
¿Cuánto vive un pollito? Me lo he preguntado desde el sábado, cuando mi hija regresó de un Mercado de Pulgas con una motita amarilla que piaba como urraca (de hambre o susto, nunca lo sabremos). Su carita estaba iluminada por su sonrisa inocente y feliz. Se llama Pollis, me anunció el bautizo. Habrá que pintarle las plumas de verde, la miré y me di cuenta que el chiste es para viejos no más. No te pases, papá, torció los ojos, agitando una manito en el aire, mientras que, con la otra, ahorcaba al avecilla, sin querer. ¿Dónde has visto un pollito ver-de?, tenía la seguridad de que su padre estaba loco. Es verdad, hijita, tuve que retroceder en mis intenciones malsanas. Bueno, está bien, me palmeó el hombro y se fue a buscarle una casita a su mascota.
Ya van cuatro días y Pollis aún vive, a pesar del manoseo de su “madre”, los juegos en los que lo hace participar y la persecución temerosa de la Chiquita (la perrita shitzu que nos regalaron en navidad). Se acerca, con cuidado, estira el cuello, lo huele y sale disparada cuando pia. Bien miedosa resultó. El domingo, llevamos al pollo a casa de mis padres, y se solpló el viaje en auto de ida y vuelta, tiene resistencia el pájaro ese. Por dos soles que le sacaron a mi hija, tendría que ser un súper pollo.
Recuerdo que cuando era chico también tuve mis pollitos. ¿Quién no? Los regalaban a cambio de botellas o periódicos los carretilleros que pasaban por las calles; o se compraban por un sencillo en el mercado de Magdalena. El pollero miraba el potito del ave y cantaba el sexo, para que escogiéramos. Mi madre nos compró pollitos, a mi hermana y a mí, varias veces; siempre se morían al día siguiente. Y eso que les colgábamos su limón en el cuello para ahuyentar el moquillo. Pero, una vez, nuestros pollos vivieron. Eran una gallina y un gallo de nombres Gringa y Moreno. Llegaron a la adultez sin que nos diéramos cuenta, y, lo que es peor, sin que tuviéramos las facilidades mínimas de una granja doméstica que se respete. Andaban por el patio regando sus viscosidades verdosas-amarillentas-marronosas que mi madre trapeaba, renegando al inicio; sonriendo después, cuando se encariñó con las aves tanto como nosotros. Bien temprano en las mañanas, el gallo se trepaba al lavadero y cacareaba la hora de despertar, que en realidad no era hora de nada decente. La gallina cloqueaba y ponía huevos que nos apurábamos en coger y freír, si no nos ganaba mi papá. Todo era felicidad, pero había un destino nefasto escondido en el trinar de mi gallo. Un día, nos dimos cuenta que había dejado de cantar y aletear sobre el borde del lavadero. Se escondió en un rincón, con el pico enterrado en el pecho y la mirada vidriosa, la cresta colorada colgante sobre un constado, inmóvil. Cuando fuimos a verlo, examinamos su pico y descubrimos que tenía la lengua partida. La vecina de arriba no podía soportar la voz ronca de Moreno, especialmente porque tenía un bebé recién nacido. Nos imaginamos que fue ella la que les lanzó el vidrio molido que encontramos en el piso del patio. Mi padre sugirió que lleváramos a la pareja a casa de mi abuela, quien tenía gallinas y gallos en su casa, en jaulas bien cuidadas. Mi abuelita inspeccionó a Moreno en silencio y miró a mis padres, creyendo que no íbamos a notar el mensaje cifrado de sus ojos. Los dejamos sabiendo que no los veríamos más.
Cuando llega del colegio, mi hija corre hasta su cuarto, destapa la caja de zapatos que es la casita de Pollis y lo coge entre sus manos, lo lleva a su mejilla, le acaricia las plumitas de la cabeza: el pollito se calma, su cacareo parece agradecer los mimos y hasta juraría que sonríe. Por ahora, su pío pío insistente no alcanza para molestar a los vecinos, así que está a salvo. De todos modos, me pregunto, ¿cuánto vive un pollito?