en la tetilla.

Fue el guardia Matos quien lo abatió,Pero en respuesta de todos los flancos y esquinas.Mortal descarga recibió,De todas las cacerinas.

Pero tenia una fortaleza tal,Abaleado hasta no mas, huyo como fiera herida,Acosada y perseguida,A desplomarse fuera del local.

Habían 28 guardias en esa dotación,Manuel Canales ante sí se designó guardia de nona,Salida y entraba a la prevención,Como quien no perdona su taza de café.

En abigarrada confusiónCon los rostros frenéticos y febriles,Disparaban incandescentes proyectilesSembrando muerte y desolación.

Despavoridos sin reparar en servicio ni relevo,Dejando todo a la derivaEntre profusos regueros de sangre,Quedó el escenario, a los primeros vistazos del luciente Febo.

En estos momentos culminantesLos guardias pensaban, solo en salvar sus vidasAun disfrazados con prendas civiles,Mimetizados con los atacantes.

El loco Julio Boza Ríos,Sin delatar su nombre me es dable.Entro en la armería en medio de esos locos desvaríosY salió vestido de militar.  ¡Impecable!

En medio de la refriega entro Cuevas,Entre humo de los cañones detonantes.Diciendo: Aquí mando yo, a entregar las armas.Refiere el guardia Lombardo Barrantes.

Era orden de una clase, había que cumplirse,Así un destacamento de 28 guardias,Entre alarmas y gritos de clemencia,Fue reducido a oprobiosa impotencia.

Abriendo la puerta, preparo la entrada.Constantino Valdivia, desde la emergencia.Con magistral pericia de estratega,Ganado a los custodios del orden, a su causa.

Del día los rayos luminosos, atisbo por la mañana,Tras las celosías de negros nubarronesApostados, a los presos comunes,En la línea de los calabozos, ese inolvidable lunes.

Al día siguiente ileso,Habiéndose tomado la comisaría por asaltoEl Prefecto Demetrio Vega, fue tomado presoPor Vargas, quine lo inmovilizo con un ¡Alto!

Sabedor Luis Vega con su padre lo sucedido,Se dirigió a la Comisaría,De un sirviente en la compañía,Y fue herido en el Arco de San Francisco.

Pilones de adobes daban la impresión de rusticas trincherasComo saturados por el fermento de la vid,Sus caras raras denunciaban a las claras,La intención de batirse en buena lid.

La misma mañana, en la segunda cuadra de Santo Domingo,fue herido de muerte, el Cabo Teofilo Cuevas Sánchez, cuandoIba a recibir ordenes del Jefe del Alto ComandoCuyo domicilio quedaba en la mencionada cuadra.

Hombre de esclarecida mente,Poeta, escrito elocuente,Colaborador asiduo,De muchos diarios del Oriente.

Insondable mar, el corazón humano,Por turbulentas dudas en eterno desafío.Nadie puede comprender su arcano,Pues, lo que decimos fidelidad tal vez seria un desvarío.

A las nueve después de esta prueba dura,Donde la fuerza policial fue quebrada.Guillén, Cárdenas y otros se dirigieron a la Prefectura,Donde hallaron a los familiares del Prefecto.

Faltaba tomar el puesto de la Guardia Civil para tener todoA fin de evitar inútil derramamiento de sangre,Enviaron una delegación, compuesta por Canales y el Sgto. MejíaQuienes fueron rechazados por el Guardia Leonidas Zaragoza Romero.

En vista de esto, Baltasar RochaParapetado en la torre de San Francisco de Paula.Y otros desde techos, balcones y puntos estratégicosHostigaban a balazos para tomarlo por asalto.

Los insurgentes para resguardar el orden en su afánY prever vandálicos danos, nombraron Prefecto al Dr. Guillén y Benjamín Carrillo, Comisario Elías Morales Galván, y de Mayor de Guardia Civil, Glicerio Añaños.

El Sargento José Mejía, del puesto de San MiguelFue nombrado Jefe Militar de toda la Plaza,Constantino Valdivia Guillén, no quedó a la zaga,Fue nombrado Jefe de Correos en vez de Melquíades Arteaga.

Para asegurar vengativas descargas,O desmanes de enfurecidas turbas.Se puso guardias en la Prefectura, al red de las curvas Alvarado.Y al nunca ponderado Oscar Vargas.

Como un doloroso corolario Se procedió al traslado de muertos y heridos,Que adquirió un carácter verdaderamente trágico,Por la intervención de amigos, parientes y vecindario.

Saldo total, tres muertos Jáuregui, Matos y Cuevas,Mas cuatro heridos de gravedad.Luis Vega, Leonardo Ríos Ames, Jesús Tito Martínez y Humberto Lombardo Barrantes.

En la Prefectura, Demetrio Vega como prisionero,El Capitán Comisario Mario Velarde,Vidal Alcántara, Eusebio CabreraY el Guardia Leonidas Zaragoza Romero.

Tocado por el mismo acíbar,El Comandante del Puesto de Huanta, Cabo Saldivar,Cuya falsa noticia de fusilamientoExasperó a la gente.

Presos después de la refriega,El Gobernador de Carmen Alto, Porfirio Uribe, Cercado Teobaldo Jara, y el Ex Subprefecto de La Mar, Arturo Ortega,Y el Sargento Primero Humberto Paz Vergara.

Alfredo Bendezú, Alcalde de Tambo,José Antonio Hierro, Comisionado Escolar,Y el Cabo Justo FloresY el aprista Carlos Alarcón.

Guardias presos  César Palacios Gamarra,Antonio Pereyra Sánchez,El Tesorero Fiscal Gustavo Moya del Barco,El Auxiliar Héctor Carrera Rocha, reemplazado por Salvador Ibazeta.

El Jefe de la Caja de Depósitos y Consignaciones,Don Carlos Roel, quien logró evadirSalvando 50,000 que obraba en su poder al ser requerido por el Alto Comando.

Triunfantes los revolucionarios,Pegaron carteles en las esquinas,Informando a los móviles del alzamientoA las ávidas turbas, que se agolpaban.

Entre tanto, se oyen por doquier disparos,Para amedrentar o sofocar cualquier reacciónY la abigarrada marcha de los complotadosSembraba el desconcierto por todas partes.

Entre gritos de jubilo e inusitado contentoReflejada en sus intrépidos rostros.Se izó la bandera roja en la PrefecturaQue flameó ufana al viento.

En el nosocomio del lugar,Con la bala alojada en la columna vertebralmoría Félix, héroe sin parSiendo vanos los esfuerzos del personal.

Su muerto causó consternación,Sus restos fueron trasladados a la Prefectura.Para ser velados y expuestos al publico,En una regia Capilla funeral.

Fusil al hombro sus compañeros,Relevándose a intervalos, en actitud de saludo al frente.Le rindieron el postrer homenaje, Al marmóreo cadáver yaciente.

Cuatro cirios chisporroteantes, se debatían,Con las sombras en el fúnebre recinto.Donde el cuerpo inerme se veíaComo flor cegada en terebinto.

Al día siguiente del velorio,En medio de la angustia y consternación generales,En sacra procesión fueron llevadosDel extinto revolucionario los restos mortales.

Par ti Félix Jáuregui, eterna e inmortal gloria,Porque supiste con la tinta carmesí de tu sangre,tatuar en el dorso impoluto del tiempo,La pagina más aguerrida de la historia.

Hombre que con el ideal de tu vida,Y con la sublimidad de tu muerte, ingresaste,Lleno de luz, de la inmortalidad en el templo,Legándonos un derrotero digno de ejemplo.

Hombre de profunda convicción,Despreciaste la vida y sus pompas venalesY en choque de contrarios,Lograste, destellos inmortales.

Se entono el himno de combate,La Caída o la Marsellesa.A cuyos sones marciales,Pálpito de emoción los corazones.

De trecho en trecho hasta la postrera huesa,Hicieron uso de la palabraPonderando su heroica proeza,Destacadas personalidades del lugar.

Ebrios por el triunfo de sus ideales,Caminaban, pistola en mano, por las calles,Con paso seguro y aires marciales,Cardúmenes de imberbes colegiales.

Para los hombres de cierta personalidad,Nada vale en el mundoComo el beso de la Victoria,Aun sea, por un efímero segundo.

Ejecutores dignos de admiración,Triunfaron a fuerza de arduo batallar.El recuerdo de sus victorias.Brilla en sus vidas como un merecido galardón.

Antes de que el tiempo en su loca carreraDesbarate o empañe estas lindurasVaya para estas queridas figurasMi sincero tributo de admiración imperecedera.

Francisco Mostajo es para Arequipa,Lo que Arístides Guillén es para Ayacucho;Figuras legendarias y dignas,De fascinantes páginas de la historia.

Tener la suerte de ver a hombres pequeñosEn estatura; pero de alma gigantesca.Con capacidad de subvertir cualquier orden,Como protagonista de una visión dantesca.

Mientras nosotros fomentamos obras pías,Los revolucionarios de todos los tiempos,Ensangrentando los crepúsculos,Provocáis el parto de mejores días.

Después de estos envanecidos triunfos,Se dieron cuenta de la inminencia del peligro.Pues, solo la revolución había estallado,En Ayacucho, Huancavelica, sin haberse plegado los otros departamentos.

Se apodero la inseguridad y el desconcierto,Pánico, pavor y desmayo.El gobierno había movilizado el Batallón No. 3Acantonado en la ciudad de Huancayo.

El 29, jueves a las tres de la tarde,Con todas las previsiones del caso,Buenos zapatos, ropa gruesa,Salieron de bravura haciendo alarde.

En la Plaza de Armas Se embarcaron en un camiónPropalando, que salían a luchar,Con el mencionado batallón.

Cuando todos estaban arriba,Comenzó a roncar los motoresY los ocupantes haciendo bravatas,Subieron hurrando y disparando a los aires.

Terminada la insólita actitud,Que se presto a comentarios callejeros,La población tornóA la acostumbrada quietud.

Lo cierto del caso es que se dieron a la fuga.Ante el peligro de venganza cruel.Unos a Quinua, por la Totora y Chacco,Otros a la selva por Tambo y San Miguel.

Eclipsado el sol en la cumbreDe su carrera triunfal.Vendrán noches de ostracismo y pesadumbre, De pruebas e infortunio fatal.

Caminaban a pie jadeantes,Recias jornadas, mal comidos y peor dormidos,Al acecho de sus implacables enemigosQue a toda hora se hacían mas obsesionantes.

Llegaron Chilinga, fundo de Ángel JeríFueron recibidos con amabilidad y derroche.Hombre de espíritu zahorí,Previendo el peligro, los despidió entre gallos y medianoche.

Pasaban los días en grupos bizarros,A la expectativa, entre árboles y roca,Juntos jugaban bebían, boleaban cocao se solazaban fumando sus cigarros.

Prendían el quinqué en el cuarto,Sentados al torno de la mesaJugaban con destreza.Para perder o incrementar los dineros del reparto.

Arístides Llanos Escudero,Experto en los juegos de azar,Concito por su habilidad en ganar,La animada versión de sus compañeros.

Cuando jugaba era de carácter impetuoso,Por el dinero no se fijaba en nada,Haciéndose elemento peligroso Al grupo que se batía en retirada.

Viajaban como perseguidos por detonantes trallas,Por enhiestos cerros y profundos valles,Con el rostro perlado de sudor y sobre sus hombres La carga agobiante de sus vituallas.

Con sus pertenencias, fusil en mano,Sus bártulos en el dorso, su gastada bota,Vivaqueaban entre las vertientes,Mascando el pan de la derrota.

Después de descansos prudentes,Nuevamente se ponían a caminar.Por cumbres silentes,Huyendo del poblado y de las gentes.

Solo los perros lanudos y enfermosLadraban sorprendidos por sus trancos,Asustados por sus figuras de estafermos,Sudorosos, de espigados flancos.

El sol caía en los cerros y yermos,Envolviéndoles un negro torbellino de sombras.El viento, el frío, fustigaban sus cuerposY los hacia tiritar como a perros enfermos.

Prendían fuego para no quedarse tiesos,Fumaban, pero siempre el implacable frío.Atería las doloridas manos o calaba los exhaustos huesos.

Se contaban chistes para recobrar la calma,Se reina, trataban de disimular su interna pesadumbre.Era similar la inclemencia de las altas cumbres,A las insondables penas del alma.

Caía la noche como látigo al pasar,Salía el sol, estos cuerpos a reanimar.Como un sádico que no mata, sino dilata,Para luego volver a torturar.

Con los pies hinchados, llenos de ampollasLlegaron al fundo de los hermanos Carrillo....

 

 

 

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