
Drácula Sin Máscara
70 años tuvo para aprender la fraternidad, pero el Perú eligió el camino inverso. Kenya Fujimori, Ingeniero agrónomo, devenido político. Naoichi y Mutsue Fujimori, sus padres lo vieron nacer en el Perú, adonde habían acudido en busca de trabajo y buena calidad de vida. El Perú se los dio, y el hijo se encargó después de arrasar el país que les brindó bienestar.
Fue con "Cambio 90" que Fujimori se postuló a la presidencia en las elecciones de aquel año. Su contrincante era el escritor de derecha Mario Vargas Llosa. Después de haber obtenido un escaso 20% de sufragios, en el ballottage se acreditó la presidencia con el 60%. Trampas de la vida, recibió el respaldo de varios grupos de izquierdas; y, por cierto, el de su cómplice Alan García, por entonces primer mandatario, por el APRA.
Salvo para matar, al comienzo de su mandato, Drácula se mostró sin máscara. Sin máscara, su gobierno dependió —directamente— de la asesoría de Norteamérica, y del Fondo Monetario Internacional (FMI), con una participación activa del agente de la CIA, el ex capitán Vladimiro Montesinos. Sin máscara, en 1992 —mediante la violencia y con la ayuda de las Fuerzas Armadas— disolvió el Parlamento y suspendió el Poder Judicial, en lo que se conoce como "autogolpe"; y aprobó una nueva constitución, que le dio la suma de poder.
Terminó con el grupo ciertamente terrorista "Sendero Luminoso"; y también con el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), de muy distinto origen y objetivos que Sendero. No, no "terminó", sino exterminó a los integrantes, a fuego abierto, mediante torturas sofisticadísimas y desaparición forzada. El terror de Estado, en lugar de la Justicia. Y mientras seguía su siembra de muerte, ganó de nuevo las elecciones en 1995 frente al ex Secretario General de las Naciones Unidas, Javier Pérez de Cuéllar.
Le llegó El Final, ¿El Final?
Fue recién a fines de los ’90 que la ciudadanía comenzó a despertar; a descubrir la corrupción y la crueldad. En 2000 "Chinochet" ganó de nuevo la presidencia, pues su opositor, Alejandro Toledo, se retiró sin participar de la segunda vuelta electoral. Y todo se precipitó.
A través de un video, salieron a la luz infinitos actos de su perenne corrupción. Entonces el valiente Drácula, a quien no le había temblado la mano para las órdenes de asesinar, huyó al Japón. Su renuncia fue cobardemente por fax. Atrás había quedado también —se había salvado— Susana Higuchi, torturada por orden de su esposo siempre bestial. Y de los cuatro hijos de la pareja, él no ve sino por los ojos de una ellos, Keiko, su bibelot.
En 2006 Fujimori se casó con la poderosa empresaria nipona —propietaria de hoteles y campos de golf— Satomi Kataoka, hoy 42 años, para asegurarse de no ser rechazado en el país de su sangre oriental, por los asesinatos y robos a cuestas. El matrimonio se hizo legal a las tres de la madrugada y en ausencia.
—"Yo siento que eres parte de mi destino. Quiero casarme contigo", dijo entonces el actual presidiario a su japonesa.
—"Él me dice que me ama, y yo también lo amo, pero lo admiro más como ser humano. Fujimori llenó un vacío en mi corazón y fue él quien me salvó espiritualmente. Él me brindó cariño y calor humano", dijo la japonesa, sobre su peruano-japonés, considerado entre los 10 más corruptos y ladrones a nivel mundial junto a Mohamed Suharto que robó 35 mil millones de USD, Jean Claude-Duvalier que robó 800 millones de USD, Somoza y otros, ocupando el amoroso Fujimori el puesto 5to a nivel mundial.
Ahora Kataoka ve a Fujimori como un Cristo que está siendo sacrificado, y al juez y al fiscal peruanos como demonios.
Nadie olvida que la madre de sus hijos, Susana Higuchi, fue vendada, encapuchada, sometida a electroshock y torturada hasta casi morir.
—"Cuando estemos lejos, si se siente solo, que se lleve a mi perro", había reído la japonesa.
Hoy ella ya no le ladra en la prisión del Drácula del Perú, pero la justicia universal clama por escuchar el aullido enjaulado de Alan García Pérez, para que Nunca Más se repitan estas cosas.
Por Cristina Castello, poeta y periodista
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Nota: El título y las frases en rojo son mías, el resto es el artículo íntegro de la autora Castello.